
O, quizás, especialmente porque jugamos con una serie de época que nos recuerda que los tiempos pasados no eran mejores
Ya se ha estrenado puntualmente la cuarta temporada de 'La edad dorada', que se ha ido convirtiendo en una cita anual a esperar para los fans de los dramas de época. Volvemos al Nueva York de finales de 1800 justo donde nos quedamos, con nuevas bodas en el horizonte, más luchas de poder y la amenaza de problemas políticos para los Russell.
Aunque la historia del fabuloso drama de HBO se ha expandido al otro lado del charco, a Inglaterra, donde Gladys Russell ha empezado su propia familia. Y, de paso Julian Fellowes nos vuelve a recordar que por mucho que vivamos en una ficción romántica, a las mujeres nos es imposible escapar de la violencia.
¡Atención! Este artículo contiene spoilers de la cuarta temporada de 'La edad dorada'
Escapismo, el justito
'La edad dorada' juega en un complicado punto medio entre escapismo y realidad. Por un lado, apunta a ser un retrato mucho más fiel y realista de su momento que otras series como 'Los Bridgerton', aunque sí que sigue jugando con ese cierto elemento de fantasía que nos permite sumergirnos en el ambiente romántico de idealizado de este tipo de dramas de épocas.
Por eso cuando llega el mazazo de realidad, pega aún más fuerte. Y 'La edad dorada' con el tratamiento de Gladys Russell me acaba de volver a recordar con un jarro de agua fría la violencia que sufren las mujeres, especialmente la violencia obstétrica, y de la que ni siquiera se puede escapar en ficción.
El primer episodio de la temporada arranca para Gladys en pleno parto. Se casó con Hector Vere, el Duque de Buckingham, en la tercera temporada, y aunque el inicio de su matrimonio fue complicado finalmente la pareja ha terminado con un romance encantador y muy bien avenido. La llegada de su primer hijo parecía ser la pieza que les faltaba para tener la familia feliz y completa con la que Gladys soñaba, pero entonces llegó Julian Fellowes con la motosierra.
Ya el inicio de la trama es desgarradora, con el médico llegando a toda prisa a casa de los duques y Gladys gritando de dolor y retorciéndose por el parto. Lo cierto es que no pude evitar acordarme de uno de los momentos más trágicos de 'Downton Abbey', con el parto de Lady Sybil, y Fellowes y su equipo no se han podido contener para exprimir al máximo el drama que puede suponer un parto en casa, y más en pleno siglo XIX.
A pesar de las complicaciones, al final el niño de Gladys y Hector nace sano, pero entonces tenemos un nuevo revés cuando ella comienza a desangrarse y pierde la consciencia. En ese momento me estaba viendo venir lo peor y que Fellowes nos estuviese cocinando otro remix de 'Downton Abbey', pero entonces nos sorprendió con Gladys sobreviviendo al susto y el médico asegurando que se repondría con reposo y descanso.
Aunque ojo, que aquí vienen las curvas: para poder salvar su vida la ha extraído el útero y Gladys ya no podrá tener hijos.
Por desgracia, no es una decisión poco común, y hay que alabar que el doctor actuase rápidamente para salvar su vida. Aunque lo que me ha enfurecido de 'La edad dorada' es la total falta de agencia con la que todo el mundo trata a Gladys. Quien, a pesar de su juventud, ahora es una mujer casada y una duquesa... Pero, al fin y al cabo, sigue siendo una mujer, y a nadie la interesa su opinión.
Ya de entrada, durante los momentos críticos del parto, el médico pregunta a Hector, su esposo, si debe salvar la vida de su mujer o la del bebé. La opinión de Gladys ni su sufrimiento no importa lo más mínimo, aquí lo que se hace es lo que diga el marido. Por lo menos Hector nos ha salido un tipo decente que ama a su mujer y decide ponerla por delante, pero tras la histerectomía de emergencia, la situación es aún peor.
El doctor no informa a la familia de la operación hasta después, sacudiéndose la responsabilidad con un simple "ah, yo pensaba que estaba claro". Y además le deja la responsabilidad de informar a la paciente al marido o a la familia. A Gladys le han privado de su útero, sí, para salvar su vida, recordemos, pero en ningún momento se le ha informado del procedimiento ni se le ha permitido hacer preguntas o lidiar con ello posteriormente.
Se la está preservando en la ignorancia. Sin informarle de lo que ha pasado con su propio cuerpo, ni con su futuro, porque ella se sigue aferrando a que vendrán más niños en el futuro. Un duro recordatorio del ninguneo, infantilización y la violencia hacia las mujeres que, tristemente, también siguen normalizados en muchos casos hoy en día. Y de los que ni siquiera podemos escapar del todo en un romance de época en el que te casas con el duque de tus sueños.
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