
Ojalá 'Gatos Callejeros' me hubiera provocado y ofendido en lugar de hacerme sentir modorra. Pero si te hace gracia que un gato tenga testículos, es tu serie
Ricky Gervais lleva años escudándose en su supuesto humor escandaloso para justificar que haya público que no disfrute con sus últimos monólogos y series. "Si no te gusta es porque estás ofendido" es una frase terrorífica porque no deja derecho a réplica, sobre todo ante sus millones de fans, fieles creyentes de que está pasándose de la línea y eso es lo que molesta a los "copitos de nieve". "Copitos de nieve" que, por cierto, llenan los espectáculos de Anthony Jeselnik o Frankie Boyle, mucho más bestias que Gervais. Y, a la vista de su última serie, 'Gatos callejeros'... ¿No será que simplemente no era cuestión de provocar o o provocar, sino de que hace tiempo que no es el que era?
Todo el mundo quiere ser ya gato jazz
La buena noticia de 'Gatos callejeros' es que solo son 6 episodios. Interminables (y eso que ninguno dura más de 20 minutos), aburridos y con una animación limitada, pero con la meta al final del túnel para los fans más ultranza de Gervais. No es ofensiva, no es graciosa, no es melancólica. No está ni cerca del nivel de 'The Office', 'Extras', 'Life's too short' o incluso 'After Life'. Por no estar al nivel, ni siquiera llega al de 'The Ricky Gervais Show', el divertidísimo podcast animado que se emitió hace ya 15 años. Efectivamente, el cómico está tan henchido de ego que no es capaz de aceptar lo que todos sabemos desde hace tiempo: necesita alguien que le pare los pies y co-escriba con él.
El humor de 'Gatos callejeros' se basa en tres premisas. La primera, es gracioso que unos gatos parlanchines de dibujos animados digan palabrotas como "Joder" o "Coño". La segunda, es divertido que los gatos hagan cosas de gato (como tirar un macetero) e insistan en que lo hacen porque son gatos. La tercera, que en 2026 es escandaloso que unos gatos hagan comentarios sin filtro sobre todo lo que ven. El resultado es una nadería en la que cuesta enormemente mantener la atención: sus protagonistas divagan y divagan en planos donde apenas hay movimiento, mientras puedes notar el esfuerzo de su autor por parecer un enfant terrible.
El año pasado, por estas fechas, Genndy Tartakovsky estrenó en Netflix 'Despelote', una película que era una ametralladora de groserías con perros como protagonistas pero que tenía una animación alucinante. No me gustó nada, pero en comparación con 'Gatos callejeros' es una obra de arte digna de un museo. No es que Gervais haya perdido el toque del todo: 'After Life' no era la serie perfecta, pero supo manejar muy bien la mezcla del tono sentimental con un humor que mezclaba lo edgy con lo amable y en la que presentaba a un protagonista fantástico. Aunque todos damos por hecho que no va a llegar nunca al nivel de la pareja cómica que hacía con Stephen Merchant, esta nueva serie de Netflix demuestra que tiene que incluso sus seguidores a ultranza tienen un límite y no le van a apoyar en todo, como se ha visto en redes sociales. Es, sin remilgos, malísima y sin nada que rescatar.
En el mundo de los gatos, Ricky Gervais es el amo
La serie deja pasar sus episodios sin una trama que los una, más allá de la búsqueda del hogar para un cachorro perdido. Uno puede notar el frío pasar del tiempo: 16 minutos por capítulo de conversaciones irritantes, gatos andando en fila, comentarios aparentemente sarcásticos y momentos tiernos que no funcionan, precisamente porque ni conocemos a sus personajes ni sabemos cuáles son sus objetivos. Para ser una parodia de 'Isidoro' o 'Don Gato' (que tampoco parece que sea el objetivo, de haber alguno), necesitaría que en cada episodio haya una línea argumental de algún tipo. En 'Gatos callejeros' ves la vida pasar, notas cada minuto como una pesada losa, no hay nada que pueda salvarse de un desastre sin parangón.
Me gustaría, de verdad, notar el intento por ofender en algo de lo que Gervais propone en esta serie. No va a ofendernos a estas alturas, pero al menos se podría apreciar el esfuerzo. Entre conversaciones sobre gatos castrados, comer excrementos y la cercania de la muerte para los mininos de la calle, no hay un clavo al que aferrarse, una frase especialmente ingeniosa, un personaje que vaya un poco más allá, una trama que nos inspire algo más que profunda pereza. No estoy ofendido, Ricky: estoy profundamente aburrido.
Ricky Gervais era un gran cómico. Ahora, se ha convertido en esa figura del stand-up que admiran los que no ven más stand-up. Supongo que 'Gatos callejeros', por esa misma regla de tres, es la serie de animación para adultos que admirarán los que no han visto las posibilidades del género. Quien no haya disfrutado, sin salir de Netflix, de 'BoJack Horseman', 'Cortar por la línea de puntos', 'The Midnight Gospel', 'Ultrasecretos', 'F is for Family', 'Archer' o 'Carol y el fin del mundo', quizá crea que Gervais está abriendo camino y rompiendo moldes donde hay una autopista ya disponible. Como fan de la animación (y de no perder el tiempo), me hubiera encantado terminar estos 6 episodios con una sonrisa en la boca. Tristemente, no ha sido posible. No creo que nadie pueda acabar así.
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