Paul Newman: La ópera prima 'Rachel, Rachel'

El mismo año que Paul Newman protagonizó una de sus películas más flojas, ‘Comando secreto’ (‘The Secret War of Harry Frigg’, Jack Smight, 1968), en la que nos ofrecía una de sus interpretaciones más olvidables, también tomó la decisión de ponerse tras las cámaras por primera vez, demostrando un talento inesperado, y sobre todo un estilo único, aunque acorde con algunos de los cineastas que estaban prodigándose en una época en la que el cine estaba cambiando a marchas forzadas. Para ello eligió la novela ‘A Jest of God’ de Margaret Laurence, llegando a optar al Oscar a la mejor película en la edición del siguiente año.

Por supuesto el papel protagonista está reservado a su esposa en la vida real, Joanne Woodward, a quien le dedica un buen número de primeros planos, casi como un acto de amor hacia ella, además de darle la oportunidad de lucirse como nunca, destacando el trabajo de la actriz por encima de las demás cosas. Bien es cierto que alguno de los personajes secundarios lo podría haber interpretado el propio actor, que además tenía una química impresionante con Woodward, pero su presencia, dado el tipo de película que es, habría desviado la atención del espectador.

‘Rachel, Rachel’ navega alrededor del personaje al que da vida Woodward, que recibió una nominación a la dorada estatuilla por su trabajo, y no es para menos. La actriz se desviste completamente de todo glamour para dar vida a una mujer de 35 años, virgen, que vive con su dominante madre, y siente que lo mejor de su vida se le escapa de entre las manos. El espectador será testigo de sus sueños e ilusiones, y también sus miedos, con esa cámara cercana, y a ratos tambaleante, que Newman maneja a ratos con intensidad, a ratos como queriendo demostrar sus ambiciones como cineasta.

De travellings cuidadosamente diseñados, en los que el recién estrenado director demuestra una pericia asombrosa, se pasa a secuencias en las que hay cierto tono casi documental, cierta inestabilidad formal, que no es otra cosa que la muestra de lo inseguro que es el personaje central, con serias dudas en su cabeza sobre el camino que debería tomar su vida, y sobre todo ser ella misma quien maneje las riendas. Rachel tiene una existencia gris como maestra de escuela, y no se siente realizada como mujer al no haber tenido relaciones sexuales con hombre alguno.

Paul Newman dando instrucciones a Estelle Parsons en el rodaje de 'Rachel, Rachel'

Sexo, ilusiones, vida

Precisamente ‘Rachel, Rachel’ es una película muy atrevida en determinados momentos en cuanto a enfrentar/relacionar sexo y religión. En un momento dado Rachel será convencida por su mejor amiga Calla –Estelle Parsons, también magnífica en su composición y nominada al Oscar− para asistir a la charla de un predicador, que proclama el amor a los cuatro vientos. Cuando el predicador, tan charlatán como cualquier otro, toma a Rachel para “convertirla”, el atrevimiento de Newman detrás de la cámara alcanza cotas inimaginables, y muy bien controladas.

La euforia del instante, alegoría de una orgía, es captado por una cámara más cercana que nunca, y la planificación hace pensar al instante en una violación, hasta que Rachel sucumbe a la “la palabra del amor”. Un corte de plano nos muestra al personaje terminando de jadear, como si del final de un orgasmo se tratase. Calla se acercará a ella con intenciones lésbicas, y a partir de ahí tendremos a un personaje que cambia paulatinamente hasta el nostálgico y entrañable final. Aceptará las proposiciones de un amigo de la infancia, Nick (James Olson), y llegará a ilusionarse con casarse y quedar embarazada.

Sueños y decepciones se dan la mano en ‘Rachel, Rachel’, mientras la banda sonora de Jerome Moross hurga en nuestros sentimientos, hablando de la importancia vital de experimentar en la única vida que tenemos, amén de dogmatizar sobre algo crucial, nosotros debemos ser los que manejemos nuestras vidas, responsabilizándonos de nuestros actos, mirando al futuro con curiosidad, también con dudas y temores, pero actuando, poniendo un pie delante del otro, esperando pasear por la orilla de una playa en compañía de lo que deseamos.

Tras demostrar que como director también tenía talento, Paul Newman se fue a protagonizar una película sobre su hobby preferido, las carreras de coches.

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