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Alfred Hitchcock y Paul Newman: 'Cortina rasgada'

Alfred Hitchcock y Paul Newman: 'Cortina rasgada'
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‘Cortina rasgada’ (‘Torn Curtain’, Alfred Hitchcock, 1966) se realiza en pleno apogeo de las películas de espías. Sean Connery ya había interpretado cuatro veces a James Bond, y pronto empezaron a predominar films de idéntica índole o en las que la espionaje se tornaba algo más serio, caso de por ejemplo la imprescindible ‘El espía que surgió del frío’ (‘The Spy Who Came in from the Cold’, Martin Ritt, 1965) o ‘Llamada para un muerto’ (‘The Deadly Affair’, Sidney Lumet, 1966). ‘Cortina rasgada’ partió de un hecho verídico de dos diplomáticos ingleses que desertaron a Rusia.

Al británico le interesó sobre todo el saber cómo reaccionaría la esposa de un desertor, y ése es uno de los pilares fundamentales del film que nos ocupa, que además cuenta con dos de las estrellas del momento, Paul Newman y Julie Andrews, ambos muy del disgusto de Hitchcock. Para los personajes quería a Cary Grant, pero era demasiado mayor, y a Eva Marie Saint, sin embargo la productora impuso a los citados debido a sus respectivas famas, pensando sobre todo en la taquilla, donde el film fue un completo éxito.

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Los puntos de vista

‘Cortina rasgada’ se divide en tres partes bien diferenciadas, y también muy bien ensambladas. En las mismas Hitchcock maneja a la perfección una de las cosas más difíciles de manejar para un director, el punto de vista. Éste va cambiando progresivamente del personaje de Andrews, que en principio desconoce las razones de su prometido, el profesor Armstrong –un Paul Newman en la cima absoluta, y que trajo un poco de cabeza a Hitchcock con la psicología del personaje− para irse detrás del Telón de Acero.

Una vez descubierto el pastel, y que el espectador se espera por el simple hecho de no imaginarse a Paul Newman como un traidor –bajo mi punto de vista un error considerable, al presuponer que un actor como Newman sólo debería hacer personajes “buenos”−, el film parece detenerse ante la posible reacción del personaje femenino, y tras ese punto de inflexión la película es un non-stop lleno de suspense y emoción, los elementos que Hitchcock siempre busca para satisfacer al público, con el punto de vista de Armstrong.

Cuando dicho personaje mantiene una conversación con un agente secreto a bordo de un tractor, el espectador conoce por completo las intenciones del profesor estadounidense y el absoluto peligro que corre para conseguirlo. Hitchcock lleva hasta el paroxismo todo lo que viene a continuación, comenzando por la que muy probablemente sea la secuencia más famosa de la película, un asesinato en el que se demuestra lo duro y difícil que es matar a un ser humano. En un film de los años 60, el director británico utiliza nada menos que el silencio como omnipresente elemento expresivo.

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Un no parar de emoción

El primer plano de la pistola junto con el del taxista que está esperando por Armstrong indica que no puede utilizarse un arma de fuego, pues la misión fracasará. Armstrong comprende que debe cometer un asesinato si quiere llevarla a cabo, y ayudado de la mujer en la granja acometerá una agresión contra Gromek, el oficial encargado de seguirle y que ha descubierto su tapadera. La secuencia es un prodigio de planificación, con planos muy cortos de un cuchillo, una pala golpeando en las piernas del agente alemán, y sobre todo ese angustioso final en el horno.

Tras ello la película se centra en la emoción que supone el éxito de la misión antes de que descubran el crimen, y posterior huida, llena de instantes prodigiosos como el del autobús, secuencia que pone de los nervios sobre todo por la utilización de la música de John Addison, que sustituyó a Bernard Herrmann, quien no se entendió con Hitchcock y fue despedido. El leit motiv de la película se usa en esa secuencia, acelerando el ritmo del mismo según se va acercando el segundo autocar que pone en peligro el plan de huida.

El film continuará con su escalada de situaciones de tensión, tanto en un teatro del que Armstrong y su prometida se salvarán con ingenio aprovechando el miedo popular a un incendio, e incluso en el barco que les lleva de regreso, y sólo cuando Newman y Andrews se ocultan de un fotógrafo tras una manta, el espectador puede respirar tranquilo. Por el medio Hitchcock no renuncia a una de sus historias de amor tan conocidas y queridas, como contraposición al suspense y misterio, y como elemento catártico de los personajes. Una delicia.

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