'Euphoria' ya no es lo que era y es una pena. Empezó siendo una propuesta distinta dentro del drama adolescente y se ha ido perdiendo entre sus propios excesos

Ha sido una caída en picado

Belén Prieto

Editora

Recuerdo que cuando se estrenó, 'Euphoria' llegó como una de esas series que todo el mundo comentaba. Empezó siendo muy impactante a nivel visual, incómoda a ratos y te dejaba con la sensación de estar viendo algo distinto dentro del drama adolescente

Durante su primera temporada, funcionaba precisamente por saber encontrar ese equilibrio entre la crudeza y el impacto visual, con Rue Bennett como eje y una Zendaya capaz de sostener el peso de la serie sobre sus hombros. Pero con el paso del tiempo, esa intensidad empezó a volverse en su contra. Lo que antes parecía arriesgado empezó a ser excesivo, y lo que enganchaba terminó generando rechazo. Y ha llegado un momento en el que la serie parece haber perdido el rumbo.

Decir adiós a tiempo

Creo que uno de los primeros momentos en los que la serie empezó a perder el control de sí misma llegó con la trama entre Nate Jacobs y Tyler, que ya dejaba entrever problemas serios de coherencia. Nate agrede brutalmente a un chico y lo manipula para que cargue con las consecuencias y la serie prácticamente pasa página. Sin que se investigue ni nadie cuestione nada. Es el tipo de giro que rompe con la credibilidad y del que la serie nunca se ha recuperado del todo.

Además, por si fuera poco, la segunda temporada no solo no corrigió estos problemas, sino que los amplificó. 'Euphoria' siguió combinando momentos muy potentes con decisiones narrativas cada vez más absurdas. Y eso acabó generando una sensación extraña de saber que hay algo bueno ahí, pero sin ser capaces de tomárnosla en serio.

Un ejemplo claro es el episodio 'Quédate quieta como un colibrí' ('Stand Still Like a Hummingbird'). Es brillante en lo emocional y le valió otro Emmy a Zendaya, pero incluso ahí la serie tropieza. Rue pierde una maleta llena de drogas de una traficante peligrosa y, aun así, consigue escapar sin sufrir consecuencias.

A todo esto se le se suman excesos cada vez más difíciles de ignorar, desde una obra de teatro escolar con un despliegue digno de Broadway hasta tramas que parecen diseñadas solo para impactar. El problema no es el drama, es que cuesta creérselo.

Y parte de esta deriva también se le ha atribuido a su creador, Sam Levinson. Su decisión de prescindir de una sala de guionistas y apostar por un enfoque más personal ha sido muy comentada. Y esto se percibe en pantalla, porque la serie parece moverse más por impulsos que por una construcción sólida.

De cara a la tercera temporada, algunas tramas tienen pendiente encontrar un cierre y otras, directamente, parecen imposibles de reconducir. Porque el problema de 'Euphoria' no es solo hacia dónde va, sino todo lo que ha dejado atrás por el camino. Y ahí es donde se entiende mejor esa sensación cada vez más extendida: que empezó siendo una cosa… y ha terminado perdiendo el norte. Aunque parece que, por suerte, el viaje terminará a tiempo con esta última entrega.

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