Creía que 'Esta soledad' me iba a impresionar como 'Yo, adicto', pero Javier Giner se ha liado contando dos historias repletas de drama del todo a 100

Soledad

Oriol Pla y Marina Salas hacen dos papeles fabulosos, pero el guion les deja a medias sin tener muy claro en qué debería centrarse

Randy Meeks

Editor

Creo firmemente que ‘Yo, adicto’ es una de las mejores series españolas del último lustro. Es dura, apasionante, está interpretada por un Oriol Pla en su mejor momento y cuenta una historia real tan cruda y visceral que me dejó pegado a la pantalla siguiendo el apasionante viaje del ego de su protagonista. Por eso esperaba con tantísimas ganas el retorno de Javier Giner y Pla, en una película de la que esperaba sinceridad y pasión, pero, por algún motivo, me ha dado solo frialdad y un barullo argumental: 'Esta soledad' quiere contarlo todo sin tener nada que contar.

Esta nimiedad

El punto de partida de ‘Esta soledad’ es, desde luego, potente: Leo y Lorea acaban de romper su relación tras varios años juntos y tienen que aprender cómo remar en solitario, cada uno con sus propios problemas. Sin embargo, estas vidas paralelas tratan de ser tan fascinantes que caen lejos de la realidad que pretende mostrar, sumergiéndose en el artificio y las situaciones exacerbadas que tratan de buscar, a la desesperada, nuestra empatía con sus protagonistas. Como si una ruptura fuera poco motivo para ser empáticos.

En lugar de mostrar paralelismos, puntos de encuentro, similitudes y diferencias en el distanciamiento entre ambos personajes, Giner ha preferido contar dos historias al margen. En una encontramos el redescubrimiento con el pasado y unas raíces ahora transformadas, pero más comprensibles y fáciles de asimilar que antaño. En la otra, la necesidad de compartir una vida con alguien, aunque sea quien menos conviene, esperando que esa buena acción cure las heridas al ego. Por sí solas podrían ser interesantes, pero en este díptico no tienen tiempo para desarrollarse correctamente y acaban, de manera inevitable, a medio gas.

La necesidad constante de que ocurran cosas, no dejando tiempo para entender a los protagonistas (prácticamente todas sus emociones se verbalizan y no se muestran, sin dejar tiempo de asimilación para el espectador), hace que todo se debilite hasta caer por su propio peso. Al final, lo más impactante es lo que queda al margen, las tramas secundarias que deberían haber sido las principales. 

Por un lado, las clases para ser payaso, la obra de teatro donde Pla da un recital interpretativo, los sueños vividos al margen de ser cajero en el BM. Por otro, el libro parado en plena sequía creativa, la inseguridad en sus capacidades, el sexo con desconocidos para sentir algo. Son los momentos que dan luz y guía a ‘Esta soledad’ y que la separan de un guion que languidece en su intención por hacer una gran película dramática… en lugar de contar la verdad de la que ‘Yo, adicto’ hacía gala. 

Qué brutal y qué terrible es la sinceridad

El pacto de incredulidad que toda película hace con el público se rompe aquí en mil pedazos con unas subtramas exageradas, rozando el absurdo y no lo suficientemente bien justificadas como para pasarlas por alto. En particular, la trama con una convicta que comparte piso con Lorea está forzada y fuera de lugar: le falta tiempo para respirar y comprenderse, además de entender qué aporta a su trama personal. 

Al no entender del todo a sus protagonistas, es difícil acompañarles en un viaje donde, para que todo el mundo sufra mucho, se aleja de la humanidad de la que hacía gala en ‘Yo, adicto’ para llenarles artificios constantes, olvidándose del centro de la obra: el distanciamiento y el olvido entre una expareja que no ha sabido cómo seguir adelante. Lo que debería estar en el centro del foco es solo una excusa para lanzarse de cabeza a contar otras historias sin puntos de encuentro ni razón de ser. Y es una auténtica pena.

Entré al cine seguro de que iba a disfrutar ‘Esta soledad’, pero en algún punto del camino esta seguridad se truncó para convertirse en mera apatía. Un trámite que pasar para llegar a algunas escenas sueltas (los libros tirados al contenedor, el encuentro fugaz en la cafetería) que se olvidan de madres trans, reclusas drogadictas y padres muriendo, permitiendo dar un chispazo de realidad que nos recuerda que Giner puede y debe aspirar a más. 

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