'Yo no moriré de amor' es una de las grandes películas españolas del año. Un perfecto análisis de la rutina del dolor con una protagonista que merece todos los premios

¿Qué se hace cuando el dolor dura años? Esta película te deja sin aliento al contar la vida al lado de una enfermedad crónica

Randy Meeks

Editor

La enfermedad crónica de las personas que más quieres no te destroza de buenas a primeras. Es un martilleo lento pero seguro, imparable, incurable, que va marcando el ritmo de tu vida: en lugar de romperte el corazón, lo hace con tu cuerpo, tu mente, tu energía, tu existencia. Normalizas el dolor hasta considerarlo parte intrínseca de ti. Puedes salir, drogarte, trabajar, reír o follar, pero siempre con un runrún de fondo que te ata a la inefable realidad. Ese peso cuyo futuro e inevitable alivio no te atreves a verbalizar, pero que en el fondo anhelas. 'Yo no moriré de amor' es una obra sobre la vida en perpetuo dolor que sabe de lo que habla, eliminando exageraciones e histrionismos y centrándose en la realidad de una familia completamente rota. Y es simplemente fantástica.

Se montó el Belén

Desde que 'Verano 1993' ganara el Biznaga de Oro en el Festival de Málaga, ese galardón ha significado, de manera infalible, el inicio de la temporada de premios. El premio lo han ganado joyas de los últimos años como 'Los días que vendrán', 'Las niñas', 'Cinco lobitos', '20.000 especies de abejas', 'Segundo premio' o 'Sorda', y este año ha sido el turno de 'Yo no moriré de amor', una película madura, adulta, repleta de matices, sin concesiones ni necesidad de allanar el camino al público que exija un mero entretenimiento. Exuda verdad en cada fotograma, y en un mundo tan artificial como el que vivimos ya es digno de elogio.

Pero es que, además, Marta Matute coloca la cámara como nadie, jugando muy sabiamente con el fuera de plano y alejándose de los encuadres más comunes. Es una historia narrada con una personalidad bien marcada, única y diferente que, como la propia vida al lado de una persona con una enfermedad degenerativa, ahoga al espectador en una rutina de reproches y silencio en la que parece imposible agarrarse a un saliente para seguir adelante y darse un respiro. Pero hay que hacerlo, porque no queda otra. 'Yo no moriré de amor' se aleja de las grandes "escenas de actores" repletas de llantos y aparatosidad para centrarse en lo sutil, en ese daño que viaja contigo y del que no te queda otra que aprender, y el resultado es una película incómoda pero familiar, como solo las grandes pueden serlo.

Por el camino quedan escenas fantásticas de la vida con alguien a quien estás perdiendo. Las últimas caricias conscientes, las últimas palabras coherentes, los recuerdos de sus tics, la imperfección como cuidador novato. Y en el centro, la eterna duda de Claudia, que tiene que compaginar el cuidado de su madre con vivir su juventud, su sexualidad y sus primeros escarceos con la responsabilidad frente a una hermana que parece estar mirando eternamente por encima del hombro (aunque, en realidad, esté igual de perdida). Nadie puede ser feliz si tiene que madurar antes de estar preparado. 

Adiós a cámara lenta

Os invito a visitar el Instagram de Júlia Mascort, Biznaga de Oro a Mejor Actriz (y a la que probablemente veamos en los Goya dentro de unos meses), porque, fuera aún del foco mediático, es el de alguien completamente normal, que hace un corazón de ketchup en los macarrones y refleja amigas en el metro, noches de discoteca y la parte trasera y simétrica de un autobús. Mascort imbuye esa aparente normalidad a su personaje, que lleva toda la película sobre sus hombros: la incomprensión vital, las ansias por encontrar una conexión (sin conseguirlo), la imposible frustración al ver cómo su mundo sigue avanzando mientras ella se ha quedado anclada contra su voluntad. 

'Yo no moriré de amor', en su intento por mostrar la realidad sin ambages, es dura y áspera, pero nunca antipática. No se puede narrar una situación como esta, si no se quiere entrar en el terreno de la ficción pura y dura, con un tono dulce y amable, y su directora lo sabe perfectamente. Para ello, perfila a la perfección a la familia protagonista como única manera de llegar a una autenticidad pura, sin dejarse llevar por grandilocuentes escenas de drama excesivo, que parece tocarnos en todo momento. Es el drama de tu vecino, de tu familia, de tu barrio, tan tristemente habitual que solo puede ser recibido con un abrazo cargado de normalidad. La tristeza hecha rutina.

No hay manera de saber si 'Yo no moriré de amor' tendrá recorrido más allá de los cines, pero, francamente, espero que así sea. Se ha ganado a pulso ser uno de los grandes éxitos españoles del año, alejada de los grandes nombres y los eventos pero regalando una brutal dosis de veracidad mezclada con una denuncia a los gobiernos y su nulo sistema de ayudas a la dependencia. La cinta parece obcecada en dejarnos sin aliento antes de darnos pequeñas (y agradecidas) pinceladas de liberación cerca del final. Es simplemente fantástica, la muestra perfecta del talento del cine español actual para identificar, analizar y mostrar los pequeños dramas del día a día. Esos que, en el fondo, son los que se infiltran en nuestra personalidad. Esos que nunca olvidamos.

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