Aturdimiento y nostalgia

En la última (y muy amena) película del Capitán América, hay una escena que si no fue escrita por Joss Whedon, un revisor de los guiones marvelitas además del acreditado supervisor de las fases segunda y tercera de la larga saga de películas, es digna de él: después de tantos años congelado, Steve Rogers llega tarde (pero perplejo y hasta gustoso) a...el funky de Marvin Gaye. Es una escena divertida, eso está claro, pero, además, es una escena profunda y lúcida.

Cuando el pasado Noviembre publicaba mi queja de la era dorada del reboot, ignoré el rol (importante y crucial) que la nostalgia juega en la cultura contemporánea. Así que pongamos una hipótesis más ejemplar que verosímil: ¿qué pasaria si pudiera hablar con mi yo de trece años del panorama actual?

Lo más excitante que iba a suceder en aquellos tiempos era, me acuerdo, las versiones cinematográficas de Harry Potter, de Spider-Man y del Señor de los Anillos. Además del segundo de los tres episodios que iban a completar (¡y finiquitar!) la trilogía de George Lucas. Si me tuviera que sentar a contarle que no solamente hubo otro Batman - con tres entregas - sino que además venía uno más con Superman y la liga de la Justicia, todo ello sin olvidar a los Transformers, Indiana Jones, Rambo, una versión de esos héroes de los ochenta llamados Expendables, otro Spider-Man, más capítulos de Star Wars....serían todo el horizonte ¡y eso por no hablar de más piratas del caribe! Creo que mi yo de trece años, bastante más predispuesto que yo a ese tipo de películas, me hubiera levantado la ceja de incredulidad y hubiera supuesto ¡incluso a su tierna edad! un poco de saturación en la audiencia futura. ¡Nada hace predecir un público al que se le ofrece incluso una versión de algo tan felizmente olvidado como los Power Rangers!

Lo Irrepetible

Lo que más me preocupa de la actual era es que no hay rastro alguno de cansancio por ver una y otra vez el mismo evento cultural. ¿De verdad el discurso de complacer a los fans y revivir los sueños de antaño sigue resultando convincente? ¿De verdad no nos parece cobarde y pedante y nos da una pereza tremenda? Pero estas preguntas parecen poco adecuadas. Vuelvo al chiste del Capitán América: la razón por la cual el chiste es divertido es porque el héroe de la película experimenta del mismo modo que la gente de antaño la llegada del funky, asumiendo que la llegada del funky era inevitable para todos los oyentes de cualquier tiempo y por lo tanto necesaria.

¿Pero no es algo un poco ingenuo? ¿Realmente quiero que mis hijos hereden (no existe nada, en principio, más estalinista) el mismo espíritu de aventuras de una generación que ni siquiera es la mía? ¿Y qué hay de las películas de Robert Zemeckis y Joe Dante, por citar dos obvios talentos que trabajaron en el sistema produciendo obras distintas, que no han sucedido en esa reproducción de los films de antaño? ¿Qué hay de las heterodoxias, las groserias, la diversión más valiente de entonces que no parece corresponderse si no es con cinismo o con cálculo?

Lo que quiero decir con esto es que cualquier nostalgia es, en esencia, el discurso parcial y reduccionista sobre una época, pues el conjunto es lo suficientemente variado y potente como para ser, como parece obvio, irreproducible en el presente. Pero el aturdimiento persiste. ¡Cómo explicar que el único gesto verdaderamente imprevisible ha sido coger a héroes casi totalmente impopulares y convertirlos en muy populares hasta darles un supergrupo!

