
Esta joya del cine checoslovaco sigue vigente 60 años después
En el año 1966, mientras la sociedad checoslovaca vivía bajo el control del régimen comunista, Věra Chytilová estrenó una película sobre dos mujeres que decidían que, si el mundo estaba podrido, mejor tomárselo con calma y echarse unas risas. 'Las margaritas' ('Daisies') sigue a dos jóvenes que se dedican a jugar con los hombres, darse banquetes, destrozar comida y desafiar cualquier norma social que se interponga en su camino. Su comportamiento es caprichoso, absurdo y también irritante, pero detrás de sus travesuras hay una provocación mucho que va más allá: ¿por qué escandaliza tanto que dos mujeres se nieguen a comportarse como se espera de ellas?
Indignarse por lo que importa
Las dos protagonistas no tienen grandes aspiraciones ni parecen interesadas en encontrar un propósito para sus vidas. En lugar de trabajar, formar una familia o ajustarse a las expectativas que el mundo tiene sobre ellas, deciden convertir su existencia en un juego. Engañan a hombres que esperan obtener algo de ellas, se aprovechan de sus invitaciones y se niegan a comportarse como se supone que deberían hacerlo. Su actitud puede parecer infantil, caprichosa e incluso egoísta, pero ahí está la fuerza de la película: las protagonistas no están dispuestas a pedir permiso para nada. En un mundo que pretende encerrar a las mujeres en papeles muy concretos, su negativa a tomarse en serio las reglas se convierte en una forma de insubordinación. Y por eso es perfecta.
La liberación femenina de la película no se expresa mediante discursos solemnes ni reivindicaciones explícitas, sino a través del placer, la amistad y la desobediencia. Las dos jóvenes disfrutan de su compañía, experimentan con su aspecto y se divierten sin preocuparse demasiado por la mirada ajena. Además, el filme tampoco las convierte en modelos de conducta impecables: son irresponsables, provocadoras e incluso crueles. Y precisamente por eso son tan interesantes. Chytilová no nos muestra a dos heroínas ejemplares, sino a personajes que se resisten a ser juzgados según los criterios morales que la sociedad aplica a las mujeres. Su libertad es caótica y contradictoria, pero también contagiosa.
La gran provocación llega cuando esa rebeldía se traslada a la comida y al consumo. Las Marie organizan auténticos festines, juegan con los alimentos y terminan destrozando un banquete preparado para una ocasión especial. Es ahí donde la película plantea una de sus preguntas más incómodas: ¿qué es exactamente lo que nos indigna? La escena final, de hecho, se convierte en una burla de las convenciones sociales y de la obsesión por mantener el orden. Las protagonistas pisan, cortan y desperdician los platos de una mesa llena de lujos, y su comportamiento provocó críticas por parte de las autoridades checoslovacas, que llegaron a cuestionar la película por su representación del desperdicio de comida.
Esa reacción conecta con una de las ideas más potentes de la película: la facilidad con la que se condenan las transgresiones visibles mientras otras formas de violencia, abuso o desigualdad se aceptan como parte de la normalidad. Las protagonistas molestan porque no respetan las normas, porque no muestran arrepentimiento y porque no parecen dispuestas a justificar sus actos. Su comportamiento resulta especialmente incómodo en una sociedad que espera que las mujeres sean discretas, agradecidas y responsables de mantener el orden.
Más de medio siglo después, la película de Chytilová me ha fascinado por su capacidad para incomodar sin ofrecer respuestas. Su experimentación visual, su humor absurdo y la energía de sus protagonistas convierten la rebeldía en una experiencia cinematográfica antes que en una lección. Desprecia las convenciones y celebra a unas mujeres que se niegan a comportarse como se espera de ellas y que no encajan en el orden establecido.
La película puede leerse como una defensa de la liberación femenina, pero también como una crítica a una sociedad que se escandaliza ante un plato destrozado mientras tolera desgracias y problemas mucho peores. Porque, por desgracia, el mundo no ha cambiado tantísimo en 50 años.
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