
El actor hace el papel que mejor saber hacer, pero al final nada puede levantar este trasunto de 'No hay otra opción' a la americana
Glen Powell es la nueva superestrella de Hollywood, o eso es lo que nos están intentando hacer creer por decreto ley. Sí, tiene un innegable carisma y una sonrisa impecable, pero, definitivamente, su nombre no atrae a las masas por bien que elija sus proyectos. Es cierto que casi nadie fue a ver 'Top Gun Maverick' o 'Twisters' porque apareciese, pero ha sabido crearse un personaje propio con el que estar cómodamente encasillado. Un canalla bon vibant que representa a esa versión que el americano medio quiere creer que es y que vuelve a explotar con pasmosa eficiencia en 'Jugada maestra' ('How to make a killing') , un ejemplo más de que, ante el público general, Powell cumple, pero eso es todo.
Dame todo el Powell
El actor despliega en 'Jugada maestra' todo su abanico de encantos y carisma. La sonrisa amplia, la cara de despistado, el disfraz de hombre tierno, su faceta de antihéroe cómico... Powell da rienda suelta a todo lo que sabe hacer delante de la cámara, y funciona de manera estupenda. Tristemente, para no dañar su imagen, la película no se atreve a dar un necesario salto al vacío y se muestra vacía de personalidad, en un guirigay tan entretenido como absurdo que vuelve a girar en torno a uno de los tópicos favoritos de Hollywood en la última década: comerse a los ricos.
El "eat the rich" (del que en España tenemos nuestra propia versión acuñada por Miguel Maldonado, "A los ricos hay que matarlos a todos") es el núcleo de una película que parece orgullosa de, simplemente, plantar cara a los billonarios con su estilo de vida absurdamente lujoso. Eso sí, sin analizar las consecuencias de este modo de vida o plantearse nada más que los meros mimbres o la caricatura. Y, al final, el protagonista queda deslavazado, sin estructura interna, realizando actos ilógicos según lo requiera un guion divertido y genuinamente particular al que le faltan (o le sobran) un par de revisiones más.
Su estructura episódica no se marca en pantalla de manera explícita, pero resulta obvia: cada muerte es un nuevo capítulo que lleva al héroe a un lugar distinto, donde debe descubrir cómo cometer un nuevo asesinato inesperado. Es en estos momentos de comedia negra donde brilla por sí misma, pero son tan independientes unos de otros que podrían ser eliminados del metraje sin problemas. Parecen, de hecho, un mero estiramiento chicloso, tan agradable como insulso (por más que aprecie el running gag visual del entierro). Y esto no es lo que 'Jugada maestra', en el fondo, quiere ser.
Una herencia de muerte
Tampoco quiero llamar a engaño: 'Jugada maestra' es una película que no deja respiro y vive en continuo movimiento, especialmente gracias a un montaje espídico que no deja ni un minuto de descanso. Puede que lo que cuente no sea gran cosa y que el tramo final desafíe toda lógica interna, pero no puedo negar que pasé un buen rato gracias a que su director, John Patton Ford, no se toma nunca en serio lo que está contando: el resultado es liviano y olvidable, pero también encantador y carismático a su manera. No te causará grandes emociones, pero es un buen pasatiempo al que no se le puede pedir más.
'Jugada maestra' es una especie de 'No hay otra opción' para un público que no se atreve a salir de su zona de confort. Es infinitamente menos ácida y acertada que la cinta de Park Chan-Wook, claro, pero es lógico: al fin y al cabo, es Hollywood regurgitando lo aprendido por 'El triángulo de la tristeza', 'The white lotus', 'Parásitos', 'Saltburn' o 'El menú', pero licuándolo, blanqueándolo y pasándolo por la trituradora del cine popular. Es una simple imitación (con más o menos desgana) que pierde totalmente el sentido del género al no tener, realmente, nada que reivindicar más allá de eslóganes vacíos.
No me quedaría totalmente tranquilo, eso sí, sin subrayar el buen rato que pasé con 'Jugada maestra', pese a todos los defectos y pegas que se le puedan poner. Al final, un carisma made in Hollywood, los giros inesperados y un Glen Powell que vuelve a hacer su papel estrella hacen que en ningún momento vayas a mirar la hora o a desconcentrarte de lo que estás viendo. No pasará a la historia, pero te apaña una tarde tonta. A veces, uno no necesita más.
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