Parece muy interesante como la nostalgia, afianzada en la creencia de que hay algo irrepetible, ha producido, precisamente, tantos conatos de repetición. Recuerdo perfectamente el primer Phenomena y entiendo su expansión y éxito, además de su acierto. Lo que el Phenomena hace, además de programar películas comerciales de los ochenta y noventa, es intentar hacer asequible lo irreproducible, la gloria de antaño. Pero lo gracioso es que el cine nuevo ¡no hace más que verse apoyado como Phenomena! ¿Qué clase de nostalgia chiflada es una que se reafirma en las novedades? La nostalgia, casi siempre una reacción (hostil, como mínimo) al presente, ahora se convierte en todo el presente. Es decir, será perfectamente lógico ir a ver un maratón de Star Wars en phenomena ¡antes de la nueva entrega!

Curiosamente, las reacciones como espectadores nos dejan en un lugar bastante más limitado del que parece. Por un lado están los fans, quienes parecen ser los legítimos custodios del producto, y que, la mayor de las veces, producen cansancio. Por otro lado los que se rebelan contra esta retórica del fans, cayendo en nostalgias de tiempos anteriores donde ese concepto no existía como se configura ahora. Pero claro el cambio de una nostalgia por otra no parece un trasvase del todo convincente.

Aunque me generan problemas las dos actitudes, es bastante probable que haya sido partícipe de ambas en ocasiones diversas. Aún admitiendo esto, tengo un problema. Mi problema es esencialmente que creo que esta era de aturdimiento y nostalgia es, hasta cierto punto, una prueba de la irrelevancia del cine de Hollywood, temeroso de poner ideas nuevas en circulación y reproduciendo con cada vez mayor velocidad lógicas comerciales de modelos que se gastan al poco tiempo.

Frutos del tiempo

Por otra parte, tengo una solución, aunque muy parcial: dejar de pensar la Historia del Cine como un momento presente y coleccionarla como el pasado lo suficientemente extenso como para, al menos, hacer un poco ridícula la nostalgia. Con esto quiero decir que las películas comerciales más excitantes que he visto este mes son 'Historias de Filadelfia' (The Philadelphia Story, 1940) y 'Vacaciones en Roma' (Roman Holiday, 1953).

Se argumentará que estos dos éxitos de taquilla no son películas de tanta escala, ni esperaban un público juvenil el primer fin de semana. Es decir, que estoy haciendo trampas en la comparación. Bien está. Entonces diré que 'Ben-Hur' (id, 1959) y 'Amadeus' (id, 1984) son las películas comerciales que más me han divertido este mes. ¡Y eso que no he sido especialmente gruñón con ninguna de las películas superheroicas recientes! ¡Todo lo contrario! Y ni siquiera hace falta renegar del género (y sus rarezas) para disfrutar: tanto 'El origen del planeta de los simios' (Rise of the planet of the apes, 2011) como 'Rumores y mentiras' (Easy A, 2010) son piezas comerciales enteramente disfrutables ¡y eso que ambas dependen, en grados diversos, de la nostalgia!

Pero, y hete aquí la importante diferencia frente a toda clase de nostalgia: la manera en que experimentó la carrera de caballos de Ben-Hur o la previsible escena de la moto de Audrey Hepburn y Gregory Peck no es la manera original ¡ni falta que hace! Es una manera más autoconsciente, más curiosa, incluso aunque no conociera el carácter de esas escenas tendría en mente alguno de sus homenajes.

Hay algo francamente glorioso en producir nuevas lecturas, en precisamente no querer caer en esa impostura tan hipócrita de recuperar la inocencia ¿qué inocencia? Siempre estuvimos condicionados y, francamente, tener tanta información al alcance y tantas opiniones (prejuiciosas, detalladas, apasionadas) sobre, en este caso, William Wyler ¿no es una ventaja tremenda y a la vez un reto estimulante? Lo que quiero decir, para terminar, es que no solamente parece una era donde Hollywood está obsesionado con la repetición de un modo deliberado y literal sino que también nosotros, como espectadores, parecemos temer ser contemporáneos de un tiempo lleno de abundancia informativa, algunas inocencias perdidas y muchos y nuevos caminos por recorrer.

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