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'Batalla en Seattle', la política y los seres humanos

'Batalla en Seattle', la política y los seres humanos
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El actor Stuart Townsend ha elegido un tema espinoso para su ópera prima: las manifestaciones que tuvieron lugar en Seattle en 1999 durante la cumbre organizada por la Organización Mundial del Comercio. Para ello, además de contar con su preciosa mujer (la excelente actriz Charlize Theron), ha obtenido el apoyo de un montón de caras conocidas que se pasean por el film. Además, ha sabido guardarse muy bien las espaldas, proclamando al principio de la película que los personajes vistos en ella son todos ficticios. De esta forma, nadie podrá acusar a Townsend de tergiversar los hechos. Una multitudinaria rebelión por parte de ciudadanos en contra de la OMC es el contexto que el director realiza para su ataque contra el sistema. Todo ellos a través de las historias inventadas de hombre y mujeres, unidos y enfrentados a la causa. Película coral.

Creo que en ese aspecto Townsend sale triunfante con la operación, aunque mucho me temo que su película ha pasado más desapercibida que otra cosa. A pesar de las estrellas reunidas en ella, el film está teniendo una distribución mundial más bien lamentable. Uno hasta podría pensar mal, pues el film arremete directamente contra la OCM y sus dudosas operaciones. Townsend demuestra inteligencia al convencer de pleno a cualquiera de ponerse en contra de tan poderosa organización. Y he aquí uno de los puntos más polémicos para un servidor.

El autor se pone claramente en contra de la OCM, probablemente levantando ampollas entre todos los simpatizantes. Reconozco que me resulta muy difícil unir ideologías de cualquier tipo con algo tan maravilloso como es el Séptimo Arte. Por contra, todo lo que un artista realiza plasma en cierta medida su forma de ver la vida, su manera de entregarse a lo que sucede a su alrededor. Es el arte una forma de transmitir actitudes y pensamientos, opiniones y sentencias. Sin embargo, creo que, lejos de resultar polémico, no tengan que mezclarse ambas cosas a la hora de enjuiciar una película. Si acaso que quede en un plano secundario, esto podrá ser válido para muchos o no, pero antes procuro enfrentarme a cualquier film sin pensar si lo que me cuenta coincide o no con mi forma de ver las cosas. Prefiero disfrutar de una buena interpretación, un buen guión, una buena dirección, unos buenos efectos visuales, una buena fotografía o una buena historia, antes que fijarme en sus connotaciones políticas, sean lícitas o no. Aunque tendría que decir resaltarlas. Por supuesto hay casos y casos, no es lo mismo ver un film de Olvier Stone que la ópera prima que hoy nos ocupa. Y cito a Stone por su acertada mirada sobre temas candentes, con el cual Townsend tiene algún punto en común. Salvando las distancias, por supuesto.

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También está el público, y no todos han disfrutado de la misma educación y cultura. Cada cual es muy libre de rechazar 'Battalla en Seattle' por considerar que arremete contra una organización a la que considera un ejemplo a seguir. Aquí el que esto suscribe, independientemente de si estoy en contra o no de lo que hace la OCM (algo que daría para otro tipo de debate no cinematográfico), procuro mirar hacia la película centrándome en sus valores artísticos en caso de que los tenga. Si además, el film coincide con mi ideología o comparte al menos algunas de mis inquietudes como ser humano, pues mejor que mejor. Curiosamente 'Batalla en Seattle' sale victoriosa a la hora de ser honesta con unos hechos que fueron noticia en todas partes de nuestro querido planeta. Con un uso ejemplar del montaje, en el que se mezclan escenas filmadas con otras de archivo, se muestra toda una batalla campal entre la policía de Seattle y los ciudadanos, que pudo haber terminado mucho peor de lo que lo hizo. Va directa al grano en sus ajustada hora y media, con un buen ritmo, y las ideas muy claras. ¿Pero es 'Batalla en Seattle' un film tan necesario como aparenta hacernos creer? ¿Se puede colocar a la misma altura que 'Domigo sangriento' de Paul Greengrass, con la que se le ha comparado insistentemente? Townsend lo deja en manos del espectador, el cual podrá aceptar o rechazar la propuesta. Precisamente por eso, me parece honesta, aunque con reservas.

Y las reservas vienen de la parte en la que Townsend intenta hacer drama humano. Los distintos personajes implicados en el drama social, ya sea directamente o indirectamente, parecen esquemas en manos del director. Tópicos hasta decir basta, y sin profundizar más de la cuenta en ellos, nos quedan lejanos en medio de la confusión. Sólo los actores, y ya es bastante, dan todo de sí a pesar de lo poco matizados de sus roles. Charlize Theron demuestra de nuevo que es mucho más que una de las actrices más bellas de la historia. Tal vez su personaje caiga en más de un aspecto en lo previsible, pero la Theron está impecable. Woody Harrelson, como su marido, y en el bando de los policías (lo cual plantea una interesante situación), no le hace sombra. Ray Liotta destaca en uno de esos tipos que sólo deben existir en el cine: un alcalde íntegro y honrado. Jennifer Carpenter parece que realiza siempre el mismo papel, aunque dé el tipo para ello. Michelle Rodriguez en su línea, dura y macarra como siempre. Martin Henderson hace lo justo con un personaje un tanto confuso. Y Connie Nielsen representa el sector de la información, una reportera que estando en la calle ve el drama en primera persona, y no duda un instante en alzar la voz. Por cierto, o es cosa mía, o a esta imponente mujer le empiezan a pesar los años.

A todos y cada uno de ellos se les nota entregados en un material en el que, al igual que Townsend, parecen encontrarse muy cómodos. Y uno disfruta de tanta entrega, aunque todo nos quede distante, e incluso algo frío. Una buena película, que fracasa parcialmente al no encontrar el equilibrio justo entre drama social y drama humano, pero que nos descubre a un nuevo realizador a tener en cuenta. Habrá que seguir con interés sus próximos trabajos detrás de las cámaras, siempre y cuando no sufran lo que 'Batalla en Seattle' ha sufrido: una ignorancia total y absoluta por parte de las distribuidoras.

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