Venecia 2019: 'Historia de un matrimonio' revela el drama más sofisticado y emocional de Noah Baumbach

Como saben sus seguidores, las películas que le salen a Noah Baumbach tienen algunas marcadas señas de identidad que, dependiendo de su uso, pueden acabar jugando a su favor o en su contra. Le pasa, por ejemplo, cuando corta una toma con situaciones aun desarrollándose para saltar repentinamente a otra situación in media res, lo que provoca una esquizofrenia acerca del tono de lo que estamos viendo. Le ocurre lo mismo en las reuniones de personajes que se apresuran a escupir diálogos asincopados, desplegando una screwball que termina por ponernos la cabeza como un tambor. Ídem para sus fugas musicales, cantadas o bailadas, siempre tanteando lo cursi y que potencian la melancolía de las imágenes.

Estas señas han dado pie a que la de Baumbach sea una filmografía bastante irregular, pero, a diferencia de lo ocurrido en sus dos anteriores trabajos, 'The Meyerowitz Stories' y 'Mistress America', en 'Historia de un matrimonio' todos estos tics logran ejecutarse a la perfección. Es más, diríamos que es la ocasión en la que más redondos le han quedado, porque con esta historia sobre un proceso de divorcio en apariencia corriente logra alcanzar cotas de hondura emocional y sofisticación dramática que no le habíamos visto antes. No sabemos qué ha sido, si contar con enormes intérpretes, si esa intención que se entrevé de salirse de su habitual ligereza hacia algo más serio. Tal vez lo bien tirado que está el tema, partiendo de las experiencias personales del matrimonio que mantuvo el director con la actriz Jennifer Jason Leigh. Un cúmulo de benditas casualidades, probablemente.

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Lo que nos quedan son dos horas y cuarto de Broadway y tragicomedia woodyallenesca, Escenas de matrimonio y Stephen Sondheim. Se combina la intención de tocar la fibra sensible de la platea con la inteligencia de contar una aventura tan compleja y dolorosa como lo que son muchos divorcios a día de hoy, no tanto una brutal batalla entre enemigos de reciente declaración como un proceso de distanciamiento entre dos personas que de alguna forma se siguen amando, como siempre lo harán en cierto modo, pero cuyas circunstancias han cambiado para revelar que necesitan espacios distintos en los que seguir construyéndose como sujetos. No toda ruptura genera páramos postnucleares entre dos personas, más aun si entre medias hay algún hijo.

Un vaivén

El marrón (llamémoslo así) brota, cambia, nos enfada, nos ennoblece, se deshincha, vuelve, cambia otra vez. Es todo un vaivén, un baile incluso. La ponzoña es una presencia física que se va moviendo también en los escenarios en los que se mueven Nicole y Charlie, Scarlett Johansson y Adam Driver, y así lo deja clara una realización que se acerca y aleja de sus personajes casi como si la cámara misma fuese el brazo ejecutor de la palabra envenenada, aunque también de los ungüentos cómicos, que los hay y muchos (Laura Dern, además de ser el marchamo hollywoodiense actual del feminismo capitalista, también es una garantía de hilaridad).

Los futuros ex cónyuges no sólo discuten cuestiones prácticas de la vida, sino qué quieren y en qué grado es cada uno víctima del otro, expresada como pérdidas y ganancias en el plano legal, pero este trabajo activo de desunión es también una batalla por saber quién tiene el derecho a grabar para la posteridad la narrativa oficial de qué fue, en qué consistió su matrimonio. Todo estallará en mil pedazos de la forma más catárquica, por supuesto (Adam Driver y Scarlett Johansson bien merecen alguna estatuilla), pero casi más hondo se siente el puñal de saber que, como bien nos muestra la vida, todo se superará.

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