Alfred Hitchcock: 'Marnie, la ladrona'

Tras filmar ‘Psicosis’ (‘Psycho’, 1960) Alfred Hitchcock anunció que su próximo película sería la adaptación del libro de Winston Graham que terminaría siendo ‘Marnie, la ladrona’ (‘Marnie’, 1964), y que la misma estaría protagonizada por Grace Kelly, en lo que sería su regreso triunfal al gran cine. El anuncio creó una gran expectación y Hitchcock no cabía de felicidad en sí mismo, hasta que el príncipe Rainiero, alegando problemas en Mónaco, mostró su desacuerdo y todo quedó en nada.

El director británico, claramente decepcionado, abandonó el proyecto y se centró en el que sería su siguiente éxito, ‘Los pájaros’ (‘The Birds’, 1962). En dicho rodaje conoció a Tippi Hedren, de la que enseguida quedó prendado –su pasión por las rubias− y no tardó en ofrecerle a Hedren el papel que le inmortalizaría, el de la cleptómana y frígida Marnie, en una de las películas de su director consideradas menores durante mucho tiempo, y a la que el paso del tiempo creo que ha colocado en su justo lugar, al lado de las mayores.

Hitchccok siempre pensó que su película le había quedado a medias, no totalmente conseguida, que la pasión y deseo que el protagonista masculino –Sean Connery en un acierto absoluto de casting, después de que director y productores vieran algunas escenas del primer Bond de Terence Young− estaba tan conseguida como el mostrado por James Stewart en ‘Vértigo’ (‘Vertigo’, 1958). Sin embargo, creo que Hitchcock dio un paso muy coherente en su filmografía.

Un historia de deseo

Al igual que en sus dos obras anteriores, las relaciones maternofiliales tienen una poderosa presencia en el relato. Norman Bates, influenciado por su madre muerta, en ‘Psicosis’, o la extraña relación de dependencia por parte de la madre del personaje de Rod Taylor en ‘Los pájaros’. En ‘Marnie, la ladrona’ da una vuelta de tuerca más, y sin tratar de ser profundo en los aspectos psicoanalíticos, algo que muchos han visto como un defecto, Hitchcock vuelve a demostrar su dominio de la cámara, de la imagen, de forma apasionante, con rabia, en una historia de amor hacia la que prácticamente es obligada a ir la protagonista.

Porque después de un primer tramo de presentación de personajes –iniciado por la excelente secuencia de montaje paralelo de una mujer a la que nunca vemos la cara con la denuncia policial de un robo, de rasgos cómicos, los únicos de todo el film− y escenas de tensión máxima como la del robo –conseguida con una sencilla mezcla de planificación y uso del silencio−, viene un muy retorcido juego de seducción por parte de Mark (Connery) que encuentra muy atrayente a una cleptómana, detalle tan interesante como perturbador, definiendo al personaje masculino como un cazador.

Dicho juego tiene su clímax en una de las violaciones más elegantemente filmadas de toda la historia del cine, y que tiene lugar en el barco donde la pareja está pasando sus vacaciones, mientras ella intenta desaparecer de la vida de Mark, y él se siente más y más fascinado por una mujer con secretos de infancia –otro de los elementos característicos del cine de Hitchcock, los recuerdos, ergo, los sueños−, y cuyo encuentro con un hombre que no la va a juzgar a la ligera por su condición de ladrona, irá cambiando su estado de ánimo, hasta el punto de enfrentarse a sus miedos más ocultos.

‘Marnie, la ladrona’ supuso la última colaboración entre el maestro y uno de sus colaboradores habituales, el insigne Bernard Herrmann –el compositor por excelencia de música puramente cinematográfica−, quien viste adecuadamente muchos de los momentos del film. A destacar la estampida de Marnie a lomos del caballo que concluirá con una terrible decisión y que funciona a modo de alegoría: destruir lo que más se ama.

Robert Burks vuelve a bañar de luminosidad la obra de Hitchock, con decisiones tan efectivas, por sencillas, como el viraje de color cuando Marnie ve el color rojo. En el montaje George Tomasini, que fallecería ese mismo año, con instantes tan milimétricamente medidos como el del interrogatorio/terapia por parte de Mark a Marnie en el camarote del barco. Una vez más el lenguaje cinematográfico demostrando la vital importancia de la narración fílmica por encima de cualquier línea de diálogo.

La película parece concedernos un falso final feliz con ese plano de los niños jugando delante de la puerta del hogar materno de Marnie, enfocado el tiempo suficiente como para inquietarnos y dejarnos pensando. Otra de las obras maestras de su director, quien firmaría una de sus películas-isla más destacables. Al año siguiente, con los muy de moda Paul Newman y Julie Andrews comenzaría otra etapa en su filmografía.

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