
Charli XCX busca cazar también el prestigio cinéfilo tras convertirse en un fenómeno cultural
El estrellato moderno persigue una ubicuidad que puede ser exasperante, aunque responde a un momento de atención fragmentada al extremo. Hay que maximizar el pelotazo, y no vale con sobresalir en una área. Hay que alcanzar las ventas y convertirlas en legítimas artísticamente a base de construir relato desde la propia propuesta y desde los gustos del artista.
Las pestañas principales de las redes sociales se vuelven entonces un maremagnum de vídeos en torno a una misma persona, con el vídeo que acaba de sacar para su canción, un clip de una entrevista graciosa en un late night, otro clip donde habla de sus películas favoritas. Todo en aras de exprimir un fenómeno que rápidamente pierde cualquier atisbo orgánico que pudiera tener. Es una situación tan abrumadora que incluso una película como ‘The Moment’ puede quedarse corta para retratarla.
Rentabilizar a toda costa
Charli XCX pone carpetazo al punto de inflexión más claro de su carrera, con el éxito del “brat summer” y de un disco que estuvo en todas partes, encargándole al cineasta Aidan Zamiri dirigir un guion escrito por ambos que satirice precisamente “su momento”. Con A24 estrenando en cines de Estados Unidos, la película nos ha llegado directamente a diferentes plataformas de alquiler.
En una versión ficticia de sí misma, Charlotte Aitchison tiene que lidiar de repente con el boom de su último disco, una marea verde que está dominando el vernao, y con la presión de discográfica y management por sacar provecho económico y hacer crecer esa bola de nieve. Todo esto trastoca los planes de hacer la próxima gira, donde toca lidiar con estas nuevas expectativas que chocan con la voluntad de mantener un discurso artístico íntegro.
Charli y Zamiri aprovechan el fenómeno real de la primera para intentar exagerar aún más la ya de por sí disparatada rutina que marca el mundo del espectáculo y de la cultura pop en 2026. De ahí que se lancen desde acuerdos con entidades bancarias y se monten shows tróspidos, al mismo tiempo que en otras oficinas tienen lugar conversaciones de despachos donde se intenta aparentar un respeto por la legitimidad del artista mientras se quiere sacar todo el dinero posible de su estrellato.
‘The Moment’ y quedarse corto al morder
Esto hipervitaminado con instantes de fiestas desenfrenadas, escapadas a islas españolas para desconectar del ruido digital y también muchos chistes de cocaína. ‘The Moment’ se vuelve a menudo como un intento de híbrido entre ‘Spinal Tap’ y el caos de la comedia de Robert Altman o lo alocado de Richard Lester, pero pasado por filtros de autotune y luces chillonas empleados tan deliberadamente como en los discos de Charli.
Es por ello que hay siempre una sensación de fabricación que impide realmente morder del todo a lo que se intenta parodiar, tan absurdo de por sí que a menudo ‘The Moment’ se queda corta. Tampoco le funciona especialmente el humor, a menudo especialmente irritante como queda representado en todo el personaje de Alexander Skarsgård. El manejo entre la confesión artística y el aparente cinismo no termina de fluir para que sea algo más que un artefacto de curiosidad alrededor de la estrella que domina ahora la conversación.
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