'Cochinas' va más allá de los chistes guarros. La serie se atreve a reivindicar el placer y la liberación sexual del porno de antaño para un público acostumbrado a XVideos

Aunque empieza con 'La princesa sometida' y 'Pene de muerte', la serie va mucho más allá de la risa fácil

Randy Meeks

Editor

Antes de cada episodio de 'Cochinas', un rótulo advierte de que la serie muestra desnudez, y que si el espectador tiene problemas con el cuerpo humano puede sentirse ofendido. En gran parte es una advertencia venida del miedo de Amazon Prime Video a recibir quejas y denuncias de los exaltados de siempre, pero no andan desencaminados respecto al nivel de desnudez que se muestra en cada capítulo: hay genitales, traseros, pechos y carne al descubierto de manera constante y proveniente de todo tipo de cuerpos. Y lo que podría ser una simple provocación barata al estilo 'Euphoria' se convierte, muy rápidamente, en una reivindicación del sexo como libertad que va mucho más allá del chiste fácil.

Veinte mil lenguas de viaje intrauterino

En cada episodio, 'Cochinas' presenta, en primer lugar, un par de minutos de una parodia porno (donde vemos versiones sui generis de 'La princesa prometida' o 'Sé lo que hicisteis el último verano'), con un buen puñado de referencias cinéfilas para suavizar el humor burro del que hace gala. Es el único reducto de lo soez en la serie, un pequeño caramelito que Carlos del Hoyo e Irene Bohoyo se han permitido, haciendo un claro y sólido homenaje a aquel nostálgico porno de los 90, a medio camino entre la cortinita roja y el codificado de Canal+ y alejado del gonzo imperante en el Internet actual,. 

Sin embargo, lo que realmente quiere hacer la serie no es crear un humor adolescente que beba de 'Big Mouth', sino hacer la radiografía de una época. Concretamente de finales de los 90, cuando Blockbuster dominaba el mercado de los videoclubs, la educación sexual era aún nula en los colegios y el machismo (más taimado que en épocas anteriores, por suerte) era la norma imperante en una sociedad con ansias de libertad. Y para ello, lo hace desde un punto de vista totalmente novedoso y desvergonzado: una madre de familia conservadora de Valladolid, con el negocio de su marido al borde de la quiebra, que se ve obligada a ampliar la sección de cine X como única manera de salir del atolladero. Lo que pasa después, eso sí, es un giro fantástico e inesperado que, si acaso, peca de ser excesivamente amable.

Lo mejor de 'Cochinas', aparte de la resignificación del término en sí mismo, son todas las pequeñas historias que se abren, cual abanico, tomando la decisión empresarial de Nines como base. Liberación sexual que entra por los ojos en tiempos de silencio y miedo a ser tú mismo, parejas que se redescubren gracias a 'Todos los perros van al cielo 2', madres encargadas de la crianza de dos diablos, adolescentes descubriendo su sexualidad con revistas escondidas y porno codificado... Por supuesto, la serie no puede evitar tener un par de patinazos mirando a la época de entonces con la moralidad (y mentalidad) actual, pero no son graves, emborronan ni pasan del simple detalle. Sabe lo que quiere contar, y lo hace de maravilla.

Mujeres al borde de un ataque de miembros

La mezcla casi perfecta de sensibilidad y comedia de 'Cochinas' podría haberse ido al traste con un reparto que no entendiera bien a sus personajes. Sin embargo, no hay un solo intérprete que no sea capaz de matizar y elevar sus líneas de guion. Incluso aquellos cuya personalidad está un poco emborronada (Agustín, que trabaja en el videoclub de gratis porque no tiene nada mejor que hacer) consiguen tener identidad propia gracias al trabajo de Álvaro Mel, Celia de Molina o, por supuesto, Malena Alterio, auténtico eje central de las tramas y que demuestra, una vez más, un talento innato para la comedia. Su control gestual es exquisito y ayuda a empatizar con esa ama de casa reprimida que, de golpe y porrazo, empieza a ver sexo en cada lugar al que va.

Lejos de mostrar el porno o los desnudos como algo pecaminoso y escandaloso, 'Cochinas' lo normaliza y transforma en una necesidad, en algo divertido, abierto y digno para todos los cuerpos. De hecho, uno de sus grandes aciertos es que tan solo muestra torsos esculturales en las parodias porno, dejando que el resto de desnudos que aparecen sean de cuerpos no normativos, del día a día. De los de grasas, dobleces y grietas. Esta sinceridad sexual da lugar a una de las escenas más bonitas de la televisión en los últimos años con una pareja entrada en años que se redescubre con vergüenza, pero también con amor infinito. La serie no juzga a sus personajes: se alegra por ellos, su evolución personal y, por qué no, su placer. 

Reconozco que aprecio mucho lo que Prime Video está haciendo con su catálogo de comedias españolas: 'Cochinas' juega en el mismo equipo que 'Su majestad' o 'Sin huellas'. O sea, obras que se toman en serio a sí mismas, se alejan de la charada y se centran en ir más allá de la carcajada y el shock. Por supuesto, te reirás, sí, pero también pretende ir más allá, hablando de romper las cadenas del cuerpo, de la excitación sin complejos, del porno como algo más que un simple desahogo momentáneo. 

Vivimos en tiempos raros. Por un lado, hay quien pide que el sexo deje de aparecer en series y películas. Por otro, existen personas molestas porque cada cual viva su sexualidad a su manera. Y, al mismo tiempo, Internet ofrece una hipersexualización absolutamente demencial, con cualquier fetiche accesible a golpe de click que ha llevado a una lujuriosa banalización de las relaciones sexuales por aquellos incapaces de separar realidad y ficción. 'Cochinas' trata de poner cordura mediante la reivindicación del placer desde un feminismo sui generis y el descubrimiento del sexo como algo natural. Ojalá el público sea capaz de pasar del aviso inicial y adentrarse en su mundo, porque lo necesitamos más que nunca.

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