Prohibiciones, boicots y escándalos: el hombre más poderoso de EE.UU. quiso destruir una de las mejores películas de la historia… y casi lo logra

Welles y Mankiewicz: dos tipos con muchas luces y alguna sombra

Editor

El mundo del séptimo arte está plagado de historias que superan con creces lo que vemos proyectado en la pantalla grande. A veces, las rencillas personales y el orgullo herido de quienes ostentan el control fuera de los sets de rodaje son capaces de poner en jaque obras que, con el tiempo, terminan convirtiéndose en pilares fundamentales de la cultura moderna.

Corría el año 1941 cuando un joven y descarado Orson Welles decidió que su primera incursión en el cine no iba a ser precisamente discreta. El chaval, que ya venía de liar una buena con su locución radiofónica de 'La guerra de los mundos', se lió la manta a la cabeza y rodó 'Ciudadano Kane'. El problema es que la película no era una ficción cualquiera, sino un retrato a mala leche de William Randolph Hearst, el magnate de la prensa más influyente de Estados Unidos.

Hearst, que no tenía ni un pelo de tonto, se vio retratado en el personaje de Charles Foster Kane y no le hizo ni pizca de gracia que se airearan sus trapos sucios, su megalomanía o su relación con la actriz Marion Davies.

A partir de ahí, Hearst sacó toda la artillería pesada para hundir la película antes de que viera la luz. El magnate utilizó su imperio mediático para lanzar una campaña de desprestigio brutal contra Welles, llegando incluso a prohibir que sus periódicos mencionaran cualquier cosa relacionada con el estreno. 

Una campaña de acoso y derribo en toda regla

La cosa se puso tan fea que Hearst intentó comprar los negativos de la cinta a la productora RKO por una pasta gansa solo para quemarlos y que nadie pudiera ver el resultado final. Fue un auténtico acoso y derribo que buscaba asfixiar económicamente a los responsables y meterles el miedo en el cuerpo a los exhibidores para que no se atrevieran a proyectarla en sus salas.

A pesar de que Hearst casi se sale con la suya y logró que la película fuera un pinchazo comercial en su momento, el talento de Welles y la mala uva del guionista Herman J. Mankiewicz terminaron por imponerse. 

La crítica se quedó de piedra ante la innovación técnica y la profundidad de la historia, aunque en la gala de los Oscar de aquel año el ambiente estaba tan caldeado que el público abucheaba cada vez que se mencionaba el nombre del filme. 

Al final, el tiempo puso a cada uno en su sitio y lo que Hearst quiso enterrar bajo una montaña de censura y malas artes acabó siendo encumbrada como la mejor película de todos los tiempos, dejando al todopoderoso magnate como el villano de una función que no pudo controlar.

Foto de LiveAbout

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