Mucho más que Nicolas Cage pasado de rosca: 'Renfield' es un encantador jolgorio de serie B con un corazón enorme y a prueba de estacas

'Renfield' es una lección de cómo se retuerce un mito.

Desde que George Méliès lo introdujese por primera vez en el mundo del cine con su cortometraje 'Le manoir du diable', el mito del vampiro ha sido explotado en la gran pantalla con infinidad de formas. Estas van desde el terrorífico 'Nosferatu' de Murnau al romántico 'Drácula' de Coppola, pasando por los macarras 'Vampiros' de John Carpenter, la pareja hipster de 'Sólo los amantes sobreviven', la tronchante tropa de 'Lo que hacemos en las sombras' e, incluso, las aberraciones brillantes de la saga 'Crespúsculo'.

Como se puede intuir leyendo este breve compendio, la lista de tonos y géneros con los que ya se han abordado a los chupasangres es prácticamente infinita, y en un mundo en el que todo está inventado, lo único que queda es introducir ingredientes preexistentes en una coctelera y rezar para que el resultado no termine reducido al enésimo pastiche sin alma cargado de tópicos.

Por suerte, la divertidísima 'Renfield' ha jugado sus cartas a la perfección al abrazar los tropos del subgénero y retorcerlos hasta moldear una comedia de acción en clave fantástica y con espíritu de serie B intachable. Un jolgorio al que acudes por ver a Nicolas Cage desatado, por su violencia explícita y por su humor pasado de vueltas, y en el que te quedas por unos personajes entrañables a los que, sin esperarlo, acabas adorando.

Ven por la acción y el gore. Quédate por los personajes.

Aunque no estemos hablando, bajo ningún concepto, de cine de autor, no cabe duda de que 'Renfield' es una película hija de su tándem de guionista principal y director; algo que se refleja en primera instancia en un Robert Kirkman —creador de joyas como 'Invencible', 'Los muertos vivientes' o 'Outcast'— que ha impregnado de esencia comiquera a una producción más próxima a la historieta superheróica que al terror basado en la leyenda de Vlad Tepes.

El otro factor en la ecuación es el realizador Chris Mckay, que ha logrado proyectar la agilidad y comicidad de su trabajo en 'Batman: La LEGO película' y, lo que es más determinante, la mala baba y el peculiar sentido del humor de 'Robot Chicken', la serie animada de Seth Green en la que dirigió 59 episodios y que se hermana con 'Renfield' en su modo de pervertir materiales de referencia.

Esta combinación de talentos se traduce en un largometraje que parece no tener más intención que la de entretener con su repertorio de salvajadas, su sangriento festival de gore, sus solventes escenas de acción —no tan refinadas como las de 'John Wick' pero sí muy efectivas— y una narrativa sorprendentemente precisa y concisa que exprime la voz en off y su fantástico montaje para llevar en volandas el relato.

Pero, entre pilas de cadáveres, carcajadas cómplices y una buena dosis de escapismo de calidad, 'Renfield' alcanza un nuevo nivel gracias a un elemento inesperado: un corazón gigantesco y a prueba de estacas canalizado por su encantador dúo protagonista. Una pareja compuesta por Nicholas Hoult y una Awkwafina que roba todos los focos de la función y consigue eclipsar a un Nic Cage desatado y pasándolo en grande como la versión desquiciada del Drácula de Bela Lugosi.

De este modo, lo que se antojaba como un simple pasatiempo para disfrutar entre colegas un sábado noche, termina cautivando con su colección de gente rota, su ácida —y lúcida— radiografía de las relaciones tóxicas y con una refrescante autoconsciencia que invita a soñar en una industria que dé más prioridad a este tipo de proyectos en medio de un desierto plagado de franquicias  aún más desalmadas que el conde transilvano.

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