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Lanzmann y la memoria

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Claude Lanzmann no es la clase de cineasta al que se mencione con frecuencia, más allá de los circuitos de festivales y de los interesados en el cine documental y en el cine de arte y ensayo. Uno no se sorprende: en estos tiempos, uno de los principios que rigen a productores, distribuidores y espectadores es rendir culto y respeto a las fuerzas del comercio. ¡Qué pinta un francés con un intachable historial (moral, político, intelectual) en estas lides! Pues casi nada. Le lièvre de Patagonie ha sido publicada ahora en castellano, por Seix Barral, y es una gran noticia para descubrir tanto el libro como la obra de un cineasta demasiado olvidado y demasiado importante para nuestra historia reciente. Nadie como él ha tratado el Holocausto y suya es la obra definitiva.

El libro es un relato lleno de drama y huidas. Lanzmann luchó en la resistencia francesa y también tuvo que huir del comunismo. Lanzmann, además, estuvo en Los tiempos modernos, esa revista francesa e insolente que fundaron Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. La misma Beauvoir le dedicaría una de sus novelas tardías y Lanzmann pasaría con prontitud a dirigir la revista. Pero también se nos cuenta el nacimiento de un cineasta, de una mirada demasiado importante e insobornable como para ser ignorada todavía.

Su primer documental fue 'Pourqoi Israel' (id, 1974) una cinta en la que adelantaba mucho de sus temas y que fue polémica por su tratamiento, aparentemente sionista, del país recién fundado. Pero las acusaciones me parecen forzadas o al menos un poco descontextualizadas: la historia de Lanzmann es la de los residentes de un país apenas reciente, es la historia de los emigrados, no es tanto la glorificación de la tierra, como la prueba de que sus habitanes son fruto de una diáspora más bien trágica.

Su siguiente proyecto le tomaría más de una década. Es el que mejor aparece retratado en este libro de memorias, aquí titulado La liebre de la patagonia. Es un proyecto arriesgado, uno que necesitó no ya financiación sino un gran recuento de testigos que no querían aparecer. Pero sobre todo es fruto de su visión del mundo, de su experiencia, es fruto de una educación en la que supo sacar lo mejor de un panorama intelectual dominado por el existencialismo en el que el lenguaje y las cosas tenían una importancia crucial, en el que la política era algo más que una mera opción política.

La lección que nos deja Lanzmann es profundamente moral, la misma que aparece en el libro Explaining Evil: The Search of Origins of His Evil. El periodista Rosenbaum se pregunta por qué Hitler era malo. Y Lanzmann responde que las razones no importan. Pues claro que no importan, porque las razones, la misma conversión de Hitler en algo que se parezca a un melodrama o a una versión, no es que nos incomoda, como sostienen algunos relativistas, es que no quita la única verdad fundamental del ser humano. A parecida conclusión llega Slavoj Zizek en Violencia, cuando asegura que todas las memorias de descendientes de los más sádicos torturadores del Gulag hacían un dibujo humano de la persona y atribuían, por supuesto, las grandes responsabilidades a otro. Las razones carecen de importancia porque somos nuestros actos y los hechos no necesitan otra cosa más para Hitler: es responsable del genocidio judío y sus datos biográficos, por curiosos que nos parezcan, no explican realmente nada.

Eso hace en Shoah (id, 1984), Lanzmann por cierto. No aparece ni una sola imagen del horror, nada de las imágenes de archivo documental disponibles. Lanzmann escoge los testimonios. Escoge la voz. Decide así rodar en localización, en el riguroso directo, con los paisajes ya en ruinas. Identifica a sus testigos. Los neutrales, las víctimas y los perpetradores. Todos hablan. Cuentan la historia de un mundo y de un horror. Esta obra maestra absoluta demuestra las posibilidades del cine para acumular memoria, para hacer justicia con ella, una vez que sale a la luz. Es un proyecto titánico que sugiere una idea artística demasiado elevada, pero es una experiencia sobrecogedoras, más de nueve horas, que todo el mundo debe ver para conocer las voces que sobrevivieron a Treblinka y Auschwitz sin que medie la espectacularización del cine. Porque ver la obra magna de Lanzmann es también aprender a ver con una exigencia estética e intelectual el mundo y una manera legítima de representar el Horror. Acaso la única.

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