'El espía que me plantó' es una buena comedia frenética en la que falla la parodia

La excelente y aún hoy rarísima y sorprendente 'Superfumados' fue una de las primeras películas en mezclar comedia desfasada y acción violentísima y no necesariamente paródica, lo que le valió una clasificación R. El equilibrio estaba cuidado hasta el punto que se la sigue recordando tanto por sus gags de cine de porreros como por la brutal escaramuza cuerpo a cuerpo que acaba haciendo trizas buena parte de un cuarto de baño. Aunque generó cierta corriente de imitadores, pocas le hicieron sombra en su curiosísima macedonia de géneros.

Quizás solo algunas comedias como 'Agente contrainteligente' -curiosamente, otra parodia del cine de espías- han conseguido alcanzar ese equilibrio, y 'El espía que me plantó', si bien con una comedia de tipo mucho más ligero, sigue en esa estela. De hecho, el primer impacto que recibirá el espectador es el de presenciar unas cuantas escenas de acción de altísimo voltaje, con stunts disparatados, coreografías de combate de cierta complejidad y algunas persecuciones que no desentonarían en una película de espías al uso.

El argumento de 'El espía que me plantó' conserva ese equilibrio entre géneros. Por un lado, espías más o menos hechos y derechos: un agente de la CIA desaparece y es buscado por sus ex-compañeros para recuperar un importante objeto... si es que alguien es realmente quien dice ser, claro. Por otro, comedia de colegas en clave femenina, también en la onda de lo que últimamente han popularizado películas de Paul Feig como 'La boda de mi mejor amiga' o 'Cuerpos especiales'.

Esas colegas son Mila Kunis y Kate McKinnon, dos amigas que viven juntas, con la primera atravesando una mala racha emocional porque acaba de romper con su novio, que obviamente es el espía desaparecido de la otra mitad de la película. El problema de 'El espía que me plantó' es desgraciadamente habitual en experimentos con los géneros como éste: a diferencia de la milagrosa 'Superfumados', aquí las dos mitades no terminan de empastar del todo.

'El espía que me plantó': Cambios de ritmo perjudiciales

La directora y coguionista Susanna Fogel parece encontrarse mucho más cómoda en la zona de comedia, que es donde realmente brillan sus dos actrices protagonistas. Especialmente y para sorpresa de absolutamente nadie, Kate McKinnon, que a menudo se deja llevar (y reconduce el ritmo de la película) con su monstruoso talento para la improvisación y la comedia gestual, y roba sin esfuerzo cada una de las escenas en las que aparece.

McKinnon tiene a su cargo los mejores gags de la película: de la conversación con Snowden a todos los chistes derivados de su desnortada relación con sus padres -o, en general, con cualquier ser humano-. Pero además es capaz de dotar de forma sutil de una personalidad muy especial y tierna a su Morgan, consagrada caiga quien caiga a animar a una amiga que está pasando por un mal momento.

Y lo cierto es que aunque la personalidad de la película esté en la parodia de las convenciones del cine de espías y en ver a dos mujeres más o menos normales zambulléndose en semejante fregado, el espectador sale de la película deseando conocer más sobre el seguro que también delirante día a día de las dos amigas. Sobre todo porque en la segunda mitad y pese a hallazgos puntuales -como la asesina gimnasta-, la parte de espías y acción toma más cuerpo, y salvo alguna secuencia específica con presencia importante de McKinnon (toda la locura en el trapecio), la comedia se resiente y el tono se desequilibra.

Una oportunidad parcialmente desaprovechada, pero que no emborrona los logros de la película: cuando es graciosa (o emocionante), 'El espía que me plantó' lo es muchísimo. Solo nos queda esperar que McKinnon intensifique sus papeles en cine ('Cazafantasmas' era estupenda, pero su papel estaba demasiado esquinado) y acabe encontrando un vehículo a la altura de su descomunal talento.

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