Cada fotograma podría estudiarse milimétricamente
Puede que el cine sea un medio dominado por la trama y los diálogos, y que la historia esté muy presente en lo que se dice, pero la imagen también forma parte del lenguaje cinematográfico. De hecho, aunque parezca redundante recordarlo, el cine, desde su propia etimología, es imagen en movimiento, y el director se expresa tanto -o más- en el encuadre, la luz, el color o la composición que a partir del guion.
El cine es mucho más que eso y un ejemplo perfecto que permite apreciarlo es 'El laberinto del fauno' de Guillermo del Toro, una obra que no solo cuenta una historia, sino que la escribe en cada plano, en cada contraste de luz, en cada elección de colores. Puede que hoy día siga siendo una obra maestra precisamente por eso.
Cortes de color y golpes de realidad
Ambientada en la España de 1944, la película alterna dos mundos: el brutal realismo de la posguerra, encarnado en el capitán Vidal, y el refugio fantástico de Ofelia, que busca en el laberinto una vía de escape a su dolor. Del Toro y el director de fotografía Guillermo Navarro traducen esa fractura emocional en un código de colores, donde las escenas más ligadas a la violencia del mundo adulto se tiñen de azules fríos, mientras que las secuencias que acompañan a Ofelia y a lo fantástico se bañan en dorados cálidos. No es un simple recurso estético, sino una manera de contar quién domina la escena, qué mundo estamos habitando y qué emoción debe imponerse. El color no solo acompaña a la historia, sino que ayuda a escribirla.
La película juega con cambios abruptos entre dorado y azul para subrayar el choque entre fantasía y realidad. Cuando Ofelia cumple su primera tarea y se arrastra por el interior fangoso de un árbol para enfrentarse al sapo, la escena sigue iluminada en dorado, como si incluso en la incomodidad la fantasía mantuviera su promesa de refugio. Pero al salir, el tono cambia de golpe al azul, porque ha caído la noche, ha terminado la aventura y vuelve el mundo real, con frío, suciedad y lluvia. El corte de color funciona casi como un despertar brusco de un sueño.
Pero el dorado y el azul no lo explican todo. Las apariciones del Fauno y las escenas nocturnas en el laberinto se tiñen también de verdes terrosos que conectan la magia con lo orgánico, con la tierra y el musgo de las ruinas. Pero ese verde también roza el azul, el color del mundo adulto. El Fauno resulta inquietante, ambiguo, casi siniestro, lo suficiente como para sembrar la duda de si está guiando o manipulando a Ofelia. Y la paleta sugiere que la fantasía no es necesariamente más segura que la realidad.
Y después, el final de la película condensa todo este lenguaje visual en un solo gesto: la transición del azul al estallido dorado del mundo subterráneo donde Ofelia renace como la princesa Moanna, para después volver al tono frío del mundo real. Es un vaivén cromático que resume que la fantasía puede ofrecer sentido y consuelo, pero no anula la brutalidad de la realidad. Eso es decir mucho sin palabras.
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