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'La que se avecina', diez años de terapia nacional
Series de ficción

'La que se avecina', diez años de terapia nacional

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No falla. Llevas un día de mierda, llega el Black Friday y no tienes un pavo, en el curro las cosas van regular (si es que hay curro)… pero en el horizonte está el próximo capítulo de 'La que se avecina'.

Son muchas tramas, muchas temporadas, entregando un producto de consumo rápido y fácil con una llegada emocional a la altura de las más grandes producciones televisivas de todos los tiempos. Más de 130 episodios llenos de enredos, jaleos, problemas con la justicia, odio al prójimo, asco familiar y mal rollo vecinal: la vida misma.

Un pasado polémico

La gestación de la serie no fue sencilla, y por todos es conocida la leyenda (o no) de las condiciones de trabajo del primer jefe de la serie, pero la compra por parte de la cadena rival del formato original de la serie, la exitosa 'Aquí no hay quien viva', dio lugar a una segunda juventud de la que se cumplen diez años.

Amantes y vecinos

Recuperando a gran parte de los actores, que no a los personajes, y acostumbrados a situarlos en todas las posiciones del tablero infinito que supone el edificio de Montepinar, 'La que se avecina' sigue haciendo historia y, lo que es más importante, haciendo reír.

La serie agarra con fuerza los elementos de la vida cotidiana de millones de españoles (imposible no identificarse con alguna situación o vecino) y añadiendo ese toque de comedia cafre tan nuestra, tan de la transición, tan eterna, 'La que se avecina' solo necesitaba un poco de desparpajo en la escritura para conquistar el prime time y ser la ficción más querida por la audiencia. Pero no solo las tramas (principales y secundarias) funcionan perfectamente, también brillan a un nivel envidiable todos y cada uno de los miembros del reparto.

Poco a poco, Amador Rivas (Pablo Chiapella en el papel de su vida) se ha ido apoderando de la serie. Y no es para menos: banquero, detective, stripper, inventor, youtuber... "El Cuqui" es un buen reflejo (no tan) distorsionado de lo que nos rodea. Lo normal sería odiarlo, pero se deja querer más que alguno de los comensales que te rodearon en la comida de Navidad.

Portero peligroso

Uno de los puntos de inflexión de la serie ha sido la llegada de Fermín Trujillo, un papel que le va como anillo al dedo a Fernando Tejero, que rebosa carismo y frases hechas. La combinación de jugadores y jaleos han terminado la temporada por todo lo alto a niveles de share, con 17.5% de cuota de pantalla y más de 2.5 millones de espectadores, nada mal si tenemos en cuenta que la emisión fue la noche de las elecciones del 21 de diciembre en Cataluña. Al final la gente casi prefiere reír.

Aquí no hay secreto

Es sencillo, pero alguien tiene que hacerlo. La cantera chanante se ha desperdigado con el paso de los años, pero si algo han sabido hacer aquí es ir juntando poco a poco a los grandes (re)descubridores de la comedia nacional. A Pablo Chiapella se ha unido Ernesto Sevilla como Teodoro, su hermaaaaaaaaaaaano DJ del pueblo con hache intercalada. Además, Carlos Areces puede ser el próximo en subirse a bordo, al menos en funciones episódicas: su Patricio Requena ha sido uno de los personajes más desequilibrados y divertidos de este final de temporada.

Los creadores de la serie nunca han ocultado su lado reivindicativo, y la serie ha estado plagada de puyas desde el primer episodio, aunque en uno de los últimos episodios de la temporada sí vieron frenados algunos de los momentos más salidos de tono, como el que implicaba al personaje de Chiapella gastando bromas con el terrorismo islámico de fondo.

Bromas demasiado pesadas

El final de temporada deja un suicidio por resolver, una boda de última hora sin amor y asexual, un secreto inconfesable que deja tocado a uno de los personajes principales y el enésimo intento del matrimonio Recio por arreglar lo suyo una vez pagada la deuda con Hacienda... pero enemistados con Enrique Pastor, responsable del pago de la deuda. Y es que ese es otro de sus grandes aciertos: terminar con un huracán en forma de constante auto-reboot.

En una serie con tantas altas y bajas es muy complicado seguir sumando personajes e intérpretes interesantes y que se conviertan en favoritos del público, pero el sol siempre sale por Montepinar, y si bien es cierto que Cristina Castaño o Isabel Ordaz se hacían querer, las recuperaciones y cameos (el citado Areces, Pablo Carbonell, Santiago Urrialde, Xavier Deltell o la recuperación de Laura Pamplona) hacen que todo siga como siempre. ¿El secreto? Ir a toda velocidad.

'La que se avecina' funciona porque va directa a la cabeza de todos los españoles y, en cierto modo, es la gran heredera de otra gran serie nacional de humor. Probablemente la última y probablemente la menos valorada: 'Manos a la obra'.

En aquella ocasión, tras una serie de bandazos desde su trama principal de origen, que incluía malos tratos, lamentables interpretaciones (y peores canciones) de Jesús Vázquez y un par de personajes secundarios que salvaban los muebles, alguien tuvo el suficiente ojo para dar un giro de 180 grados y entregar las riendas de la serie a los dos personajes más tronchantes de nuestra televisión.

Benito Lopera Perrote y Manuel Jumilla Pandero arreglaron muchas semanas a muchas familias españolas. Esa herencia de la picaresca, del tebeo Bruguera, se recoge de manera ejemplar y mucho más cosmopolita, pero siempre castiza (ese Atleti), en 'La que se avecina', sustituyendo a Pepe Gotera y Otilio por 13 Rue del Percebe. ¿Por qué seguir robando de sitcoms americanas cuando aquí seguimos sin tener formato pero unos cimientos igual de válidos?

Lo que se avecina

Si algo saben manejar las cadenas de televisión ahora mismo son las ansiedades de los espectadores. No es fácil averiguar cuándo va a regresar la serie, conocer de primera mano qué novedades nos aguardan ni cuántos episodios incluirá la próxima temporada, pero si algo nos han enseñado estos vecinos es que podemos esperar tranquilos y confiar.

Diez años

Solo en 'La que se avecina' se puede encontrar uno con un punto de giro sobrenatural y hacer que no desentone con la forma ni el fondo. Ojos de pollo, el hijo pequeño del matrimonio Rivas, tiene un don paranormal del que se aprovechan sus personajes y también los guionistas, que no dudan en dedicar una subtrama importante (el despido de Javier Maroto) a las misteriosas habilidades del miembro más pequeño y callado del reparto de la serie, una puerta abierta a posibilidades infinitas que podrían tener o no explicación.

Algo deberían tener en cuenta los creadores de la serie: Twitter no está para hostias, y si un personaje tiene poderes o habilidades extraordinarias van a requerir de una explicación si no quieren que las hordas de trolls que nunca están de acuerdo con las giros de una trama comiencen a alzar las antorchas.

Lo que está claro es que deberíamos empezar a valorar como se merece a una de las series más divertidas de la historia de la televisión nacional, que hacer reír es muy complicado, y si además esas risas llegan en forma de autorretrato nacional, pues mira, esa terapia que nos sale gratis con el recibo de la luz.

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