El Paolo Sorrentino más estimulante ha regresado con ‘La Grazia’. Una experiencia sensorial con serenidad que reivindica el deber público

El habitual provocador italiano recupera algunas de las virtudes más estimulantes de su cine

Pedro Gallego

Editor

En términos puramente estéticos, es muy complicado refutar que Paolo Sorrentino se encuentra constantemente entre los mejores directores del mundo. Pero también lo estaría Alejandro González Iñárritu, un cineasta con el que comparte mucha ambición maximalista, recargada y ocasionalmente provocadora. Es complicado rechazar que no tengan propósitos, aunque sus resultados los acaban volviendo espurios.

A favor del italiano cabe añadir que ha encontrado a menudo gran capacidad de emoción cuando ha abrazado el alma vieja que realmente tiene dentro. No únicamente impulsos de alguien que parece un viejo verde, sino emplear los espacios y las luces y sombras para dibujar la reflexión, que podía llegar a ser mesurada y estimulante, de personajes cuya sabiduría todavía está formándose incluso con la dilatada experiencia. Ese gran talento cinematográfico ha regresado con ‘La Grazia’.

No es lo mismo tener gracia que ser agraciado

El director italiano entra directamente en terreno político de la mano de su más fiel y excelente colaborador, el actor Toni Servillo, creando una serena pero reconocible experiencia sensorial para entrar de lleno en el poder público. El actor fue premiado en el último festival de Venecia y, meses después, la película se encuentra en nuestras salas de cine.

En ella se nos elabora a un presidente de la República ficticio, Mariano De Santis, que es el último vestigio de la parte tradicional del partido demócrata cristiano. Con salud ya más delicada y agotando los últimos días de su mandato, el gobernante se encuentra ante una encrucijada a la hora de aprobar o no una ley de eutanasia que será la nota de gracia de su periplo político.

De Santis no se mueve por intereses electoralistas, ya que ejerce un rol distinto al de primer ministro. Su carrera se ha desarrollado siempre como jurista, y siempre diseccionando todas las aristas posibles de la legislación para que no haya espacio para los equívocos y prevalezca la justicia. Su motivación para este control milimétrico está en el convencimiento de que así logrará la verdad, un concepto que le atormenta gracias a un misterio personal que aún intenta descifrar.

‘La Grazia’: la virtud de arriesgar

Por este rigor tan férreo, el legado que deja de su mandato a pocos días de que concluya es el de inmovilismo, el de jugar demasiado sobre seguro para terminar cambiando poco. Sorrentino cuestiona esta postura en ‘La Grazia’, señalándola como postura que termina desactivando el papel de la política como servicio público. De ahí que invoque hasta el lema latino “Virtus in periculis firmior”, que viene a decir que la virtud se fortalece con el peligro.

Una voluntad de riesgo que no se confunde con lo impetuoso. El cineasta italiano contiene de manera interesante su formalismo y su extravagancia tonal (aún hay espacio para el humor, así como una sub-subtrama un poco de viejo verde) sin perder excelencia esteta, permitiéndose explorar ciertas cuestiones urgentes que le salen de las vísceras sin dejar de parecer sereno y reflexivo. Esta recuperación del equilibrio hace de esta la película más sobresaliente y estimulante que ha entregado en años.

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