
Por desgracia, la felicidad es algo efímero que no dura para siempre
El cine ha acostumbrado al público al concepto del final feliz para cerrar las historias y dejar a los espectadores con una sensación de satisfacción hacia lo que acaban de contarles. Obviamente, eso ha llegado a que muchos quieran conseguir exactamente lo mismo en la vida real, generando una tremenda frustración cuando queda claro que cualquiera parecido entre realidad y ficción es pura coincidencia.
Eso es algo que tampoco ha pasado desapercibido para la ciencia y Tal Ben-Shahar, profesor de Harvard y experto en psicología positiva, acuñó en Psychology Today el concepto de la "falacia de la llegada" para indagar en cómo la sobreabundancia de finales felices se ha convertido en un veneno cultural que ha afectado a millones de personas a lo largo de los años, pues especialmente entre los que crecieron durante los años 80 y 90 del siglo pasado.
La felicidad es algo efímero que no dura para siempre
El motivo de crear la idea de la falacia de la llegada estaba en la necesidad de encontrar la forma de describir la expectativa equivocada de que lograr una meta específica en la vida es sinónimo de una felicidad larga. Lo cierto es que esa satisfacción tiende a ser algo efímero, pues la felicidad es un estado transitorio que no puede convertirse en algo perpetuo por lograr algo concreto.
De hecho, lo más habitual es que el cerebro se adapte rápidamente a la nueva normalidad, incluso aunque sea algo tan extraordinario como que te toque la lotería, traduciéndose en lo que la ciencia define como adaptación hedónica. Vamos, que una vez se alcanza la felicidad, mejor disfrutarla, porque pronto va a desaparecer, incluso aunque no te suceda nada malo.
Además, lograr esa meta que te habías propuesto tampoco es garantía de lograr esa ansiada pero efímera felicidad, lo cual puede provocar una pérdida de motivación al hacer que nos preguntemos "¿Para qué sirve todo esto?", o aún peor: que pensemos que hemos hecho algo mal nosotros en lugar de asumir que el error era esa expectativa desmedida que nos habíamos puesto.
La clave al final está en disfrutar del proceso, pues "el verdadero valor de una meta no reside solo en alcanzarla, sino en el camino recorrido para lograrla" y hay que tener muy en cuenta que "los indicadores internos de realización son más duraderos que los externos". Quizá cueste asumir que no vamos a tocar techo y conseguir todo lo que deseamos, pero así también llevaremos una vida más feliz.
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