Aún no había nacido cuando ocurrió lo de Miguel Ángel Blanco, por eso tenía que ver este documental de Netflix. Es crucial tener memoria en los tiempos que corren

'Miguel Ángel Blanco: Las 48 horas que lo cambiaron todo'

Jon Sistiaga y Juanjo López se unen para narrar las 48 horas que paralizaron a un país entero

Belén Prieto

Editora

Antes de entrar de lleno a analizar el documental 'Miguel Ángel Blanco: Las 48 horas que lo cambiaron todo', creo que es importante reconocer que no puedo acordarme de lo que se narra en él porque nací en el año 1999. No viví el secuestro ni el asesinato de Miguel Ángel Blanco y, como muchos de mi generación, crecí en una España en la que ETA ya estaba en su etapa final. Para nosotros, aquellos años forman parte de los libros de Historia, de conversaciones familiares o de imágenes que aparecen de vez en cuando en televisión. 

Y precisamente por eso creo que documentales como este son tan necesarios. No solo porque cuentan qué pasó, sino porque ayudan a entender cómo era un país que convivía con el miedo y cómo un crimen fue capaz de cambiarlo para siempre. Especialmente para aquellos que no lo vivimos o que ni siquiera saben lo que fue ETA.

Recordar para seguir conviviendo

Reconozco que lo que más me ha impactado no ha sido el relato del secuestro y el atentado en sí, cuyo desenlace tristemente ya conocemos todos, sino ver las imágenes de cómo se vivieron aquellos días. Es imposible no emocionarse viendo a millones de personas salir a la calle, sin importar su ideología, para pedir algo tan sencillo como que ETA dejara vivir a un hombre de 29 años.

Ver las plazas llenas, manos blancas levantadas, gente llorando, abrazándose y gritando "¡Basta ya!" me ha transmitido una sensación que es muy difícil de explicar. Es muy emocionante ver cómo por un momento desaparecieron los colores políticos y todo un país salió a la calle a pedir lo mismo. Viéndolo casi treinta años después resulta inevitable preguntarse si hoy seríamos capaces de hacer lo mismo.

Y quizá esa sea la reflexión que me ha dejado el documental. Vivimos una época de crispación constante en la que prácticamente cualquier asunto acaba convertido en un arma arrojadiza que se utiliza con fines políticos. También el terrorismo de ETA -que por suerte lleva años sin matar-. Me produce una enorme tristeza comprobar cómo todavía hoy hay quien utiliza el recuerdo de la banda terrorista y el dolor que causó para atacar al adversario, cuando las víctimas nunca pertenecieron únicamente a un partido. 

ETA asesinó a personas de distintas ideologías, pero también a policías, guardias civiles, periodistas, jueces, empresarios y ciudadanos anónimos. Asesinó a padres, madres y también a niños que ni siquiera habían tenido tiempo de construir una ideología propia. Reducir todo ese sufrimiento a un debate partidista me parece profundamente injusto.

Por eso creo que el mayor acierto del documental de Jon Sistiaga y Juanjo López no está en descubrir nada nuevo, sino en hacer memoria. Recordar de dónde venimos, lo que costó derrotar al terrorismo y el enorme valor que tuvo aquella reacción ciudadana que después conoceríamos como el Espíritu de Ermua. Para quienes nacimos después, estas imágenes no deberían verse como un capítulo lejano de la historia, sino como un recordatorio de que hubo un tiempo en el que millones de españoles dejaron a un lado sus diferencias para defender algo mucho más importante: la vida y la libertad.

Lo tenéis en Netflix.

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