'Misa de medianoche': por qué las reacciones virales a sus monólogos son un reflejo de cómo consumimos hoy el contenido audiovisual

Tras varias semanas desde su estreno, ‘Misa de medianoche’ sigue creando conversación y reacciones a sus revelaciones, su subtexto sobre la religión y el estilo de escritura de su creador, Mike Flanagan. Y es que la serie de Netflix contiene algunos grandes monólogos que son también bastante extensos y dan al conjunto un estilo muy conversado que desafía la paciencia de los espectadores, resultando para muchos demasiado pesado.

Las dos series anteriores de Netflix de Flanagan, ‘La maldición de Hill House’ y ‘La maldición de Bly Manor’, también se caracterizaron por extensos discursos que permitían una comprensión interna de los personajes que normalmente es difícil plasmar en el cine. Para algunos, más cercana a la literatura que al medio audiovisual, ‘Misa de medianoche’ no solo no es diferente, sino que marca con doble longitud sus tramos reflexivos dando un carácter opuesto al estilo de diálogo fluido y dinámico establecido en la era streaming.

SPOILERS DE LA SERIE EN EL TEXTO

Esto ha llevado a reacciones de todo tipo en redes sociales que, casi a modo de respuesta a las unánimes críticas positivas de la serie, se ha tomado el concepto del monólogo como algo inherentemente negativo, dando lugar a memes, bromas y exageraciones típicas con la dosis habitual de sarcasmo e intención de “abrir los ojos” a los que se han creído las alabanzas vertidas con antelación. Una controversia de segunda ola, casi un proceso de escepticismo automático aplicable a cualquier primera ola de impresiones positivas, que nos viene a decir “no es para tanto” y que habla más de cómo consumimos ahora las series que de las propias series.

El dilema del primer mundo de la duración de las series

La parodia de los propios monólogos empieza por el propio aluvión de críticas de "hay mucho diálogo", que suena a "no me gustan los libros sin dibujos". La idea de lo que es una cualidad o un defecto es subjetiva, un dilema tan grande como saber si la percepción sobre lo que esconden las palabras es suficientemente rápida para captar o no lo que trata de conseguir el director. Sin embargo, en un escenario de estrenos semanales en 5 plataformas diferentes, el índice de prioridades ha modificado el estilo de consumo y ciertos contenidos no son recibidos como hace 10, o quizá 5 años.

Las series de 20 o 24 episodios ya no se llevan, y las temporadas con un arco se van limitando a 8. Es difícil encontrar series con menos de 8 episodios por temporada, aunque las haya de 6 ocasionalmente, pero el estándar son 10 o 13. Por ello, el hecho de que ‘Misa de medianoche’ dure 7 episodios para un arco cerrado es un impar inusual, lo que nos viene a decir que no es tanto una longitud establecida por requerimiento de la plataforma –de hecho se le dio luz verde de milagro– sino por la forma en la que el autor trata de hacer respirar el relato, sin límites para poder dejar explicarse a los personajes.

El problema es que, en un escenario como el actual, cualquier conversación larga da la impresión de que la plataforma tiene que rellenar minutaje. Es imposible no sospechar, ni mirar de reojo, cuando el reloj pasa y dos personajes siguen hablando sentados en la misma postura. La desconfianza se ha transformado en paranoia y el espectador está sobre alerta de que en una tormenta de contenido semanal incesante si algo parece verbalizado en exceso da la impresión de estafa. De timo que nos requiere horas de vida.

La diferencia entre diálogos de relleno y bien escritos

El miedo a que los clientes no encuentren sus horas para consumir a doble velocidad y dejen su suscripción crea muchos monstruos de ese estilo. Las series de Marvel como ‘Defenders’ o ‘Punisher’ en Netflix son uno de los ejemplos más llamativos de suspensión de la verdadera chicha para extender una trama durante horas sin que lo que ocurra tenga verdadero impacto dramático. El relleno es un arte, y suele tener muchos diálogos que tratan sobre nada. Hay un episodio en ‘Devs’ en el que uno de los personajes responde a otro casi con monosílabos durante un intercambio de varios minutos.

No solo no son lo mismo los diálogos vacíos que los monólogos, sino que muchas veces lo que cuenta un personaje tiene información muy valiosa para decodificar los temas de la serie en cuestión. Los largos soliloquios de los personajes de ‘Misa de medianoche’ no tratan de ser relleno al uso porque están cargados de claves y mucha de la información que dan tan solo tiene sentido en el contexto de todo un conjunto, incluso con detalles que han aparecido capítulos antes o que aparecerán en capítulos posteriores.

Y esta información “escondida” entre líneas también refuta la idea de dispersión de la trama principal en los minutos que, en ocasiones, tiene un punto consciente en la planificación de contenido actual. Hay series que resultan “aguadas” porque la concentración de mucha información puede resultar contraproducente en una forma de consumo que también tiene al receptor con el móvil en la mano –asumamos que, a veces, nos pasa a todos– e incluso otras series están diseñadas para ver mientras se plancha.

