
'¡Cuánta guerra!' es una serie documental que adapta el formato de TV3 y que investiga lo que les ocurrió a los familiares de ciertas celebridades durante la Guerra Civil
Hay una parte de la historia de nuestro querido país que todavía permanece escondida en muchas familias españolas. Abuelos de los que apenas se habla, hermanos que nunca regresaron, cartas que se guardaron durante décadas y preguntas que nadie se atrevió a formular. Y recuperar todo eso es precisamente lo que se propone '¡Cuánta guerra!', la nueva serie documental de RTVE que adapta el formato de TV3, que creo que merece mucha más atención de la que suele recibir este tipo de televisión. De la mano de la periodista Conchi Cejudo, diferentes personalidades de nuestro país emprenden un viaje por los escenarios de la Guerra Civil para reconstruir las vidas de sus antepasados y descubrir qué les ocurrió durante aquellos años.
Pero reducir el programa a una sucesión de famosos investigando su árbol genealógico sería quedarse muy corto. Lo que empieza como una búsqueda familiar termina convirtiéndose en un retrato de las miles de historias anónimas que conforman nuestra memoria colectiva.
Una televisión de calidad es posible
La premisa de '¡Cuánta guerra!' es muy sencilla. En cada episodio, Conchi Cejudo acompaña a una personalidad del mundo de la cultura o la comunicación por distintos lugares de España para investigar qué ocurrió con sus familiares durante la Guerra Civil. Trincheras, refugios antiaéreos, cárceles y campos de prisioneros se convierten en escenarios de una investigación que combina documentación histórica, archivos y testimonios con el descubrimiento personal de sus protagonistas. A partir de ahí nos embarcos todos en una especie de viaje emocional en el que el pasado deja de ser algo lejano para convertirse en una experiencia que afecta directamente a quienes lo están reconstruyendo.
De hecho, ese es uno de sus mayores aciertos: conseguir que el espectador también sienta que está descubriendo algo que le pertenece. No hace falta conocer previamente a los invitados ni tener un interés especial por sus familias para conectar con lo que están viviendo.
El episodio de Juan Carlos Rivero es un magnífico ejemplo. Estamos acostumbrados a escuchar al periodista deportivo narrar partidos de fútbol, pero aquí lo vemos enfrentarse a una historia familiar que desconocía en buena parte. Su abuelo Julián fue guardia de asalto, participó en acontecimientos tan relevantes como la detención del general Sanjurjo y terminó sobreviviendo a la posguerra trabajando como músico. Y la investigación también nos lleva hasta su tío abuelo Julio, detenido, encarcelado y condenado a muerte. De hecho, uno de los momentos más conmovedores llega cuando Rivero descubre nuevos detalles sobre su familia y acaba ante la fosa común en la que se encuentra su tío abuelo. Es difícil permanecer indiferente ante una experiencia así. Especialmente cuando sabemos que, durante décadas, muchas familias han tenido que convivir con el silencio y con la imposibilidad de conocer cuál fue el lugar al que fueron a parar los restos de los suyos.
Después, el capítulo de Rozalén me parece igual de extraordinario. La cantante conserva el diario que su abuelo Francisco escribió durante la guerra y decide emprender junto a Conchi Cejudo un recorrido para reconstruir aquellos 831 días que marcaron su vida. Francisco fue camillero del ejército republicano y su trayectoria le llevó por distintos escenarios del conflicto, desde la batalla del Ebro hasta los campos de concentración y los batallones de trabajadores, antes de conseguir regresar a casa. Seguir sus pasos a través de sus propias palabras tiene una fuerza gigante. Hay algo especialmente doloroso en pensar que una persona pudiera dejar por escrito sus experiencias sin saber hasta qué punto aquel documento acabaría convirtiéndose, décadas después, en una pieza fundamental para que sus descendientes pudieran conocer su historia.
Lo más interesante de '¡Cuánta guerra!' es que no necesita convertir cada descubrimiento en un gran acontecimiento televisivo. Su fuerza está precisamente en las pequeñas revelaciones, en las emociones de los protagonistas y en la posibilidad de reconstruir vidas que quedaron atrapadas entre los acontecimientos de nuestra historia. Y también en recordarnos que la Guerra Civil no fue solo una sucesión de batallas, fechas y decisiones políticas. Fue una tragedia que atravesó hogares enteros, separó familias, condenó a personas al exilio, la cárcel o la muerte y dejó heridas que todavía no se han cerrado. Por eso resulta tan importante que existan formatos que se acerquen a este pasado con investigación, sensibilidad y voluntad de escuchar. No se trata de remover por remover, sino de entender, documentar y reparar, en la medida de lo posible, tantos años de silencio.
Y aquí es donde me gustaría reivindicar especialmente el papel de RTVE. La televisión pública tiene una responsabilidad que va mucho más allá de conseguir espectadores: debe preservar nuestra memoria, dar espacio a historias que necesitan ser contadas y apostar por formatos que difícilmente encontrarían acomodo en una televisión centrada exclusivamente en la rentabilidad inmediata. Ojalá se sigan produciendo programas así, que nos permitan conocer mejor nuestro pasado y acercarnos a personas cuyas historias merecen ser escuchadas. Y ojalá también llegue el día en el que no quede ningún cuerpo por encontrar, ninguna familia esperando respuestas y ningún desaparecido al que seguir buscando. Porque la memoria no debería tener fecha de caducidad. Si nuestros impuestos sirven para financiar una televisión que hace posible todo esto, creo que están muy bien invertidos.
Lo podéis ver en RTVE Play.
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