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'Cisne negro', artificio al servicio de la nada

'Cisne negro', artificio al servicio de la nada
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Darren Aronofsky lo ha conseguido. Después de ganarse los peores abucheos que se recuerdan en el Festival de Venecia con la espantosa ‘La fuente de la vida’ (‘The Fountain’, 2006), ha logrado sacarse la espina con el díptico que forman ‘El luchador’ (‘The Wrestler’, 2008) y ‘Cisne negro’ (‘Black Swan’, 2010). La primera se llevó el León de Oro precisamente en Venecia, y la segunda opta a cinco Oscar, entre ellos mejor película y director. Para muchos seguidores de este cineasta, se ha hecho justicia, por fin, con una especie de genio incomprendido que ahora ha pasado al selecto grupo de los que ven confirmado su talento. Para quien esto suscribe, sin embargo, lo que se confirman, viendo ‘Cisne negro’, son las enormes limitaciones, puras carencias como artista, de uno de los directores más pretenciosos y calculadores del cine actual, que tras contarnos las vicisitudes de un solitario y enfermo luchador profesional, se mete a hora a narrarnos las presiones y la extrema peripecia psicológica de una bailarina de ballet ante una ambiciosa representación del ‘Lago de los Cisnes’ de Piotr Ilich Tchaikovsky. Ahí es nada. Aronofsky no tiene límites.

Pero aunque ‘Cisne negro’ va de filme radical, de cine de autor insobornable que mezcla con ímpetu lo mejor del cine de género norteamericano (en este caso de suspense y de horror) con muestras extremas de cine de género europeo (con ‘Suspiria’ de Dario Argento siempre en la memoria…), lo cierto es que es un filme del montón, bajo cuya vistosa hojarasca de fuegos de artificio no hay absolutamente nada, o menos que nada, culminando ese viaje hacia un estilo casi cómico de puro autocomplaciente iniciado con ‘Réquiem por un sueño’ (‘Requiem for a Dream’, 2000), que en este caso se salva de la quema por un grupo de actores realmente entregados, por un magnífico diseño de sonido, y por una soberbia fotografía del habitual en Aronofsky Matthew Libatique, que compone algunas imágenes muy potentes y algunos de los juegos de luz más ingeniosos de los últimos años. En su quinta película, Aronofsky sabe cubrirse bien las espaldas, y tiene la suerte de rodearse de verdadero talento, mucho mayor que el suyo.

Una vez más con este cineasta, el contraste, casi un abismo, entre el material que se va a filmar, y el dominio de las técnicas para filmarlo, es enorme. Algunos dirían que la forma hace el contenido. Y en algunos casos de verdadero arte esto es cierto. Pero la pura incomprensión de Aronofsky acerca de lo que intenta contar, sin ser tan grande como en ‘La fuente de la vida’, vuelve a ser aquí un tremendo obstáculo para saber narrarlo adecuadamente. Había mil formas distintas (como en todas las historias, por otro lado) de hacer ‘Cisne negro’, y Aronofsky ha optado, creo yo, por una de las más tendenciosas y de las que menos permiten al relato cristalizar en algo memorable, apoyado por un guión demasiado simple y facilón (elaborado por nada menos que tres guionistas…). Y pareciera que este hombre, después de adoctrinarnos con la película más moralista sobre el uso de las drogas que yo conozco (‘Réquiem por un sueño’), nos quiere advertir ahora de los peligros infernales de obsesionarse demasiado con una creación artística, algo que otros han hecho muchas veces, mucho antes, y mucho mejor que él. Y para colmo lo hace según los más rancios códigos del cine de terror ahora en boga, que consisten en no enseñar nada, en sustos basados en fortísimos golpes de sonido y en transfiguraciones de tebeo.

