'Cada ver es...': el documental más perturbador de la historia del cine español sigue a un embalsamador y parece una película de terror maldita

Cada ver es…’ es un documental olvidado pese a estar reivindicado mucho por estudiosos del cine español por su singularidad y atrevimiento. Dirigido por Ángel García del Val en 1981, es un acercamiento a la vida de Juan Espada del Coso, un embalsamador que trabaja rutinariamente en el depósito de cadáveres de la Facultad de Medicina de Valencia. Sus técnicas de vanguardia y su multitud de lecturas le han valido la etiqueta de film de culto.

Obviamente, el sujeto alrededor del que giran las imágenes es un tema delicado y basa en el impacto mucha parte de su atracción. El día a día de Juan nos deja ver todo un catálogo de cadáveres, miembros mutilados y muchos métodos de conservación de cierto interés médico, pero que juegan con el impacto de imágenes verídicas de la muerte, un tabú humano que encuentra aquí varias fases de horror, desde cuerpos enteros a seccionados y diseccionados.

Una rareza maldita del cine español más insólito

Obviamente, el tema en cuestión hizo que el documental no tuviera muy buena suerte. La Dirección General de Cinematografía bajo el Gobierno de UCD la calificó como S, una letra normalmente reservada para los filmes de destape más picantes pero no porno, y además estaba rodada en 16 mm lo que la alejó de los requisitos de calidad mínimos para la distribución en salas comerciales, con lo que su carrera tuvo poco recorrido y fue relegada al olvido hasta convertirse en una película maldita.

Cada ver es…’ se desliga de ser un documental médico cualquiera para enseñar carnicería desde su inicio. Empieza con planos fijos de una morgue, en silencio y con golpes secos de montaje que plantean un escenario desangelado y siniestro. El ruido de la copia genera una textura acústica incómoda, dura pero sólida. En pocos segundos ya tenemos una estética arisca que recuerda planteamiento visuales que más tarde tratan de imitar y recrear found footages más extremos. De pronto, la primera bofetada al espectador, golpes de luz sobre oscuridad revelan cadáveres reales.

Los cuerpos en la sala de autopsia aparecen con fundidos a negro con la luz desvaneciente de flashes antiguos, inmediatamente hay una conexión, también sonora con el inicio de una película de terror canónica. ‘Cada ver es…’ empieza exactamente igual que ‘La matanza de texas’ (The Texas Chainsaw Massacre, 1974), la diferencia es que aquí los cuerpos utilizados no son réplicas, sino personas de verdad. Pero desde luego, es un comienzo salvajemente macabro para un documental con cualquier ánimo didáctico.

Un estudio del miedo a través de lo truculento

Todo se vuelve aún más extraño cuando empiezan las imágenes de un grupo de personas caminando y con primeros planos desconcertantes, con una música que no tiene ningún sentido en un documental sino en una película de terror. Sonido de violines creciente mezclado con el ruido, parece que se ha editado en el presente para dar la impresión de un creepypasta moderno de film perdido en la red. Realmente parece un montaje con sonidos del infierno.

Esta introducción nos presenta un cuadro tétrico con internos del centro psiquiátrico de Bétera, planos éticamente cuestionables y con una conexión con los temas posteriores abstracta. Sus caras arrugadas, miradas fijas y cuerpos erráticos parecen propios de una alucinación que se torna asfixiante por el uso de la música, la conexión con ‘Freaks’ (1932) de Tod Browning o ‘Titicut Follies’ (1967) salvo que aquí el uso de estos marginados tiene una conexión con el absurdo de la muerte, el miedo a esta y nuestro protagonista.

Tras los créditos, hay una ingenua disertación sobre el cine de terror por Juan Espada, con fragmentos de ‘Los pájaros’ (The Birds, 1963) y cómo este no da miedo “por que hay una cámara detrás de la chica” según el embalsamador. Solo sabemos de su trabajo por pequeños diálogos acompañados de escenas que muestran los horrores médicos que guarda su lugar de trabajo. Una testa seccionada de una joven de 23 años conservada en formol, es descrita por Juan como una “cabeza muy bien conservada y con un color muy agradecido".

Técnicas experimentales y música de terror

Juan muestra su día a día recogiendo cadáveres en fosos, embalsamado en formol donde los restos de cuerpos inertes, en descomposición, o ya conservados hasta crear un tejido gomoso y gris. El espectador presencia la decadencia del ser humano en todas sus formas. Es tenebroso y brutal, pero hay otros momentos en lso que maneja los cuerpos como momias y cambia el tono, con música más divertida de Maurice Ravel o Krysztof Penderecki, Gustav Holst o incluso Bernard Herrmann, creando un inmediato paralelismo con el tema del horror y miedo en el cine.

Otros momentos pasan de ese malestar de ver el futuro inevitable y la vulnerabilidad de la carne a una ternura agria, con Juan Espada cuidando y tratando a los muertos como seres que una vez tuvieron alma. Especialmente espeluznante y triste es cuando vemos limpiar el cuerpo de un bebé congelado. Pronto el hecho de trabajar con cuerpos deja de ser impactante. Sin embargo, son más aterradoras las escenas cotidianas de Juan. Cuando trabaja y limpia en una sala con ventanas, la imagen se difumima y el efecto óptico hace que parezca un fantasma llevando atáudes.

Acompañado de una música casi de vigilia, con ecos litúrgicos que convierten un momento del día a día en una estampa de horror gótico, con la imagen del hombre disuelta, como en un viejo efecto de una foto de espiritismo, que se suma a la frialdad de una sala hecha de baldosas, mármol y altos ventanales, que crea un espacio claustrofóbico en donde se para el tiempo. Hay algo melancólico que acompaña las imágenes tan tremebundas, y se debe a la inocencia del personaje.

Más un retrato social que artefacto de impacto

Un hombre con 24 dioptrías, sin olfato y relegado a ese trabajo con ciertos ecos de marginalidad y conflicto de clase en una país con veneno de la dictadura que afecta así a los que estuvieron, como Juan casi siendo un niño, en el bando republicano de la guerra. Hay reflexiones espontáneas sobre el miedo a la muerte y la soledad, y después un momento casual en el que ve por la ventana, desde el subsuelo, a gente en la calle, como si estuviéramos en una burbuja suspendida, alejado de la vida ordinaria, mientras mete una cabeza en formol y sierra un cadáver en dos mitades con música clásica.

Dice que “Como no puede leer, me entretengo con juguetes de niño”, dejándonos otra pista de las imágenes con las que abre ‘Cada ver es…’, creando un mundo de excluidos del mundo conocido y de dinámicas familiares, haciendo de Juan Espada uno de ellos, los únicos capaces de llevar a cabo un trabajo tan ingrato. Tras el documental el protagonista fue objeto de una leyenda negra entre los estudiantes de medicina, acentuando el discurso oculto del film, en el que la exclusión se retroalimenta con el miedo.

‘Cada ver es’ no es sensacionalismo barato de la época del gore en VHS de ‘Aftermath’ (1994), tiene algo más que ver con obras más experimentales como ‘The Act of Seeing with one’s own eyes’ (1971), críticas como ‘Orozco, el embalsamador’ (2001), pero se erige más como una reflexión acerca del miedo a la muerte y su relación con el estrato social, casi como una cara B grotesca de ‘El desencanto’ (1976) a través de un personaje cuya marginalidad se retroalimenta con su mirada hacia la vida y la muerte heredada, o no, de su áspera profesión.

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