'En mar abierto' enseña los dientes para ser una gran película de tiburones, pero lleva dentadura postiza y se queda en tierra de nadie

En mar abierto

Hay dos películas diferentes pegándose entre sí en el regreso al cine de tiburones de Renny Harlin

Mikel Zorrilla

Editor

Películas de tiburones hay una barbaridad de ellas, pero no hay ni una sola que se haya acercado a lo que consiguió Steven Spielberg con la extraordinaria 'Tiburón'. Son muchos los que han querido imitarle en mayor o menor medida, pero el resultado siempre era muy inferior.

Eso no quita que haya otras películas de tiburones bien disfrutables, y una de las primeras que siempre me viene a la mente es 'Deep Blue Sea'. La mezcla de un guion solvente con varias sorpresas, un buen reparto y un director detrás de las cámaras que sabía lo que hacía fueron fundamentales para ello.

Luces y sombras de 'En mar abierto'

Ese director al que aludía antes era Renny Harlin, un cineasta finlandés que tuvo una posición destacada en Hollywood durante los 90. El problema estaba en que sus años dorados hace mucho que quedaron atrás, por lo que la idea de volver al cine de tiburones con 'En mar abierto' me dejaba sensaciones encontradas. Al final lo positivo se impone por encima de lo negativo, pero justo es reconocer que se queda bastante lejos de 'Deep Blue Sea'.

Sobre el papel, 'En mar abierto' juega con ingredientes muy similares, pues en su reparto también hay varios actores son sobrado talento para brillar lo suficiente en una película de estas características, pues por ahí tenemos a Ben Kingsley y Aaron Eckhart, sin olvidarme de Angus Sampson, quien lleva años demostrando su solidez interpretativa en la nunca suficientemente reivindicada 'El abogado del Lincoln'.

El problema es que una cosa es lo que parece y otra lo que realmente ofrece Harlin en 'En mar abierto', llegando a dar la sensación por momentos de que hay ahí dos películas pegándose entre sí. Una es entretenida y bastante disfrutona, mientras que la otra tiene una carga dramática que parece sacada de un telefilm de quinta categoría.

Por un lado, se nota que Harlin disfruta planificando y ejecutando las escenas de acción, tanto todo lo relacionado con el accidente del avión como los ataques violentos de los tiburones a los supervivientes. Ahí la película tira de lo que todos esperaríamos de una película así, siendo especialmente evidente en el caso de Sampson, pero todo está resuelto de forma que engancha y deja claro que detrás de las cámaras no hay un cualquiera.

Sí es verdad que a Harlin le habría venir tener un presupuesto más holgado, ya que alguna que otra solución digital poco conseguida. Pero claro, los 40 millones dan para lo que dan si realmente quieres ir a por todas y no queda otra que tomar algún que otro pequeño atajo. Sin embargo, lo realmente molesto son algunos subrayados dramáticos con poco sentido.

Ahí entra en escena tanto la banda sonora de Fernando Velázquez, durante años el compositor habitual de Juan Antonio Bayona, como la aparente necesidad de dar algo más de impacto a según qué muertes. Ahí sí se nota que el guion es Pete Bridges, Shayne Armstrong, S.P. Krause y Damien Power no es precisamente un material de primera.

Por suerte, Eckhart, que en su momento parecía que iba a llegar muy alto en Hollywood y finalmente se ha quedado muy lejos de ello, entiende bien lo que busca Harlin y se convierte en su principal aliado para buscar ese equilibrio imposible entre la explotación más zafia y el drama honorable. El bagaje acaba siendo desigual, pero como pasatiempo veraniego cumple de forma más que correcta.

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