‘Los demonios’ sigue sin parecerse a ninguna otra película de época. La clave está a simple vista

Los Demonios 1971 Ken Russell

El increíble diseño de producción Derek Jarman nos ofrece sets inmensos e impresionantes que llevan más lejos la pesadilla religiosa de Ken Russell

Pedro Gallego

Editor

Películas como ‘La odisea’ (’The Odyssey’) o ‘La bola negra’ no están llenando la boca de lo impresionante que es ver un buen espectáculo en una sala de cine. Pero es posible que la mejor experiencia cinematográfica de este año la esté proporcionando una película de 1971. Restaurada y sin censura, ver ‘Los demonios’ de Ken Russell se ha convertido en un ritual obligatorio para la mayoría de aficionados al cine.

Su reestreno en alta calidad proporciona la oportunidad de ver con más pureza y más asombro que nunca la impresionante visión del cineasta británico de los brutales efectos del poder estatal y religioso contra el bastante imperfecto cura Urbain Grandier, al que da vida un increíble Oliver Reed. La persecución de la fortificada Loudun fue clave para la expansión de la insidiosa influencia del cardenal Richelieu en la Francia del siglo XVII.

Parte de lo que hace impactante este relato tan blasfemo sobre deseos, lujuria, violaciones y tortura está a simple vista. El increíble diseño de producción de Derek Jarman ofrece unos decorados inmensos que incrementan la sensación de Loudun como un fortín impenetrable y en cierto modo la claustrofobia que viven personajes como la monja de Vanessa Redgrave. Los escenarios contribuyen de maravilla a la narración, y también a mantener a ‘Los demonios’ como una película de época que no se parece a ninguna otra.

Gracias a la influencia victoriana y el revisionismo del presente, la mayoría de retratos cinematográficos del medievo o de la edad moderna parecen presentar muros decadentes, colores verdosos y tirando a lo mugriento, con el pueblo llano a menudo llevando ropajes llenos de barro. Todo esto iba mal para que se pudiera apreciar la sangre en la cámara, pero además Jarman, que era cineasta experimental además de hacer el diseño de producción de la película, tenía claro que ‘Los demonios’ no podía contar una historia de caída si ya todo lucía decadente.

En el libro ‘Raising Hell: Ken Russell and the Unmaking of ‘The Devils’, Jarman relató cómo insistió en muros que se vieran intactos y en crear grandes contrastes con el uso de los blancos y el negro. Las piedras de las paredes, los azulejos del monasterio, la tenebrosidad del interior de los templos. Él y Russell pusieron énfasis en realzar las dimensiones de todo, creando la sensación de que no se podía escapar de la pesadilla surrealista en la que iban a introducirse los personajes ni de la insidiosa influencia de burócratas y exorcistas foráneos.

La imponente inmensidad de ‘Los demonios’

La asepsia creada en los interrogatorios en el monasterio muestra la crueldad carente de humanidad con la que se cometían actos de tortura o violación. Jarman buscaba ese efecto, tal y como contó en una retrospectiva de Sight and Sound en 1997, tras leer en la documentación de la historia real como “el exorcismo de la hermana Jeanne fue equivalente a una violación en un baño público”.

Al mismo tiempo, el trabajo de los escenarios busca también una aproximación expresionista que evoca a Fritz Lang, y que ayuda a situar a ‘Los demonios’ fuera del tiempo. Detalles como las gafas del cura que practica los exorcismos recuerdan a la estética hippie, creando disonancias que contribuyen a la lógica febril que persigue Russell. Hay una inmensa cantidad de estimulos situados de manera muy imponente, de ahí que impacte de sobremanera ese final tan desolador que evoca la incertidumbre tras ser desprovisto de la libertad. Un arrebato vital y político todavía pertinente para el momento actual.

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