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Paul Newman y el western (III): 'Cuatro confesiones' de Martin Ritt

Paul Newman y el western (III): 'Cuatro confesiones' de Martin Ritt
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‘Cuatro confesiones’ (‘The Outrage’, Martin Ritt, 1964) es el remake estadounidense de la mítica ‘Rashomon’ (‘Rashômon’, Akira Kurosawa, 1950), el mismo año que Sergio Leone se metía en líos precisamente con el mismo director. La moda de los americanos de rehacer éxitos orientales no es algo actual, al igual que el resto de modas, llevan haciéndose desde hace décadas. Y en este caso, todo tiene un sentido. Kurosawa amaba profundamente el western, como así lo dejó ver en su monumental ‘Los siete samuráis’ (‘Shichinin no samurai’, 1954) de la que John Sturges hizo una adaptación muy popular.

Así pues, la nueva colaboración entre Martin Ritt y Paul Newman lleva al árido paisaje del western otra de las películas más conocidas del autor japonés, demostrando una vez más que el género le queda como un guante a cualquier tipo de historia. Cierto es que, por momentos, esta nueva versión repite casi plano por plano algunas de las secuencias más recordadas del film nipón, y aunque en líneas generales está por debajo —el original es una gran película—, estamos ante un film que posee no pocos elementos de interés.

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En ella Paul Newman da vida al mexicano Carrasco, teniendo así la oportunidad el actor de dar rienda suelta a sus capacidades de interpretación, y una vez más, a las órdenes de un director que siempre le puso en bandeja personajes caramelo. No era la primera vez que un actor salido del prestigioso Actor’s Studio daba vida a un mexicano en un western. Marlon Brando, en su mejor época como actor, protagonizó una de las obras maestras de Elia Kazan ‘¡Viva Zapata!’ (1952). Ver a ambos con bigote dando vida a sus respectivos personajes le puede resultar extraño a muchos, pero ambos están sensacionales.

Es muy posible que Carrasco, acusado de la violación de una mujer (Claire Bloom) y el posterior asesinato de su marido (Laurence Harvey), sea un personaje más adecuado para que Newman se divierta de lo lindo con su rol. Así pues, y dependiendo de las distintas versiones narradas por los diferentes “testigos” —entre los que se incluye al propio muerto que habla a través de un Chamán—, será un bandido despiadado, también un cobarde, e incluso un hombre necesitado del amor de una mujer cual adolescente enamorado.

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La verdad destruida

Es precisamente esa ambivalencia en las distintas versiones que se cuentan del suceso lo que aporta una gran cantidad de matices, no sólo a Carrasco, sino a todos los demás personajes. Es Paul Newman quien se luce, siempre bordeando el histrionismo pero sin llegar a caer en él, con un personaje al que se llega a amar y odiar al mismo tiempo. A su lado, aunque nunca comparte plano con él, un ya maduro Edward G. Robinson, quien, haciendo de truhan, escucha atentamente la historia del cura (William Shatner) y un simple trabajador (Howard da Silva), y perspicaz como pocos no duda en sentenciar el egoísmo como común denominador de todas las versiones.

Ese es el punto más interesante de ‘Cuatro confesiones’, la vanidad y egoísmos puramente humanos, que llegan a tergiversar completamente los hechos para beneficio de quién se encuentre dando su versión. Versiones que además son narradas, por lo tanto distorsionadas, después del juicio, con una estación, lugar de encuentro y parada de vidas, como telón de fondo, un lugar perdido en alguna parte, con esa noche que todo lo cubre —incluso la propia verdad—, y que está fotografiada de forma soberbia por James Wong Howe, en uno de sus últimos trabajos.

‘Cuatro confesiones’ no fue bien recibida por la crítica en su momento, precisamente por ser demasiado fiel al film de Kurosawa. El paso del tiempo no hace más que acentuar sus virtudes, la interpretación de Newman, la sabia utilización de la fotografía, marcando el pesimismo del relato —y que incluso encuentra retazos de comedia—, y esa traslación al western, atípico, porque se codea con el thriller, en el que una investigación criminal se lleva a cabo. La misma no sirve para encontrar a un culpable, sino para definir lo ruin del ser humano.

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