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'Narciso negro', religión y sexo

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Cada vez que veo el fotograma de arriba no puedo evitar el impresionarme y recordar la fascinación que me producen las imágenes de ‘Narciso negro’ (‘Black Narcissus’), la película que Michael Powell y Emeric Pressburger escribieron (basándose en la novela de Rumer Gorden) y dirigieron en 1947, y en la que demostraban una vez más, tener una especie de sexto sentido para dotar a sus films de un enorme poder visual. La fotografía de las películas de estos dos directores se encuentran entre las mejores fotografías de todos los tiempos, trabajos minuciosos hasta el paroxismo, que no sólo vestían visualmente sus trabajos, sino que además se fusionaban con la historia que narraban.

Así pues, en ‘A vida o muerte’ (‘A Matter of Life and Death’, 1946), de la que os hablaba hace poco, el trabajo fotográfico representaba muy bien las desventuras de un hombre que burló sin querer la muerte, con representaciones del cielo y la tierra. En ‘Narciso negro’, Jack Cardiff, operador de los directores en varias de sus películas, hace lo propio con la historia (grandiosa por sencilla) que se nos narra en la película, en la que las pasiones ocultas de los personajes salen a flor de piel, y eso llegamos a verlo literalmente gracias al trabajo de un operador que entraría por derecho propio en los anales de la historia del cine.

‘Narciso negro’ nos traslada al Himalaya, donde cinco monjas han sido destinadas para expandir (o imponer) la doctrina católica. Allí, en un lugar perdido de la mano de Dios (nuca mejor dicho) se enfrentarán a los prejuicios de los lugareños, a la turbadora presencia de un hombre que ve mal la idea de que instalen allí una escuela, y a sus propios temores y deseos. El ambiente respirado allí, a tanta altura, nublará el sentido de alguna de ellas, y despertará luchas internas entre lo que debe hacer, y sentir una mujer cual fuerza de la naturaleza.

balck-narcisus-2.jpg

Es curioso comprobar como la película posee una historia sencilla (que no simple) a la que se le saca el mayor partido posible. La premisa de cinco religiosas en un lugar inhóspito en el que son recibidas a regañadientes (no por todos) no es más que la excusa perfecta para que Powell y Pressburger nos pongan en una lujosa paleta de colores uno de sus temas predilectos: la lucha del hombre contra la naturaleza, y cómo ésta influye en el comportamiento humano. La guinda del pastel es el detalle en el argumento de que, en este caso, los personajes afectados sean un pequeño grupo de monjas, saliendo a relucir temas como el deseo sexual enfrentado a las creencias religiosas. En una película de 1947 la sola idea era más que provocadora, pero Powell y Pressburger salvan cualquier mirada censora con una deslumbrante puesta en escena, sugiriendo, nunca mostrando.

El principal conflicto del film surge cuando aparece en escena el personaje masculino que enturbiará la vida de las religiosas. Mr. Dean, interpretado por un correcto David Farrar, pondrá a prueba y sin querer, la estabilidad mental de dos de las monjas, que deberán luchar contra sus deseos de mujer, cada vez más evidentes. La Hermana Clodagh (una preciosa, como siempre, Deborah Kerr) rememora su pasado, en el que estaba comprometida con un hombre al que sólo le interesaba el dinero; sabe de sobra lo que es el amor y sobre todo el desengaño amoroso; sigue siendo una mujer de carne y hueso, pero su vida se debe ahora a la misión religiosa. En las antípodas está la Hermana Ruth, turbadora y fascinante Kathleen Byron, que Spielberg (admirador confeso de Powell y Pressburger) convirtió en la madre de los hermanos Ryan en una de sus últimas apariciones en cine. Ruth no controla jamás sus sentimientos, y éstos se vuelven excesivos al dejarse llevar por la lujuria y los celos. Impagable una de las secuencias finales, la del enfrentamiento entre Clodagh y Ruth, apareciendo ésta última como una fantasma, representando la lucha entre la cordura y la locura.

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Evidentemente, la labor de Jack Cardiff, que recibió su único Oscar por este trabajo (la película, filmada enteramente en estudio, también se llevaría la estatuilla a la mejor dirección artística), es la que se lleva la palma. Colores vivos como las pasiones humanas, que poco a poco van cambiando, y separándose según los personajes. Así, Kerr siempre es filmada con una brillante luz, es la pureza, la creencia, la fe; y Byron con colores oscuros, es la maldad, el deseo incontrolable, la perversión. Un triángulo amoroso que completa Mr. Dean, el punto flojo de la película, sus reacciones finales no tienen mucho sentido. Paralelamente se ofrece la atracción que existe entre dos personajes secundarios: Kanchi (bellísima Jean Simmons), una problemática chica enviada al lugar para encauzar su camino, y El joven General (el muy de moda por aquellos años, Sabu), un príncipe interesado en aprender cuantas más cosas mejor, que porta un perfume denominado Narciso negro, alegoría sobre las pasiones que despierta el lugar en el que se encuentran.

‘Narciso negro’ es un film que despierta los sentidos, los altera. Powell y Pressburger nos transmiten la desazón de una atmósfera extraña, producto de la naturaleza en estado puro, y de las fuerzas que ésta puede desencadenar. Nada razonable puede con ella, sólo la aceptación tiene lugar, y es que cuando hacen acto de presencia los innatos deseos, lo mejor que se puede hacer es rendirse a ellos. ¿No es acaso mejor llegar hasta las últimas consecuencias como hace el personaje de Byron que sobreponerse como hace el de Kerr? La eterna lucha entre el deber y el querer. Mientras pienso en ello me retiro a mis aposentos a escribir sobre la sobriedad de Renny Harlin.

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