
Una animación apabullante que te va a dejar con la boca abierta y que merece nuestro aplauso colectivo... pese a sus innegables errores
Pocas personas hay más pacientes en el mundo del cine que los encargados de que las películas en stop-motion funcionen, haciendo pequeños movimientos en los muñecos protagonistas hasta conseguir varios fotogramas que puedan comportar un segundo. Más aún cuando hay muchísimas cosas en movimiento en la misma escena, y el más mínimo error puede obligar a repetir el proceso. Por eso 'Soy Frankelda', la primera película mexicana en stop-motion, es tan absolutamente arrebatadora desde el punto de vista técnico que solo merece aplausos y vítores. Es una lástima que el resto de la película no esté al mismo nivel.
Temblad, muchachos, temblad, qué miedo vais a pasar
'Soy Frankelda', que sirve como precuela y al mismo tiempo secuela de la serie 'Los sustos ocultos de Frankelda', es absolutamente abrumadora y espectacular en lo visual, con ideas conceptuales que elevan la animación a otro nivel (esas nubes con manos, esa araña moviéndose con rapidez) y momentos donde tuve que recordarme a mí mismo que todo estaba hecho con stop-motion de manera artesanal. Un trabajo fabuloso que, tristemente, no consigue captar el interés del todo por culpa de un guion atropellado y confuso que no está a la altura de las expectativas.
Mi madre me decía, cuando era adolescente, que no criticara duramente las películas porque mucha gente había trabajado en ellas dándolo todo y les podía hacer daño. Viendo 'Soy Frankelda' no me queda otra que darla la razón: se nota tanta pasión, tantas noches sin dormir, tanta ilusión y tanta artesanía que es duro reconocer que no les ha salido la película redonda que podría haber sido. Y es una pena, porque su defensa de la creatividad por encima de todo, casi una tesis de la película en sí misma y un claro alegato contra la IA y la automatización, es emotiva, actual y da en el clavo.
Siendo honesto, por muy duro que me pueda poner con su guion, la mera existencia de esta película ya es un milagro, y como tal hay que celebrarlo. Sí, tiene inconsistencias, su ritmo sube y baja sin control, se pierde en su propio misticismo y sus personajes no están lo suficientemente bien desarrollados, pero toda la crítica queda sepultada ante unos diseños avasalladores, una animación cuidada hasta el extremo y unas ganas de hacer algo completamente rompedor en una Netflix a la que normalmente se le acusa de ser anodina en lo visual, pero que aquí acierta a la hora de confiar en dos creadores como los hermanos Ambriz.
Con el mismísimo Guillermo del Toro apoyando cada uno de sus pasos, los Ambriz tienen un futuro por delante repleto de éxito. Es lo que tiene ser un pionero y jugárselo todo: cuando lo consigues, el cielo es el límite.
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