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Formas (grotescas) de la obsesión

La trama es mínima. Muchacha de la que apenas sabemos nada (Portman, claro), está obsesionada con ser la reina cisne en la representación, y no parará hasta conseguirlo a pesar de una madre draconiana, de un director ególatra, de las clásicas compañeras envidiosas, de la antigua estrella del ballet y de sus mútiples complejos e inseguridades. Ya desde el principio, se advierte que algo no va bien en la mente de esta chica, y la enrarecida atmósfera de Aronofsky nos sitúa en un universo siniestro en el que puede suceder cualquier cosa. El problema, es que la sensación de inquietud es más poderosa cuando se nos ha establecido una normalidad preexistente, y esa inquietud la va alterando y transformando. Así sucedía en ‘La semilla del diablo’ (‘Rosemary’s Baby’, Roman Polanski, 1968), en la que la sutilidad y la elegancia del maestro iban introduciendo la inquietud y la desazón poco a poco hasta su desolador climax. Pero aquí no hay nada de eso, ni de normalidad, ni por supuesto de sutilidad ni elegancia, porque la nerviosa cámara de Aronofsky, su puesta en escena, ya procura intranquilizarnos desde el mismo principio, y la zona final no sube demasiado en intensidad.

Es decir, que es plana en su crescendo, con la salvedad del breve episodio en que Nina (Portman) se deja llevar por el interesante y desaprovechado personaje de Mila Kunis (que sale cien mil veces más guapa y más atractiva que Portman), probablemente el mejor bloque de la película, el más creíble. Porque le falta mucho a Aronofsky (y esto es grave para alguien que opta al Oscar a mejor director y que posee un León de Oro) en dirección de actores, para que nos creamos las decisiones de los personajes, y sus actitudes, como propias, en lugar de meros caprichos o excusas de la historia. Lo que sí se le puede conceder es que es capaz de extraer de todos los actores una gran intensidad, pues llegan todos al paroxismo con gran facilidad. Pero parece lo único de lo que es capaz con su grupo de intérpretes, con la salvedad, de nuevo, de Mila Kunis, que es lo mejor de la película porque no parece fingir jamás, y es capaz de dotar de una gran sensualidad a una puesta en escena que carece de ella, porque Aronofsky, por más que lo intente con toda su buena voluntad, no ha sido, ni será jamás, un artista sensual.

Eso sí, mueve la cámara como un loco, desesperado por demostrar en cada escena y en cada plano que es un genio, casi el Orson Welles de nuestra época. Sigue a Portman de espaldas con cámara al hombro, y también de frente. Si ella baila, él da vueltas alrededor. Si ella gira, él gira la cámara sobre sí misma. El uso de grandes angulares, por tanto, parece obligado, así como de un estilizado diseño de luz: impresionante el uso de fuentes directas blancas, que sin embargo no queman la imagen, en un gran trabajo de Libatique, uno de los operadores menos conocidos, y con más futuro, del actual cine norteamericano. Pero al final, tanto esfuerzo parece una cortina de humo para que Aronofsky se entregue a lo que más le gusta: su colección habitual de mutilaciones, asquerosidades, vómitos (ya le hizo vomitar a Connelly directamente a cámara), sangre a borbotones, despellejamientos, y toda suerte de destrozos físicos. Al fin y al cabo, es un artista, y un artista tiene sus constantes, aunque conviertan el relato en una historia grotesca, que más que miedo o desazón causa sonrojo.

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Junto con otras nominadas al Oscar este año (la única verdaderamente grande es ‘Toy Story 3’), ‘Cisne negro’ demuestra hasta qué punto la Academia de Hollywood es incapaz de establecer un criterio de calidad. No es nada nuevo, por supuesto. Ni siquiera la nominación de Natalie Portman, que se deja la piel (literal y metafóricamente) en su interpretación, me acaba de convencer, porque está en su registro más histérico y Aronofsky dirige sus transiciones demasiado forzadas. Pero parece poco probable que la película (salvo Portman, que ya tiene el suyo casi en el bolsillo) triunfe el próximo domingo. Da igual, San Aronofsky ya prepara una nueva versión de ‘Lobezno’ y quizá su propia versión de ‘El arca de Noé’. Lo dicho, este director no tiene límites.

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