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Alfred Hitchcock: 'Encadenados', el amor

Alfred Hitchcock: 'Encadenados', el amor
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Tras ‘Recuerda’ (‘Spellbound’, 1945) Alfred Hitchcock volvió a contar con Ingrid Bergman para su siguiente película, una de las cotas más altas alcanzadas en la carrera del director británico, ‘Encadenados’ (‘Notorious’, 1946), película sobre la que figuran algunas de las anécdotas más curiosas en la vida del maestro del suspense. Con Cary Grant intentando cambiar su imagen de galán de comedias, Hitchcock le dio la vuelta a la tortilla haciendo que la trama de misterio o suspense, en este caso una historia de espías, deviniese en historia de amor pura y dura en otro de esos juegos cinematográficos tan del gusto de su autor, y que para realizadores como François Truffaut, profundo conocedor de la obra de don Alfredo, ésta era su mejor película.

Tal afirmación no me sorprende lo más mínimo, sin duda estamos ante una de las obras maestras de su director, y que alguien como Truffaut diga que es su mejor película sin duda se debe a la imponente historia de amor, establecida como mortal juego de suspense donde el MacGuffin importa poco, como siempre, y lo importante es la relación entre los personajes. Lo que en principio iba a ser una producción de David O. Selznick acabó siendo una producción de Hitchcock, que juntándose con su amigo Ben Hectch, escribió un guión que les causó verdaderos dolores de cabeza durante un buen tiempo hasta estar completamente terminado. El resultado sigue dejando con la boca abierta 68 años después, que se dice pronto.

(From here to the end, Spoilers) Hetch y Hitchcock querían hacer una historia de espionaje y mientras pensaban en el MacGuffin tuvieron varias ideas que fueron desechando hasta llegar al uranio con el que los villanos fabricarían una bomba atómica. Todos pensaban que era una idea ridícula, faltaba poco para que Hiroshima demostrase que la realidad supera a la ficción, el momento en el que guionista y director trabajaban en el proyecto y que les llevó a entrevistarse con un científico que ante la cuestión del uranio les espetó que hacían preguntas muy peligrosas. Es más, Hitchcock aseguró años más tarde que el FBI le estuvo vigilando unos tres meses por hacer dichas investigaciones. Delirante y hasta divertido, casi como el argumento de una de sus películas.

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La historia sigue a Alicia Huberman (Bergman) que acaba de salir de un juicio en el que han condenado a su padre de ser un espía nazi al finalizar la Segunda Guerra Mundial, hecho que supone por un lado el mal trago de ver a su progenitor encarcelado, y por otro un alivio, pues nunca ha estado de acuerdo con sus ideas políticas. En una fiesta en la que beberá más de la cuenta —atención, el primer personaje femenino en la filmografía de Hitchcock que es prácticamente una alcohólica— conocerá a Devlin (Grant) —muy significativa la forma de presentar de espaldas al personaje, acorde con su personalidad—, por quien sentirá una fuerte atracción —dentro de la filmografía del británico ‘Encadenados’ contiene un buen número de detalles sexuales— para más tarde descubrir que es un agente federal que le propondrá la misión de su vida, destapar a un espía nazi refugiado en Brasil bajo la tapadera de una importante personalidad de la sociedad.

En su primer tercio el film avanza a la velocidad de vértigo pero en el que nada resulta apresurado. Hay que tener en cuenta que eran otros tiempos y el ritmo de las películas era distinto, más rápido, pero no por ello se dejaban cosas en el tintero. De hecho ‘Encadenados’, como otras obras de su director hace gala de un gran muestrario de personajes que entran y salen de escena, todos con algo que decir, y en el que el detalle del enamoramiento de los dos protagonistas se resuelve con una frase de diálogo en la que se nombran los ocho días que la pareja ha pasado allí. Una demostración de lo bien que resolvía Hitchcock algunas cuestiones en el guión, haciendo en este caso que nos creamos sin ningún lugar para la duda, el enamoramiento entre Alicia y Devlin, el cual se convertirá en el verdadero protagonista de la historia.

Resulta especialmente conmovedor la forma en la que el director va dilatando el tempo de su película, reduciendo por así decirlo el ritmo hasta concentrarlo en dos o tres secuencias antológicas en las que además de demostrar una envidiable mano para la tensión engrandece el sentimiento amoroso, desesperado por parte de Alicia, y largamente retrasado por parte de Devlin, quien reacciona mal ante el buen hacer de Alicia como espía al tener que compartir cama con el villano de la función, Alexander Sebastian, al que da vida un pletórico Claude Rains, eterno secundario que aquí logra el milagro de que le temamos y también le queramos. Un triángulo amoroso de terribles consecuencias que culminará con la famosa secuencia de las escaleras en el desenlace y en el que Hitchcock se corona dividiendo el mismo punto de vista en cuatro.

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Cary Grant, Ingrid Bergman y Alfred Hitchcock en un descanso del rodaje

‘Encadenados’ es la sublimación total y absoluta del denominado estilo Hitchcock y varias son las secuencias que lo demuestran. La de la fiesta, que empieza con un plano general desde lo alto de las escaleras hasta que, por medio de una grúa que tuvo que construirse especialmente para la ocasión, la cámara termina enfocando en primer plano una llave en la mano de Alicia, el objeto más importante en todo ese entorno y que llevará a la secuencia en las bodegas en las que unas botellas de vino juegan un importante papel. Las encadenadas del proceso de envenenamiento de Alicia una vez ésta es descubierta, por parte de Alexander y su dominante madre —Leopoldine Konstantin en su único papel en el cine estadounidense—, y en las que Hitchcock con un movimiento de cámara une la taza de café en la que hay veneno, la víctima, y los demás personajes, todo ello sin cortar plano. Y cómo ese instante previo al final, en el que Devlin se adentra en la mansión para saber de la mujer que ama sin remedio.

Y como ‘Encadenados’ es una gran historia de amor no podemos olvidarnos de la famosa secuencia del beso en el que Hitchcock se burló del código Hays que obligaba a que los besos en pantalla no durasen más de tres segundos. ¿Cómo lo resolvió? Sencillo, hizo que los actores se acercasen para besarse y se separasen para hablar, para acto seguido volver a besarse, así repetidas veces, consiguiendo una de las escenas más sensuales jamás filmadas, apoyada por la excelente química entre Bergman y Grant, marcando así lo que verdaderamente le importa al director, algo que no se repetiría hasta su celebrada ‘Vertigo’ (id, 1958). Con ese espectacular y largo beso concluimos.

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