'Wicker' reivindica estar cachondo en el cine actual sin miedo a nada. El resultado es buenísimo porque la película tiene muy buenos mimbres

Wicker

Olivia Colman y Alexander Skarsgård hacen una pareja increíble en esta maravillosa fábula gótica tan cómica como sexual

Randy Meeks

Editor

Según un estudio de Talker Research, el 43% de la Generación Z apaga la película que está viendo si hay una escena de sexo: no en vano, entre el 47,5% y el 62,4% opinan que el contenido sexual no es necesario de ninguna de las maneras, y que hay demasiado erotismo en el cine y la televisión actual. Ante esta ola de puritanismo juvenil, Olivia Colman, siempre maravillosa, hace un poco educado corte de mangas en ‘Wicker’ mientras se dedica a romper camas y disfrutar de su cuerpo con un hombre hecho de mimbre. Ya era hora de dejarnos de tonterías.

Hoy voy a ir al grano, te voy a meter mano

‘Wicker’ es un cuento de hadas con la protagonista menos princesa posible: una Olivia Colman medieval, apestando a pescado, eternamente soltera y harta del resto de habitantes de su pueblo que decide crearse un marido de mimbre para poder amar, disfrutar de la dicha del matrimonio y, por qué no, pegarse sus buenos revolcones. Lo que podría ser una comedia verde o una crítica muy poco sutil del patriarcado se convierte en una preciosa y divertida fábula adulta que supera cualquier expectativa puesta sobre ella a base de carisma, desinhibición y unos personajes escritos de manera inteligente y cuidadosa.

Cuando el cine se hace con cariño y ganas, se nota: esta es una película pequeñita y modesta, pero rodada con tanto mimo y precisión que deja huella. Se trata de una historia mágica, pero que se une con nuestra realidad y el ansia de conexión aunque esta sea prefabricada, alcanzando una nueva lectura inesperada y no buscada sobre nuestra relación con la Inteligencia Artificial. Al fin y al cabo, el personaje de Colman desdeña toda interacción humana, fabricándose un marido a medida que todas (y todos) quieren en su vida hasta un punto enfermizo. ‘Wicker’ es un pequeño juguete, pero que esconde dentro muchísimas más capas de lo que cualquiera podría esperar a primera vista.

Aunque la cinta ponga la historia de amor apasionado en primer plano, realmente va mucho más allá, centrándose en los secretos más hondos del ser humano, esos que nos llevan a ansiar lo prohibido, a creer lo imposible, a tener celos sin fundamento, a juzgar al diferente, a hacer el mal por pura envidia. ‘Wicker’ no teme terminar con una moraleja, porque toda la cinta en sí misma es un cuento con estructura clásica. Eso sí, se trata de una moraleja cruel, gótica y retorcida, como si se tratara de un final de ‘La dimensión desconocida’ o una historia de ‘Creepy’. Lo que merece una película que en ningún momento teme hacer alarde de personalidad propia.

Al alba era de mimbre, que se dobla antes que partirse

Pero si hay una palabra para definir ‘Wicker’, esa es, sin duda, cachonda. En sus dos definiciones, además. Por un lado la jocosa, haciendo gala de un humor propio elegante y de sonrisa de medio lado (ojo al sonido de la erección de Alexander Skarsgård, yo le daría el Óscar ya mismo a quien se haya encargado), pero dejando claro en todo momento la perfecta consciencia del tipo de historia que está contando. 

Por otro, la lúbrica: es una película eminentemente sexual, que celebra el deseo, el placer y el contacto físico, aunque sea artificial. Y, francamente, es un gusto ver en pantalla cuerpos recostados y diversos disfrutando del sexo, camas rotas y palabras bonitas posteriores… pero sin llegar nunca a lo explícito, lo grosero o lo, directamente, guarro. 

Esta reivindicación del orgasmo tenía que venir acompañado no solo de una crítica explícita al patriarcado más rancio (ese que, por suerte, podemos considerar prácticamente desaparecido), sino también a lo que socialmente se espera de una pareja clásica, destruyendo poco a poco la fachada para quedarse con la verdad: los fetiches, el deseo, el amor, la ñoñez a pesar de todo, las lágrimas. Si tiene que venir un hombre de mimbre a descubrirnos la libido, que así sea.

Es cierto que ‘Wicker’ se pierde un poco después de su fabuloso primer acto, pero en ningún momento deja de ser divertida, encantadora y cálida: es una película otoñal maravillosa, trabajada con delicadeza y difícil de olvidar precisamente porque baila a su propio son. En lugar de tratar de copiar otras comedias románticas o de seguir los designios algorítmicos de películas que ya han tenido éxito, la cinta de Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson (pareja sentimental y artística al mismo tiempo) escribe su propio camino sin temor a equivocarse. 

Es la valentía propia de quien cae el vacío sin paracaídas esperando caer de pie y se acuesta con un hombre de mimbre esperando no encontrar astillas: un acto loco en el cine actual que merece, y mucho, nuestra atención. Procurda no negársela.

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