El monólogo en la era del contenido a granel

Este tampoco es el caso porque es muy fácil perderse algún detalle clave en algunos de los discursos y monólogos de ‘Misa de medianoche’ en un texto que, sí, es objetivamente denso, pero no está escrito a la ligera. Desde luego que podemos objetar y que el estilo no es el que buscamos en un rato de entretenimiento asimilado como “terror”. Pero que la apreciación de otros y la conversación en redes puede alterar esa percepción antes, mientras o después de ver una serie forma parte también de nuestra propia reacción al material.

Nuestra forma de consumo a veces nos obliga a ver más material del que podemos asimilar en más tiempo del que tenemos. Cada año, se estrenan más de 500 series solo en Estados Unidos. Un año solo tiene 8.760 horas y para ver unas 25 -30 series necesitamos alrededor de 300. Con una inversión de 10 horas semanales, necesitaríamos unas 30 semanas para verlo todo. La idea de la velocidad de consumo nos hace pensar en ver una serie tras otra, un capítulo tras otro compulsivamente. Series como ‘Misa de medianoche’ no son una buena opción en un ecosistema de binge watching. A la tercera hora estaríamos agotados.

La uniformidad de contenidos, la forma de producción y la memoria acumulada de todo lo que se consume también crea una expectativa que una serie con diálogos de 15 minutos puede dinamitar. Si ‘Misa de medianoche’ tiene una filia clasicista, paciente y sin pretensiones de resultar especialmente sofisticada, su cualidad de otra época la lleva a lo teatral. Hoy parece ir contracorriente, pero la dramaturgia clásica siempre ha sido un arte de grandes monólogos, y su opción a día de hoy es tan suicida y consciente de la lluvia de críticas que acarrea que resulta descabellado.

Encriptando verdades de más de una cara

También nuestra capacidad de atención se ha reducido. La metralleta de estímulos a la que estamos expuestos ha modificado la capacidad de concentración de la sociedad. No es un cuento tecnófobo o asustaviejas, es fruto de estudios psicológicos que han concluido que nos cuesta más centrarnos en un solo foco, y sin embargo hemos mejorado en las tareas múltiples simultáneas. Pero la realidad es que la paciencia para la ficción rica en desarrollo, que esconde sus conclusiones entre una arquitectura dialéctica, es cada vez menor.

Algunos critican los monólogos por ser demasiado obvios, cuando precisamente su longitud tiene más que ver precisamente por lo contrario, tratar de enmascarar sentencias que puedan sonar recurrentes o facilonas en constantes justificaciones de personajes que prefieren rodear y acolchar el suelo antes de que llegue la idea, normalmente problemática, irreverente o de alguna manera crítica con posturas que una gran parte del mundo acepta y practica. Queda claro que la serie tiene una crítica del cristianismo extremo, pero hacerlo de la forma menos ofensiva posible no es sencillo.

De esta forma, el mensaje se infiltra más sutilmente en la narración, lo que le permite absorber las ideas más incendiarias de forma cómplice, con un humor negro soterrado representado en el cinismo de los antagonistas. El arte del texto de Flanagan es desplegar una serie de ideas de gran volumen sobre la fe, incluso sobre el más allá, la muerte y nuestra posición en el universo sin un ápice de superioridad moral o machacar con un martillo en la cabeza que la religión es muy muy mala.

La vampirización de los más vulnerables por parte de la iglesia

Entre las escenas más parodiadas han sido las reuniones de Alcohólicos Anónimos entre el protagonista aparente, Riley, y el Padre Paul y lo que empieza como un debate sobre la capacidad de Dios para hacer que las cosas sucedan (o evitar que sucedan) acaba con la idea “monstruosa” de que el sufrimiento puede ser un regalo de Dios. Pero un ejemplo de lo afilados que están los textos de ‘Midnight Mass’ puede verse entre estas discusiones en las que los términos de Riley vienen a expresar que la iglesia aprovecha el aparato de “curación” de adictos como forma de evangelizar.

La idea, que puede verse como un elemento sin relación alguna con otros temas que circulan por la serie, se conecta a través de otros mensajes sutiles con la noción incluso de que el propio Jesucristo fundó la iglesia aprovechándose de personas con problemas, como el primer episodio deja caer cuando el padre Paul conforta a Riley recordando que eran precisamente los caídos en desgracia los que más le interesaban. Una insinuación velada pero subversiva que tan solo puede leerse entre líneas de esos soliloquios.

Si conectamos con los hechos de más adelante, podemos asociar algunos de los milagros de Jesús con lo que acaba replicando el padre Paul, dejando incluso la posibilidad de que, efectivamente, todos los milagros y resurrecciones tengan una explicación vampírica similar y fueran utilizados para convencer y convertir, desde un primer momento. De ahí que los sermones apasionados y recurrentes traten siempre sobre los mismo, preparar el camino para la decisión final que les exigirá un salto de fe. El suicidio.

