Distanciándose de la obra original
Los vampiros nunca pasan de moda, quizás porque funcionan como espejos perfectos de las obsesiones humanas de cada época. Amor, deseo, poder, miedo a lo desconocido y a la otredad: el mito vampírico admite infinitas lecturas, y el éxito reciente de títulos como ‘Los pecadores’ o ‘Nosferatu’ confirma que todavía hay mucho terreno por explorar.
Dentro de esa tradición, el amor ha sido siempre una pieza central del terror gótico, desde 'Drácula' de Bram Stoker hasta la versión romántica y excesiva que Francis Ford Coppola llevó al cine en 1992. En esa película, Gary Oldman construyó un Drácula tan trágico como repulsivo, impulsado por un amor que atraviesa siglos. Y Luc Besson retoma esa idea en su propia reimaginación del mito con su propio 'Drácula', pero decide empujarla aún más hacia el terreno del romance, sacrificando elementos fundamentales del relato original en el proceso.
Un Drácula sin Van Helsing
Según explicó el propio Luc Besson en el número de enero de 2026 de la revista SFX, uno de los cambios más importantes de su adaptación es la eliminación de Abraham van Helsing, figura clave de la novela de Stoker. En su lugar, introduce un nuevo personaje interpretado por Christoph Waltz, conocido simplemente como “Sacerdote”, que ocupa un rol similar pero con un enfoque radicalmente distinto. La intención de Besson fue invertir la relación tradicional entre ciencia y religión, presentando a una figura religiosa segura de su conocimiento frente a una ciencia que se muestra perdida ante lo sobrenatural.
En la novela original, Van Helsing funciona como un puente entre lo racional y lo inexplicable: es un hombre de ciencia que comprende que no todo puede explicarse con lógica pura. Esa dualidad lo convierte en el cazador de vampiros ideal. Al reemplazarlo por un sacerdote, la versión de Besson pierde esa tensión conceptual y reduce el conflicto a un enfrentamiento más simple entre fe y monstruo, dejando de lado la riqueza temática que hacía de Van Helsing un personaje esencial.
Otro cambio clave es la eliminación de las tres Novias de Drácula. Para Besson, estas figuras interferían con su visión de una historia de amor absoluta, centrada en un único vínculo que atraviesa los siglos. Sin embargo, en la novela de Stoker, las Novias representan una subversión de la feminidad victoriana y encarnan las tentaciones y transgresiones del vampirismo. Al descartarlas, la adaptación diluye uno de los símbolos más potentes del relato original y reduce la complejidad moral del personaje de Drácula.
Al igual que la película de Coppola, el Drácula de Besson comienza en el siglo XV con la historia de Vladimir y Elisabeta, separados trágicamente por la guerra y el destino, y unidos siglos después por la reencarnación. Aunque la premisa promete una saga épica de amor inmortal, la película termina malinterpretando el corazón del texto de Stoker. Al despojar al relato de sus tensiones científicas, sociales y sexuales, la reinvención de Besson apuesta por el romanticismo puro, pero lo hace a costa del terror, la ambigüedad y la riqueza simbólica que convirtieron a Drácula en un mito eterno.
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