Aunque sigue sin ser una experiencia sencilla
Pasados más de ochenta años desde el genocidio nazi, algunas películas adquieren una relevancia aún mayor para nuestra memoria histórica. Es lo que me ha ocurrido viendo 'Shoah', el monumental documental de Claude Lanzmann, que sigue siendo una experiencia difícil de describir, con más de nueve horas de testimonios que nos obligarnos a mirar de frente aquello que como sociedad tendemos a encapsular en los libros de historia.
Es normal acabar con la sensación de haber asistido a algo que desborda cualquier categoría de cine, periodismo o documento histórico. Y por eso mismo, se agradece que Filmin facilite su visionado dividiendo las nueve horas en capítulos, haciendo algo más accesible enfrentarse a una obra que, precisamente por su duración y su densidad emocional, muchos posponen durante años. Porque verla hoy -cuando el negacionismo y la banalización del horror vuelven a asomarse- es casi un deber moral, para no olvidar.
Un torrente de palabras y silencio
El documental construye su relato a partir de una paradoja. Hablan y hablan, y sin embargo, al terminar, la sensación que queda es de un silencio ensordecedor. Lanzmann alterna los rostros de quienes estuvieron allí con imágenes tranquilas de los lugares donde ocurrió la barbarie, mostrando campos, vías de tren y pueblos que hoy parecen inofensivos, pero que esconden bajo su calma fosas comunes. Esa combinación hace que el horror no se muestre como un espectáculo y el espectador entiende que bajo la quietud actual late la violencia de lo que ocurrió. Es precisamente ese contraste entre la normalidad del paisaje y el peso de lo que se cuenta lo que convierte la experiencia en algo difícil de asimilar.
El método del director es incómodo porque no permite atajos emocionales. Él mismo se deja ver como un interrogador paciente que, en lugar de formular grandes preguntas abstractas o mostrar imágenes de archivo, insiste en que se narren detalles concretos. Cuando habla con Abraham Bomba, el barbero obligado a cortar el pelo a mujeres judías antes de que fueran asesinadas, no plantea grandes discursos morales y cuando el propio Bomba suplica parar, Lanzmann insiste, recordándole que aunque el testimonio sea doloroso, también es necesario, antes de que desaparezcan aquellos testimonios de lo ocurrido.
La película no se limita a escuchar a las víctimas y supervivientes, también recoge la voz de los que formaron parte de la maquinaria del exterminio. Lanzmann recurre incluso a cámaras ocultas para grabar a antiguos oficiales nazis, y llega a prometer confidencialidad a alguno de ellos para obtener su testimonio en un procedimiento éticamente cuestionable que recoge el testimonio de hombres mayores que explican con naturalidad cómo se organizaba un campo de exterminio, cómo se programaban trenes o cómo funcionaba la logística. La película muestra así cómo la suma de tareas aparentemente menores puede desembocar en un crimen masivo sin que nadie parezca directamente responsable.
Lejos de ofrecer un relato cronológico de la "Solución Final", el documental adopta una estructura fragmentaria, casi poética, que va saltando entre supervivientes, verdugos y testigos circunstanciales. Entre esos rostros, Lanzmann intercala planos de vías de tren, locomotoras de vapor y edificios abandonados, creando un ritmo que no busca informar de manera eficiente, sino dejar espacio para que el espectador piense y digiera. La película no es lenta, pero sí exige tiempo de reflexión, porque sin necesidad de mostrar imágenes de aquello, se acaban quedando grabadas en la memoria con fuerza.
Uno de los momentos más devastadores llega con el testimonio de Filip Müller, asignado a trabajar en las cámaras de gas de Auschwitz. A través de su relato, el espectador deja de mirar el horror desde fuera y entra mentalmente en ese espacio: Müller describe cómo el gas subía desde el suelo, cómo los más fuertes intentaban trepar buscando aire, y cómo los niños y los ancianos quedaban abajo. El valor de ese testimonio no está en el detalle morboso, sino en el cambio de perspectiva, porque ya no observamos el Holocausto como un hecho externo, sino como una experiencia que nos interpela.
Al final, como cierre emocional del documental, Müller cuenta que, un día, algunas víctimas comenzaron a cantar “El Hatikvah” y el himno checo dentro de la cámara de gas. En ese momento, él mismo decidió morir con ellas, convencido de que su vida había perdido sentido. Pero algunas mujeres lo reconocieron y le dijeron que su muerte no serviría para devolverles la vida, y que debía salir de allí vivo para "dar testimonio del sufrimiento y de la injusticia que se está cometiendo".
Ahí se condensa el sentido del filme: no es solo un documento sobre el pasado, sino un ejercicio de memoria. Varias décadas décadas después, ese ejercicio sigue vigente, porque sigue haciendo falta recordar de dónde venimos. Especialmente cuando vemos que la historia empieza a rimar tan descaradamente.
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