Secretos escondidos en el sermón del domingo

Por ello, el cura habla constantemente de resurrección y la pascua, borrando el paralelismo de beber vino como la sangre literal de Cristo (una creencia genuina llamada transubstanciación en muchas sectas) con recibir la vida eterna prometida y otros paralelos vampíricos como ungir de ceniza a todo el pueblo, un momento que en retrospectiva parece que está marcando de muerte a cada uno de ellos, puesto que en ceniza se convierten en su último amanecer. Pero entre esos sermones también habla de segundas oportunidades, justificando la suya propia, su plan de volver a vivir junto a su amada para descubrir que en los planes de la iglesia hay una agenda de intereses.

Probablemente, el episodio más atacado es el 4, cuando, después del aborto espontáneo de Erin, ella y Riley se sientan en su sofá y hablan sobre lo que creen que sucede después de la muerte. Un momento de encuentro entre ambos que empieza con Erin reconociendo que sufrió maltrato y con un recuerdo de cómo su madre solía cortar las alas a los pichones, no solo una metáfora de lo que ella misma experimentó, sino un punto de partida para establecer la diferencia entre cómo ve la maternidad frente al lamento de su madre ella cuando nació.

Pero su introducción no acaba ahí. En el último episodio es Erin la que le corta las alas al ángel, sirviendo la historia de su infancia casi como un preludio irónico. En el grueso de su primera conversación también habla sobre la muerte de su hija nonata, ofreciendo una visión neutra sobre uno de los temas más tabú de la iglesia, el aborto, que se confronta con el agnosticismo de un Riley que asiente con respeto pero una lacónico mirada que expresa “si es lo que quieres creer, adelante”. Él mismo da las claves de la escena más significativa de la serie, cuando da su versión del más allá.

La religión según Carl Sagan

Describe una sustancia que hace que el cerebro confunda “recuerdos con alucinaciones” y, mientras Erin yace muriendo, vemos una versión alternativa de esa conversación sobre la otra vida que ella y Riley tuvieron en el Episodio 4, efectivamente confundiendo el presente y su muerte cerebral con el pasado, imaginándose que responde a Riley que “No hay tiempo. No hay muerte. La vida es un sueño. Es un deseo hecho una y otra vez y otra y otra vez y otra vez, hacia la eternidad. Y yo soy todo eso. Yo soy todo. Yo soy todo. Soy lo que soy."

Tanto el monólogo de Riley como el de Erin (más bien una descripción de lo que siente) son dos interpretaciones de la filosofía de Carl Sagan, y más específicamente las reflexiones de su libro ‘Un punto azul pálido’ (1994) y se confrontan con la idea de cielo de la iglesia católica, alineando la serie con ideas científicas del cosmos y el ser humano como parte del mismo. Claro, concentrar esa doctrina en un par de frases sería ridículo, por lo que también el episodio 4 sirve como preparación para el impacto emocional de la muerte de los personajes principales y cómo esto se alinea con los temas de la serie.

La presencia de la idea del cosmos como ese cielo de las escrituras, además, deja algunas estampas visuales que se conjugan con ambos monólogos. En el episodio 5, cuando Riley toma la decisión de avisar a Erin con su sacrificio, mira repetidamente al firmamento, con la visión de las estrellas filtrada por su nueva condición de vampiro. Justo antes de que amanezca, vuelve a mirar al cielo, un corte de montaje que quizá no podamos apreciar por primera vez, pero cuando sabemos que es consciente de su destino, parece mirar el lugar a dónde espera unirse, un plano que cobra aún más significado con la visión de la muerte que él y Erin dan en distintos momentos.

Un océano de oxígeno en una era frenética

Hay más momentos en los que los personajes se explican, justifican y tratan de convencer (o autoconvencer) pero siempre con el talante que muestra al autor detrás del texto. Hasta la propia Bev es una maestra de la manipulación utilizando citas de la biblia para justificar cualquier decisión que trata de tomar. La acumulación de palabras tiene como fin crear los cauces necesarios para que las convicciones no suenen como sentencias desde un trono de sabiduría arrogante y ajeno al espectador.

‘Misa de medianoche’ tiene mucho que contar, pero busca presentarlo con cierto respeto por la inteligencia al otro lado de la pantalla, con monólogos escrupulosamente considerados con las posibles objeciones a lo que plantea, esto es, un doble giro mortal que exponga las miserias del mercantilismo de la fe pero sin ofender a quienes la sienten. En última instancia su propuesta es que las religiones son asideros para enfrentarse al hecho de la muerte, al igual que el cine de terror es un campo de entrenamiento frente al peligro real.

Puede que si muchos rascaran en el fondo de estos monólogos se enfadarían de verdad, por las preguntas que emite, pero lo cierto es que la existencia de una serie que se arriesga apostando por la reflexión, en un tiempo de polarización y burbujas ideológicas, en donde solo buscamos escuchar voces que suenen a nuestro eco, cuando las posturas, incluso por la opinión sobre una producción de Netflix cada semana, son cada vez más irreconciliables y violentas, es tan inusual que resulta un acicate contra la demagogia vehemente que define la etapa que vivimos, siendo el rechazo a una obra que nos exige unos minutos de concentración la expresión más elocuente de la misma.

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