Es siempre la misma historia
No sé qué problema hay con la segunda parte de 'Cumbres borrascosas', pero la gran mayoría de las películas que adaptan la novela de Emily Brontë directamente la ignoran pasan por ella de puntillas. Y es raro, porque ahí está una de las claves del libro: porque no estamos hablando solo de la historia del amor destructivo entre Heathcliff y Catherine, sino el retrato de cómo ese odio, ese deseo y esa violencia emocional se heredan, se enquistan y deforman a la siguiente generación.
La novela termina realmente cuando los hijos y herederos de ese trauma encuentran -con dificultades- una forma menos tóxica de relacionarse. Sin embargo, el cine lleva décadas empeñado en convertir la obra en una tragedia romántica cerrada sobre sí misma, como si todo lo que ocurre después estropeara el mito. Es más cómodo contar la historia de un amor imposible que asumir que la verdadera potencia del libro está en mostrar las consecuencias que tiene esta historia.
Tomando el atajo es más sencillo
Muchas adaptaciones se quedan en la primera mitad porque es la parte más vendible de la trama: hay pasión, tormento, celos y un amor imposible en un paraje salvaje. Funciona como relato independiente y encaja bien con el imaginario romántico que la cultura popular ha construido alrededor de Heathcliff y Catherine. El problema es que ese atajo convierte la novela en otra historia de amor trágico más, cuando Brontë escribió algo mucho más incómodo: una crítica feroz a cómo el resentimiento se reproduce y contamina todo lo que toca.
La segunda parte introduce nuevos protagonistas y desplaza el foco hacia los hijos: Hareton, Cathy Linton y Linton Heathcliff. Dramáticamente es más compleja, menos icónica a primera vista y exige más tiempo de metraje para que funcione. En el cine, eso suele traducirse en problemas de ritmo, de estructura y de identificación del espectador y por eso mismo muchas versiones prefieren cortar antes de llegar ahí o convertir esa parte en un epílogo rápido que no tiene el peso que sí que adquiere en el libro.
Hay excepciones que intentan abarcar también la herencia del conflicto -como hace la versión de los 90, por ejemplo-, pero incluso en esos casos la segunda mitad suele quedar comprimida o desdibujada frente al magnetismo de la historia original de Heathcliff y Catherine. Incluso cuando se intenta ser más fiel, la narrativa audiovisual tiende a rendirse ante el mito romántico y deja en segundo plano la dimensión generacional, que es justo donde la novela se vuelve más amarga y también más interesante.
El hecho de que tantas adaptaciones eliminen la segunda parte no es solo una decisión narrativa, también revela la manera en la que se sigue leyendo 'Cumbres borrascosas'. Nos atrae el amor tóxico convertido en algo épico, pero nos cuesta aceptar que Brontë estaba hablando de ciclos de violencia, de daño heredado y de la posibilidad de romperlos. Después de ver la nueva versión de Emerald Fennell, queda claro que habrá que esperar para ver una adaptación en condiciones como tal. Y que el cine sigue prefiriendo el mito romántico a retratar sus consecuencias.
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