
La película de Daniel Monzón está basada en hechos reales transcurridos durante la existencia del Patronato de Protección a la Mujer
Hay episodios de la historia reciente de España que durante décadas permanecieron prácticamente ocultos, incluso para buena parte de las personas que vivieron aquella época. Uno de ellos es el del Patronato de Protección a la Mujer, una institución creada durante la dictadura franquista que se encargó de vigilar, recluir y someter a miles de mujeres jóvenes bajo la excusa de protegerlas de la inmoralidad.
Y esa es la realidad que recupera 'Ruega por nosotras', la nueva película de Daniel Monzón (‘Celda 211’), que se estrena hoy en cines con Zoe Bonafonte y Manuela Calle al frente del reparto.
La terrible historia real que hay detrás
Ambientada en 1974, la película sigue a dos chicas que terminan internadas en un reformatorio religioso y descubren que su mayor apoyo está en la amistad que construyen entre aquellos muros. Aunque sus protagonistas no están basadas en personas reales como tal, la historia está inspirada en los testimonios de mujeres que sufrieron los abusos de esta institución.
El Patronato de Protección a la Mujer fue recuperado por el régimen franquista en 1941, aunque tenía antecedentes institucionales anteriores. Su objetivo oficial era proteger a las mujeres jóvenes de la prostitución y de lo que las autoridades consideraban conductas inmorales. Pero, en la práctica, se convirtió en un instrumento de represión y control sobre la vida privada, la sexualidad y el comportamiento de las mujeres.
Bastaba con que una adolescente fuera considerada demasiado rebelde, saliera de casa sin permiso, tuviera relaciones sentimentales que su familia desaprobaba o se apartara de los valores del nacionalcatolicismo para que pudiera acabar bajo la vigilancia del Patronato. Las denuncias podían proceder de familiares, vecinos, profesores o autoridades, y muchas jóvenes fueron internadas sin haber cometido ningún delito ni contar con una resolución judicial.
La institución estaba presidida por Carmen Polo, esposa de Francisco Franco, y contaba con una extensa red de reformatorios, colegios y hogares repartidos por España, muchos de ellos gestionados por congregaciones religiosas. Las jóvenes, en su mayoría de entre 16 y 21 años, eran sometidas a una disciplina extremadamente estricta. La vigilancia constante, los rezos obligatorios, los trabajos forzados, las humillaciones y los castigos físicos y psicológicos formaban parte de su día a día.
Algunas eran separadas de sus familias y trasladadas a centros lejos de sus lugares de origen. Incluso existían procedimientos para clasificarlas según su virginidad, con categorías que determinaban el tipo de institución a la que eran enviadas. El propósito era doblegar su personalidad, hacerles sentir culpables y conseguir que aceptaran sin cuestionamientos el modelo de mujer obediente y sumisa que defendía la dictadura.
Lo más sorprendente de esta historia es que el Patronato no desapareció con la muerte de Franco en 1975. La institución continuó funcionando durante la Transición y no fue suprimida formalmente hasta 1985, ya en democracia. Durante esos años empezaron a hacerse públicas denuncias sobre las condiciones de los reformatorios y los abusos cometidos contra las internas. Sin embargo, muchas de las supervivientes tardaron décadas en contar lo que habían vivido, en parte por la vergüenza, el estigma y las consecuencias psicológicas de aquella experiencia.
Precisamente, el descubrimiento de esta realidad fue lo que llevó a Daniel Monzón a poner en marcha el proyecto. El cineasta conoció la historia del Patronato a través de un artículo y quedó profundamente impactado por algo que desconocía. A partir de ahí, junto al guionista Jorge Guerricaechevarría, comenzó una investigación que incluyó documentos de archivo, tesis doctorales, libros, documentales y numerosos testimonios de mujeres que habían pasado por aquellos centros.
El resultado es una ficción ambientada en 1974 que sigue a Ana, una joven barcelonesa de 19 años cuya familia decide internarla después de considerarla una chica rebelde. Allí conoce a Sole, una muchacha de origen humilde con la que establece una amistad que se convierte en su principal refugio.
Monzón ha querido abordar aquellos acontecimientos sin convertir el sufrimiento de las supervivientes en un espectáculo de atrocidades. Durante la investigación descubrió prácticas especialmente crueles, desde castigos físicos hasta humillaciones diseñadas para destruir psicológicamente a las internas, pero decidió que la película se centrara también en la dignidad y la solidaridad entre aquellas mujeres.
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