A veces hay que ver las series solo por la trama
'Vladimir' es una comedia dramática atrevida y llena de energía que se adentra en el sexo, la obsesión y las tensiones entre generaciones, pero que nunca termina de atreve del todo a cruzar ciertos límites. Rachel Weisz interpreta a una profesora universitaria atrapada entre su impecable vida profesional y un deseo creciente hacia un joven compañero que obviamente se llama Vladimir (Leo Woodall), mientras se enfrenta las secuelas del escándalo sexual de su esposo John (John Slattery).
Desde el primer episodio, la serie rompe con la cuarta pared, convirtiendo al espectador en confidente y cómplice de la protagonista, en un juego que combina humor, erotismo y una reflexión sobre el poder y otros dilemas actuales. A lo largo de sus ocho episodios, la serie presenta fantasías apasionadas, relaciones complejas y comentarios mordaces sobre la Generación Z y los desafíos del feminismo moderno.
Deseo y poder enfrentados
El personaje de Weisz es encantador, una profesora de literatura inglesa de Nueva Inglaterra, cuya vida personal y profesional comienza a resquebrajarse. El escándalo sexual de su esposo, aunque consensuado y ocurrido hace años, empaña su reputación y genera conflictos con estudiantes y compañeros. Y el hecho de que se niegue a condenar públicamente a John refleja la tensión entre la ética y la supervivencia en un entorno académico marcado por el #MeToo.
En medio de todo esto aparece Vladimir, un escritor que se incorpora al claustro de la universidad y despierta una obsesión inmediata en la protagonista. Su atractivo físico y su intelecto la envuelven, mientras ella navega en una dinámica muy compleja con su esposa Cynthia (Jessica Henwick) y su hija adulta (Ellen Robertson). La serie juega con esta tensión sexual no resuelta y el humor, mostrando las fantasías sin perder de vista la mirada femenina.
Al final, 'Vladimir' es ingeniosa y tiene chispa, diálogos afilados y escenas divertidas; y la química entre Weisz y Woodall es fascinante, pero la serie evita ir demasiado lejos en su lado más turbio, sin llegar a arriesgar del todo y conteniéndose demasiado.
Entre la brillantez y contención
Desde el principio la serie destaca por su dirección, el sentido del humor y las actuaciones. En particular por la de Weisz, aunque no termina de exprimir su potencial por miedo a desafiar los límites del espectador. Los momentos de provocación son frecuentes, pero la mayoría acaban filtrándose por las fantasías rápidas o encuentros que solamente se sugieren. Esta contención evita que Vladimir se convierta en la obra provocadora y radical que nos prometía, dejando un sabor de “casi algo” que me lleva a preguntarme qué hubiera pasado si se atrevido un poco más.
Aun así, también creo que 'Vladimir' es bastante fresca, en parte gracias a la perspectiva de la protagonista, que combina ingenio, egoísmo y deseo sin remordimientos. La serie nos invita a explorar la obsesión, la moralidad y la autoimagen desde un punto de vista agudo y mordaz, pero echo de menos que un atrevimiento o que abrace un poco su lado más raro, rompiendo con las convenciones y mostrando que las comedias dramáticas sobre el deseo, el poder y la obsesión pueden ser fascinantes si se atreven de verdad.
De todas formas, creo que la volvería a ver por la trama. Y por Rachel Weisz y Leo Woodall, que es más o menos lo mismo.
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