Paul Newman y el western (II): 'Hud, el más salvaje entre mil' de Martin Ritt

Paul Newman y el western (II): 'Hud, el más salvaje entre mil' de Martin Ritt
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‘Hud, el más salvaje entre mil’ (‘Hud’, Martin Ritt, 1963) puede considerarse la mejor colaboración entre Ritt y Paul Newman de las seis que acometieron. No se trata de un western en el sentido clásico del término, pertenece a esa serie de películas situadas a medio camino entre la tradición y la modernidad, uno de esos decadentes títulos sobre una época que se acaba y otra que empieza. Los avances tecnológicos arrasando con todo a su paso haciendo un extraño honor a aquello que llamamos civilización.

Al igual que en films coetáneos como la espléndida ‘Los valientes andan solos’ (‘Lonely Are the Brave’, David Miller, 1962), estrenada justo un año antes, la historia de ‘Hud, el más salvaje entre mil’ —qué manía con los subtítulos españoles tan absurdos— enfrenta dos modos de vida, lo viejo y lo nuevo, y lo hace a través de dos personajes de padre e hijo, constituyendo un drama generacional que se ha convertido en un film de culto, sobre todo por la visión del personaje central.

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Un anti-héroe malvado

Lo realmente curioso de esa admiración hacia dicho personaje, que proporcionó a Paul Newman una de sus más merecidas nominaciones al Oscar, es que el actor dio vida al villano de la historia, en un sentido alegórico. Su actitud rebelde no responde a incomprensión paterna injustificada, sino al vil comportamiento de un personaje egoísta, manipulador y despreciable. El actor se sorprendió al comprobar que muchos que vieron la película llegaron a considerarlo un héroe, apreciación de lo más incoherente.

Pues no hay en el personaje de Hud el más mínimo atisbo de honradez, su móvil es siempre su propio beneficio, y el eterno enfrentamiento con su padre —un Melvyn Douglas absolutamente maravilloso y lleno de carisma, que además recibió uno de los tres Oscars que ganó la película— responde a unos ideales totalmente diferentes a los de su progenitor en cuando a forma de vida y responsabilidades. Hud opta por lo nuevo, por acabar con una forma de vida que no le interesa, sin entender o comprender que lo es todo para su padre.

Con un portentoso blanco y negro, segundo Oscar, y una utilización del formato scope verdaderamente envidiable —algunos que lo utilizan hoy día, deberían ver películas como ésta—, obra del mítico James Wong Howe, director y fotógrafo con una de las filmografías más grandes que han existido, Ritt narra un drama de viejas formas de vida arrasadas por una enfermedad vacuna, de mujeres en busca de cariño y un lugar en el quedarse, y jóvenes rebeldes con distintas intenciones y planes de futuro, embutida en una extraña melancolía y nostalgia que anticipa el drama.

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Brillantez actoral

Paul Newman compone un personaje antológico, auténtico, cuyas idas y venidas con mujeres casadas, o la terrible discusión con su padre, delante del sobrino que le admira profundamente, revelan a un actor enorme capaz de disfrazar la maldad pura y dura con una buena presencia. Controlando todos y cada uno de los gestos heredados del Actor´s Studio, Newman deslumbra por su capacidad de abstracción jugando con los tópicos de cómo debería ser una interpretación, y compone un trío magistral al lado de dos monstruos, al menos en esta película.

Si Melvyn Douglas hace honor a toda una carrera de grandes títulos, demostrando una experiencia vital, Patricia Neal, con 37 años, sale más bella que nunca, más morbosa, más sensual, y todo por dotar a su personaje de una veracidad fuera de lo común, un personaje en apariencia poco importante, pero demoledor en sus conclusiones. Un terceto de actores en verdad perfecto para una película llena de aristas, intentando huir de lugares comunes.

‘Hud, el más salvaje entre mil’ es triste, es violenta, sobre todo en sus diálogos, y no realiza concesiones de ningún tipo. Es la vida misma —con Elmer Bernstein poniendo música, un trabajo mínimo que llena todo el film—, con sus alegrías y sus tristes revelaciones, por ejemplo comprender que aquello que admirabas no es más que algo prescindible y olvidable. El plano final de la puerta cerrándose con Hud metiéndose en el interior de su casa, antaño un hogar, es de una dureza implacable, la de la realidad estampándose en la cara.

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