Alfred Hitchcock: 'El hombre que sabía demasiado', el remake

‘El hombre que sabía demasiado’ (‘The Man Who Knew Too Much’, Alfred Hitchcock, 1955) es el único remake en la carrera del director británico, en una época en la que los remakes eran tan habituales como hoy día. El propio realizador expresó su idea de realizar una nueva versión de una de sus películas inglesas, y llegó a la conclusión de que debía ser ‘El hombre que sabía demasiado’ (‘The Man Who Keww Too Much’, 1934), que fue uno de sus grandes éxitos y contaba con una impecable composición de Peter Lorre como villano.

Una vez más John Michael Hayes, habitual colaborador de Hitchcock en aquellos años, escribe el guión a partir del tratamiento de Angus MacPhail, quien no aparece acreditado. Hitchcock quiso presentar a ambos en los créditos provocando el enfado de Hayes que pidió a la WGA que se decantara, siendo Hayes el que permanecería en los créditos. Dicha anécdota provocó que el director no volviese a contar con el escritor para uno de sus guiones.

A pesar de que son películas que parten de la misma premisa —las aventuras de un matrimonio para rescatar a su hijo de una red de espías que planean un atentado—, ciertamente se desvían en intenciones y resultados, siendo ambas grandes películas. Pero tal y como Hitchcock le expresó a François Truffaut en su famosa entrevista la primera versión es la obra de un principiante con talento, y la segunda la de un profesional.

Qué será, será

‘El hombre que sabía demasiado’ da comienzo en Marruecos, donde el matrimonio formado por el Dr. Benjamin (James Stewart) y Josephine —Doris Day en un papel que era en principio para Grace Kelly, pero su retirada del séptimo arte dejó a Hitchcock sin una de sus musas— pasan unas vacaciones para encontrarse de forma súbita con un misterioso hombre, Bernard, que es asesinado y antes de morir avisa a Benjamin que un alto mandatario será asesinado en Londres.

A dicho instante, filmado en Marruecos, donde se desarrollan secuencias como la del restaurante, que fue improvisada por Stewart y el director, y en el que tuvieron algunos problemas de filmación, sigue el secuestro del hijo de ambos, verdadero punto de inflexión en la historia, y que les llevará a un juego peligroso de persecución que alcanza sus dos puntos más álgidos en las secuencias del Albert Hall y el clímax final, en el que el tema central del film —‘Whatever Will Be, Will Be (Que Sera, Sera)’, que se convirtió en una espectacular hit, apareciendo en un par de películas más con Doris Day—.

‘El hombre que sabía demasiado’ da inicio de forma muy ligera, dando la sensación de encontrarnos ante un film de corte familiar. El viejo zorro de Hitchcok jugó con la imagen que muchos tenían de una actriz como Doris Day, acostumbrados a musicales y comedias. Más tarde el director británico empieza a presentar sus cartas, el corte familiar va dando al drama y a partir de ahí un suspense, medido casi con la precisión de un reloj suizo. Day da un cambio que deja impresionado en el instante en el que Stewart debe comunicarle el secuestro de su hijo. Todo ello después del momento de gran tensión al teléfono en el que una simple guía telefónica y unos dedos marcan el nivel de nerviosismo.

Whatever will be, will be

Pero además de ofrecer a un Day absolutamente entregada a su personaje, con cambio de registro, Hitchcock convierte el tema central en todo un elemento narrativo de envergadura, al hacerlo sonar hasta tres veces en la película, y con muy diferentes intenciones. El montaje de planos yendo desde el piano al que está Day hasta la habitación de su hijo es un prodigio de ritmo —acompañando al tema—, y de síntesis de medios para alcanzar un logro mayúsculo. Al igual que en la impresionante secuencia en el Albert Hall —la más conocida del film, con Bernard Herrman como director de orquesta— Hitchcock desestima los diálogos.

‘El hombre que sabía demasiado’ es uno de los films más populares del maestro, prácticamente en el sentido más literal de la expresión. Un enorme blockbuster de la época que se convirtió en un gran éxito. Su apariencia de film fácil se resquebraja cuando Hitchcock hace gala del excepcional uso de la mentira cinematográfica por excelencia, esta vez con muy poco humor —sólo el desenlace al volver a casa donde están amigos esperando por el matrimonio— y sin un villano de categoría, como lo era Peter Lorre en la versión anterior.

Al cambio nos ofrece un juego con el público verdaderamente envidiable. Son varias las veces que sin darnos cuenta nos introduce en la película, ya sea con planos subjetivos en determinadas ocasiones, por ejemplo, el músico de los platillos, o al familiarizar al espectador con el punto exacto en el que se cometerá el asesinato, uno de los puntos más álgidos del relato. Decía el maestro que todo espectador que supiese leer música vería incrementada la tensión del momento. Y tenía razón, la diferencia es considerable.

El resto son unas estupendas interpretaciones de todo su reparto, con un James Stewart ya muy cómodo a las órdenes de un Hitchcock en plena madurez artística y a punto de entrar por la puerta grande.

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