El final de 'La isla de las tentaciones' demuestra que lo importante no es cómo acaba, sino los dramas y desquicies que hubo por el camino

El programa funciona mejor como un campo minado de situaciones vergonzosas

Belén Prieto

Editora

Hay realities que viven de sus finales y luego está 'La isla de las tentaciones', que en realidad nos interesa más por el trayecto. Porque seamos sinceros, nadie se sienta a ver el programa esperando un "felices para siempre". Lo que engancha del formato es lo que ocurre entre medias, los dramas, los llantos, los giros de guion sentimentales y las explosiones imprevisibles en las hogueras. Y así ha ocurrido en esta última edición, que volvió a demostrar que lo único sorprendente del programa no es quién se va de la mano, sino el nivel de destrozo emocional que queda

De hecho, esto se ha traducido en cifras de audiencia, donde la noche fue territorio de Telecinco, con más de un 20% de cuota para 'La isla de las tentaciones', que se coló como lo más visto de su franja. Y lo mejor es que, entre gritos, lágrimas y decisiones poco meditadas, solo una pareja consiguió salir viva del experimento -aunque no sabemos por cuánto tiempo-. 

Lo que importa es el destrozo que deja

El gancho de esta edición no estaba tanto en la resolución sentimental, sino en la carnicería emocional que se fue gestando semana a semana. La gala final se convirtió en un catálogo de rupturas, confesiones y personas que descubrían, delante de toda España, que quizá la vida que llevaban no era exactamente la que querían. De las cuatro parejas que lograron llegar al final, tres de ellas se desmoronaron y solo una optó por continuar de la mano. Más que un final cerrado, el desenlace fue un recordatorio de que el programa funciona mejor como un campo minado que como la antesala de un cierre romántico.

La ruptura más dura de la edición también volvió a dejar claro que el programa no necesita infidelidades para reventar una relación, solo basta con sentarse frente a una hoguera y reconocer que no eres feliz. 

Ese fue el caso de Almudena y Darío, una pareja que se había construido desde la adolescencia y que llegaba con once años de relación a sus espaldas. No hubo cuernos ni grandes escándalos, solo una frase como "te quiero, pero no soy feliz", que terminó de derrumbar lo que tanto parecía haberles costado construir. 

El resto de hogueras siguió la misma línea: lágrimas, gritos, dignidades cuestionadas y ese silencio incómodo cuando alguien confiesa algo. Hubo tentadores rechazados, apuestas sentimentales que salieron mal y más de un participante quedándose solo. Porque si algo caracteriza al formato tras nueve ediciones es que es el único reality que te hace pasar en segundos del salseo al existencialismo. De hecho, una de las claves de que funcione es que llega un punto en el que no sabemos si reír o taparnos los ojos de la vergüenza ajena.

En cuanto a las parejas que sobreviven, solo fue la de Enrique y Andrea, que fueron los únicos que salieron juntos. De esta forma, el programa nos lanza la pregunta del qué ocurrirá cuando se apaguen las cámaras. Y mientras tanto, las audiencias lo respaldan como formato, porque Telecinco consiguió liderar la noche con la gala final, en un contexto de competencia cada vez más dura y de una crisis sin precedentes para la cadena.

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