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'Celda 211', fuerza bruta

'Celda 211', fuerza bruta
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Daniel Monzón es un ser bastante inteligente. De pedante crítico cinematográfico se pasó a excelente director de cine, sumando un elemento a tan estimable y maravillosa profesión: cultura por el medio. Si de algo puede presumir Monzón es de ser un empedernido cinéfilo que conoce muy bien el Cine, sobre todo su historia, sabiendo aplicar esos conocimientos a sus trabajos como realizador, con la excepción de ‘La caja Kovak’ que resultó ser el único tropiezo de su filmografía. Tanto ‘El corazón del guerrero’, como ‘El robo más grande jamás contado’ —para quien esto suscribe su mejor película—, como la presente, son películas que destilan cinefilia por los cuatro costados, con muchísimas referencias al cine clásico, y lo más llamativo de todo, realizadas como si se tratase de films estadounidenses, sobre todo en la forma.

Una de las principales característica de Monzón como cineasta, algo de lo que también puede presumir Alejandro Amenábar, por poner sólo un ejemplo, su cine está libre de complejos y prejuicios. Filma sus películas para todo el mundo, sin tener en cuenta fronteras y nacionalidades. Da igual que estén desarrolladas en España, ya sea en un museo o una cárcel, son historias universales que pueden ser disfrutadas por cualquiera. Ésa es la gran virtud de los guiones de Monzón, y además suele sacarles provecho, aunque en este caso, no me parece que nos encontremos ante esa genialidad que todos proclaman.

Antes de nada no quiero ser mailinterpretado. ‘Celda 211’ me parece una buena película, muy por encima de la media de lo que suele salir de nuestra pobre fábrica de sueños, un soplo de aire fresco a tantas y tantas mediocridades patrias, que prácticamente parecen clones las unas de las otras. Pero de ahí a proclamarla como el peliculón que intentan colarnos —sobre todo cierta parte de la crítica de este país, a la que le gusta venderse—, hay un gran trecho. Sinceramente creo que se está exagerando muchísimo con ‘Celda 211’, y lo cierto es que tiene su lógica. Hablamos de un film carcelario en toda regla que podría competir si ningún tipo de rubor con muchos de los productos de evasión que salen de tierras americanas. Es tan entretenida como la que más, su ritmo es impecable, las interpretaciones casi soberbias, pero no hablamos de una gran película. Y para el que esto suscribe, debería serlo, deberíamos estar ante el film español del año, ante una de las películas del año.

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Monzón ha bebido mucho, mucho cine, y sabe perfectamente cómo empezar un relato para atrapar sin remisión al espectador. Tras una impactante secuencia inicial en la que contemplamos un suicidio, el ex-crítico nos presenta una situación ciertamente original —aunque si nos ponemos quisquillosos podríamos decir que no es más que una variante de ‘Brubaker’, el excelente film carcelario de Stuart Rosenberg con Robert Redford— al introducir a un funcionario de prisiones —que ha ido a su trabajo un día antes de empezar, tal y como hacemos todos los españoles en la vida real, sí señor— en el centro de un motín organizado por uno de los más peligrosos presos del lugar. A partir de ese momento, el film sorprende por lo bien estructurado que está, y sobre todo bien narrado. Pero hay un punto en el guión que le resta enteros a la película, uno de esos fallos tan gordos, que uno se pregunta cómo Monzón ha sido capaz de caer en ello, con lo bien atado que tenía todo lo demás.

El personaje al que da vida un entregado, aunque no plenamente satisfactorio, Alberto Ammann, cambia radicalmente a raíz de un dramático hecho, un instante que es previsible —por no decir que parece plagiado de ‘Batalla en Seattle’ (‘Battle in Seattle’, Stuart Townsend, 2008), en la que el personaje de Charlize Theron sufría exactamente lo mismo—, pero que resulta a todas luces forzado. De ese hecho depende absolutamente todo lo que viene después, pues los actos del protagonista, que ve como su mundo se ha acabado en una abrir y cerrar de ojos, marcan a partir de ese momento el relato. La dramatización de dicho hecho no termina de resultar creíble, sino más bien todo lo contrario, y el resto, bastante bien filmado al igual que el resto del film, funciona a partir de este débil detalle. Monzón hubiera hecho mucho más creíble las cosas con menos.

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Afortunadamente, el director es capaz de mantener el interés en todo momento, apoyándose en diálogos bien escritos, y recitados con mayor convicción por una galería de actores donde evidentemente Luis Tosar brilla con luz propia, y muy por encima de todos los demás. El actor lucense ha tenido la suerte de encontrarse con uno de esos papeles caramelo con el que sueñan todos los actores. Malamadre forma parta ya de la memoria colectiva de nuestro cine, uno de esos villanos ambiguos a los que se ama y odia al mismo tiempo. Tosar le imprime carácter, dureza, humor, y un poco de corazón. Él sostiene todo el film, el cual no sería lo mismo sin su presencia, que poco a poco se va haciendo grande y de lo más destacable de nuestra cinematografía. El resto del reparto, sin llegar a la grandeza de Tosar, están todos magníficos, destacando al camaleónico Luis Zahera, que realiza un trabajo de lo más convincente con un personaje muy secundario.

Personajes sin esperanza encerrados en un mundo aún más violento que el que se desarrolla fuera de los muros de la cárcel, lleno de traiciones, de egoísmo, de odio, de rabia, y en el que lo poco que les queda de seres humanos a los perdidos presos es arriesgado en un golpe por una mejor suerte representado en forma de motín, una última llamada a la cordura y contra la injusticia que pocos o casi nadie conoce. En este aspecto, el guión de Jorge Guerricaechevarría y el propio Monzón, es modélico, permiténdose incluso el lujo de criticar a presos de E.T.A. Los presos, que únicamente quieren más dignidad, llaman a la violencia, el único lenguaje que el ser humano parece entender de verdad, la ironía de la fuerza bruta para conseguir justicia. Hace años, el gran Jules Dassin —firmante de algunas joyas del cine negro como ‘Noche en la ciudad’ (‘Nigh and the City, 1950)— dirigió un film titulado precisamente ‘Fuerza bruta’ (‘Brute Force’, 1947) en el que narraba lo mismo que Monzón, aunque con mucha más contundencia y un aterrador realismo, algo a lo que se acerca Monzón, sobre todo gracias a una excelente labor de fotografía, obra de Carles Gusi, cuya sequedad nos remonta al film de Dassin, con el que ‘Celda 211’ guarda no pocos parecidos.

Es más que probable que la película gane con el paso de los años; de momento se queda en estimable producto que logra apartarse de lo de siempre, tanto en intenciones como resultados, y sobre todo por demostrar la valentía de Daniel Monzón —director que merece mucho más que otros que están encumbrados—, al hacer un tipo de cine que necesitamos urgentemente en nuestro país. Aún con los fallos citados, ‘Celda 211’ es un buen film de género, que proporciona al espectador una alta dosis de lo que el cine debe hacer sobre todas las cosas: entretener, de la forma que sea, transportar al espectador a un mundo ficticio creíble, aunque sea tan terrible como el narrado aquí.

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