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'Lo dejo cuando quiera': una discreta comedia cuyo gamberrismo solo consigue provocar algunas risas
Críticas

'Lo dejo cuando quiera': una discreta comedia cuyo gamberrismo solo consigue provocar algunas risas

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El inicio de ‘Lo dejo cuando quiera’ te hace temer lo peor. En él no se hace ningún esfuerzo para disimular la edad de sus tres protagonistas -el más joven, David Verdaguer, cuenta con 35 años- para intentar que nos creamos que son unos jóvenes estudiantes de universidad que están sacrificando toda diversión posible por la promesa de una vida mejor cuando se saquen sus respectivas carreras.

No hay nada en ese arranque que invite a tener esperanzas en que ‘Lo dejo cuando quiera’ vaya a ser una comedia que merezca la pena, pero luego la película logra enderezar algo el rumbo. No lo suficiente para poder recomendarla, pero sí que permite echarte alguna risa ocasional y no acabar desesperado en tu butaca deseando que su ajustado metraje se acabe lo antes posible.

La variedad del desequilibrio

Escena Lo Dejo Cuando Quiera

Lo cierto es que vendernos a Verdaguer, Carlos Santos y Ernesto Sevilla como personas de 30 años también cuesta un poco digerirlo, pero al menos no resulta tan absurdo como lo planteado inicialmente y los golpes que han ido recibiendo de la vida en esos 10 años que no vemos pueden explicarlo en parte. Y es que sus vidas han quedado muy lejos de sus aspiraciones y esa resignación vital va camino de acabar con ellos.

Ahí ‘Lo dejo cuando quiera’ expone con corrección qué les lleva a probar unas pastillas sin testar y cómo eso va a cambiar su vida para siempre. No obstante, tampoco comete el error de convertirlos en los reyes del mambo de la noche a la mañana, ya que no dejan de ser tres pobres desgraciados y durante esa fase de la película es cuando el personaje de Santos mejor funciona -luego acaba desfasándose demasiado-, tanto por su visión musical al hacerle efecto las pastillas como por su forma de enfrentarse a esta nueva realidad.

Imagen Lo Dejo Cuando Quiera

No obstante, el verdadero ancla de la película es Verdaguer, ya que es el único de los tres protagonistas que consigue dotar de cierta naturalidad a su personaje. Eso le permite brillar menos en momentos puntuales, una ventaja que sí tienen Santos y Sevilla, pero al final de la película es el único que realmente transmite haber tenido un arco desarrollado con lógica y sostenido por su talento interpretativo.

En el lado contrario está Sevilla, quien probablemente tenga los chispazos cómicos más divertidos pero en líneas generales parece un tanto fuera de lugar y su trama con Cristina Castaño resulta fallida siendo generosos. Ese peculiar cóctel se traduce en una variedad que hace todo más ligero y nos permite ser más permisivos con el enclenque desarrollo de personajes. Además, algún secundario inspirado como un divertido Ernesto Alterio ayuda a evitar la indisgestión.

‘Lo dejo cuando quiera’ falla más que acierta

Ernesto Alterio Lo Dejo Cuando Quiera

Carlos Therón, director de la película, opta por intentar elevar el guion a través de un trabajo de puesta en escena que echa mano de ciertos excesos visuales. No son suficientes para darle una verdadera personalidad propia a ‘Lo dejo cuando quiera’ pero sí que evitan que resulte plana, haciendo más evidentes así las limitaciones de un guion que se centra en plantear un escenario curioso e intentar meter apuntes graciosos aquí y allá de forma un tanto mejorable.

Siendo directos, ‘Lo dejo cuando quiera’ quiere ser una comedia gamberra que lleva a tres dos nadies a una situación inimaginable para ellos incluso cuando empiezan a traficar con esas pastillas. Para ello recurre a la comedia física pero a base de golpes que rara vez funciona, apuntes escatológicos que rara vez hacen gracia y diálogos que sí tienden a dar más en la diana cuando se utilizan a modo de réplicas o chascarrillos ocasionales. Nada antológico, pero al menos algo te divierte por esa vía.

En definitiva, ‘Lo dejo cuando quiera’ pretende ser una tronchante comedia gamberra y se queda en una película con la que te puedes reír en alguna ocasión, pero cuya vertiente cómica falla más que acierta. Si no le pides mucho, te puede valer para pasar el rato, pero más allá de eso hay poca cosa que rascar.

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