'Un estupendo chico indio' es una comedia romántica fantástica que demuestra que, a veces, lo más radical es contar una historia con final feliz

Habla del deseo, el amor y la familia desde la ternura

Belén Prieto

Editora

Dirigida por Roshan Sethi y escrita por Eric Randall a partir de la obra de Madhuri Shekar, 'Un estupendo chico indio' demuestra que todavía es posible hacer una comedia romántica queer luminosa, sincera y muy emotiva sin recurrir al dolor como motor principal. 

La película sigue a Naveen (Karan Soni), un médico indio-estadounidense tímido y contenido, y a Jay (Jonathan Groff), un fotógrafo expresivo y romántico, cuyo encuentro casual en un templo hindú da inicio a una historia de amor marcada menos por el conflicto externo que por los miedos interiores. Lejos de la tradición de otras historias LGTBQ+, que suelen estar atravesados por el sufrimiento, la culpa o la tragedia, la película apuesta por hablar del deseo, del amor y la familia desde la ternura, el humor y lo cotidiano

Una historia de amor atravesada por la familia

La película se estructura en capítulos que recorren la evolución de la relación entre Naveen y Jay hasta desembocar en el inevitable encuentro con la familia del primero. Pero el conflicto no nace del rechazo explícito, sino de una distancia emocional cuidadosamente construida: los padres de Naveen saben que su hijo es gay, pero no saben cómo acompañarlo, y él ha aprendido a protegerse manteniéndolos al margen de su vida sentimental. La llegada de Jay obliga a todos a enfrentarse a esa incomodidad, abriendo un espacio para el diálogo, el cariño y también el humor.

Lejos de ser meros secundarios, los miembros de la familia -especialmente los padres y la hermana de Naveen- tienen entidad propia, sus contradicciones y sus heridas no resueltas. La película no los caricaturiza ni los convierte en villanos: muestra su torpeza, sus intentos mal calibrados de mostrar apoyo y su dificultad para comprender una realidad distinta a la que les tocó vivir. Esa complejidad convierte a 'Un estupendo chico indio' en una historia coral donde el amor romántico y el amor familiar se entrelazan.

Por otro lado, uno de los grandes aciertos del guion es evitar el drama gratuito. Los conflictos surgen de decisiones coherentes con los personajes y se resuelven desde la comunicación, no desde la ruptura traumática. Incluso cuando hay dolor, este sirve para fortalecer los vínculos y no para castigarlos. La película confía en que el crecimiento emocional puede ser tan narrativamente potente como la tragedia, y acierta.

El romance entre Naveen y Jay está tratado con una sensibilidad poco habitual. Su relación no solo consiste en grandes gestos -aunque los hay, con guiños al Bollywood más clásico-, sino en pequeños momentos de intimidad, torpeza y deseo contenido. Jay representa una forma de amar sin vergüenza, expansiva y visible; Naveen, en cambio, encarna el miedo a desear demasiado. Y la película observa ese contraste con mucho cariño, permitiendo que ambos personajes se transformen sin anularse el uno al otro.

Porque aquí la orientación sexual no es un conflicto a resolver, sino el punto de partida para explorar vínculos, expectativas culturales y la dificultad universal de aprender a dejarse querer.

Y todo desemboca en un final que reafirma la tesis central de 'Un estupendo chico indio': que las historias queer no necesitan justificarse desde el sufrimiento para ser profundas, ni renunciar al humor para ser honestas. Es una comedia romántica sobre hombres que se quieren, sí, pero también sobre familias que aprenden, sobre identidades culturales y sobre el derecho a vivir el amor sin pedir disculpas por hacerlo. Es una película enorme en cuanto a sensibilidad y deja una sensación clara al terminarla: que a veces, lo más radical es contar una historia de amor con final feliz.

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