Es un entretenimiento puro que se sabe de usar y tirar, pero por el camino toma un buen puñado de decisiones, cuando poco, cuestionables
En tan solo dos años y medio, la Inteligencia Artificial generativa ha pasado de ser esa herramienta que nos iba a quitar el trabajo a todos a convertirse en sinónimo de lo cutre, falso y hecho sin ganas. Y claro, todas las promesas que se nos hicieron de un futuro automatizado se han ido cayendo como un castillo de naipes a medida que el público general ha perdido interés en el juguete (y los mandamases han querido meterlo por el gaznate). Sin embargo, fuera del arte, la IA sí tiene cientos de aplicaciones, incluyendo una en la que películas como 'Justicia artificial' ya habían indagado antes que 'Sin piedad': la justicIA.
Arroba Grok, ¿esto es verdad?
Vamos con la verdad por delante: el punto de partida de 'Sin piedad' es una majarada, una absoluta locura más propia de un reality show o de un videojuego pasado de vueltas que de una película hecha y derecha. Un hombre, atado a una silla eléctrica y juzgado por una jueza creada por inteligencia artificial que él mismo impulsó, tiene que probar que es inocente (o al menos bajar de un porcentaje de culpabilidad) del asesinato de su mujer. Para ello tiene una hora y media antes de que le maten, pudiendo llamar a testigos, ver las cámaras de seguridad y hasta los móviles de sus allegados. Si no has resoplado leyendo este argumento, es probable que acabes disfrutando, al menos ligeramente, de este entretenimiento sin mayores pretensiones tan forzado como, para qué negarlo, constantemente divertido.
Una vez entras en el juego, 'Sin piedad' es como una partida de 'Phoenix Wright' en la que buscar pruebas y testimonios a la desesperada intentando dar la vuelta a un juicio cuyo veredicto ya parece decidido desde el principio. Para ello, su director, Timur Bekmambetov, ha escatimado en gastos y muestra a Chris Pratt sentado en una silla durante gran parte del metraje: eso no elimina su indudable carisma, pero es cierto que se vuelve reiterativa muy pronto, cuando la novedad se agota. Al final, después de la última vuelta de campana del argumento, el espectador se dividirá entre el que se lleve las manos a la cabeza avergonzado y el que aplauda que den el salto definitivo hacia la sandez noventera.
Siendo totalmente honesto, no vas a querer volver a ver esta película jamás, pero mientras la descubres, da lo que promete: un entretenimiento palomitero que roza el desastre en más de una ocasión pero, de alguna manera, consigue sobrevivir y seguir sorprendiendo a base de puro giro desquiciado. Tiene mérito, sobre todo teniendo en cuenta que la gran mayoría del metraje ocurre en la misma sala y con el protagonista en la misma situación: sentado en una silla. Aunque los estilismos futuristas son los que ya has visto una y mil veces (pantallas flotantes semitransparentes, sistemas informáticos inexistentes, etcétera), se las arregla para tener cierta personalidad propia. Nada que vaya a cambiar tu vida, pero suficiente para pasar un domingo por la tarde en el cine antes de cenar en el McDonald's. No aspira a más, por otro lado.
La Prattica hace al maestro
¿Te acuerdas de 'Searching', la película que transcurría entera en una pantalla? 'Sin piedad' es una especie de evolución (o más bien involución) de aquella pero mezclada con la ciencia-ficción, la acción y la mamarrachada que confía al cien por cien en el carisma de su protagonista. No es en absoluto original y su argumento hace aguas por momentos, pero las escenas de acción (especialmente las futuristas) funcionan y, si no piensas demasiado en lo que estás viendo, esta colección de retales de otras obras anteriores puede hacerte pasar un buen rato siempre y cuando te comprometas a divertirte por el camino.
Tristemente, la película se niega por completo a posicionarse respecto a la inteligencia artificial (ni respecto a nada, en general). Plenamente entregada al traqueteo de una trama que no puede tomar aire ni un segundo para que no te plantees lo que estás viendo, 'Sin piedad' se torna ambivalente y sin una tesis clara. Es más, deja caer, en los momentos más bochornosos de la cinta, que la IA podría tener alma y sentimientos, y que si falla es tan solo por culpa de la mano humana. Esta indecisión (indefendible incluso bajo el paraguas del "solo busca entretener") juega a la contra de la cinta, que acaba renqueando sin un destino claro.
Es sorprendente, eso sí, que haya escogido como protagonista a un personaje tan profundamente desagradable como el que interpreta Chris Pratt: un policía violento y alcohólico del que pocos dudan que podría haber matado a su mujer. Alejado de los héroes imperfectos que el actor suele traer a la pantalla, el de 'Sin piedad' es profundamente incómodo, acaso de manera involuntaria, y cuesta remar a su favor: se han pasado de rosca con la imperfección de su héroe, creando sin quererlo un antagonista perfecto... Y el resultado es de lo más curioso.
Al final, 'Sin piedad' es un producto tan divertido como vacío que se queda a medio camino de la relevancia: una majadería barata y sin pretensiones para un público poco exigente, un juguete del Happy Meal que es vistoso y sirve para jugar un rato, pero no puede ocultar su condición artificial y su intención de usar y tirar. Ver, comer palomitas y olvidar.
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