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¿Dónde está Guy Ritchie? ‘Aladdin’ reafirma a Disney como una industria estéril de producción en cadena
Críticas

¿Dónde está Guy Ritchie? ‘Aladdin’ reafirma a Disney como una industria estéril de producción en cadena

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He de reconocer que, pese a reconocer sus obvias y únicas virtudes, nunca he sido un gran aficionado al cine de animación Disney. Recuerdo a duras penas las letras de sus composiciones más famosas y no reservo un lugar especial en mi videoteca para exhibir sus obras; pero si he de defender alguno de sus clásicos animados, más allá de la impecable ‘El rey león’ y de mi adorada ‘Basil, el ratón superdetective’, ese sería un ‘Aladdin’ que, junto a estas dos producciones, terminaría de dar forma a mi trío de cabecera.

Puntualizo esto antes de entrar en materia porque, si la idea de enfrentarme a uno de los temibles remakes con los que la compañía del ratón Mickey continúa adueñándose de la taquilla mundial, no supone un plato de buen gusto —especialmente después de la mediocre ‘Dumbo’—, arriesgarme a ver la cinta original de John Musker y Ron Clements pasada por el infame filtro de la acción real generaba unas expectativas en absoluto halagüeñas y dominadas por el miedo a un nuevo desastre, esta vez particularmente doloroso.

Sorprendentemente, esta nueva ‘Aladdin’ se las ha apañado para mantenerme un par de horas clavado en la butaca, embaucado por su capacidad para entretener gracias a un ritmo narrativo más que decente y a un libreto que, sin alardes de ningún tipo y minimizando riesgos, funciona plenamente. No obstante, esto no exime al largometraje dirigido por Guy Ritchie de ser una nueva muestra de ese cine perezoso, plano y prefabricado que un todopoderosa Disney seguirá empeñada en ofrecernos mientras el box office no diga lo contrario.

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Si la mencionada ‘Dumbo’, dirigida por un Tim Burton devorado por la tiránica maquinaria propia de un gran estudio, fue una buena muestra de la dinámica según la cual Disney anula por completo a sus realizadores, sin importar lo más mínimo su prestigio o el peso de su sello autoral en sus trabajos, ‘Aladdin’ lleva esta evidencia un paso más allá para confirmarla de forma rotunda; algo que se refleja sobre una realización estéril e insípida en la que no queda ni un ápice de ese estilo único que suele derrochar Ritchie plano a plano.

Toca olvidarse pues de esa libertad formal, de esos juegos con la cámara y de ese montaje espídico y cadencioso que hemos podido disfrutar en ‘Snatch’, ‘Sherlock Holmes’ o en su estimable y divertidísima aproximación a la leyenda del Rey Arturo. En lugar de esto, los dilatados 128 minutos de duración de ‘Aladdin’ sufren de un estatismo impropio del británico, que parece haber capitaneado un rodaje adjudicado evidentemente por encargo con tanta desgana como falta de interés.

Aladdin

A excepción de algunas set-pieces concretas y de números musicales particularmente vistosos e inspirados —la primera aparición del genio es fantástica y llega a rivalizar con la original—, da la sensación de que un gran porcentaje del metraje de la película haya sido rodado por el equipo de segunda unidad; algo que gana peso al centrar la atención sobre una planificación pobre y simplemente funcional cuyo único cometido, al igual que el de la puesta en escena, parece ser dar forma a un conjunto mínimamente legible en la sala de montaje.

Esta pereza también se ve reflejada en el apartado visual de la película; impropio de una producción con un presupuesto que supera los 180 millones de dólares. De nuevo, números musicales, secuencias de acción y personajes CGI parecen haber concentrado todos los esfuerzos vertidos sobre ‘Aladdin’, condenando el resto del filme a un tratamiento visual digno de un telefilme de segunda. Una factura en la que una iluminación plana y poco mimada —las escenas de conversaciones en palacio son de juzgado de guardia— es el último indicativo que parece evidenciar prisas para zanjar el rodaje, lanzar el producto y ponerse a trabajar en el siguiente.

aladdin

Esto, además, puede extrapolarse a un guión en el que los cambios respecto a la fuente animada, aunque presentes, son puramente anecdóticos, y a un tratamiento de personajes que cae en simplismos desfasados y que nos deja a un Jaffar que roza el ridículo en su función de villano, humillado hasta por sus propios sirvientes, y que queda a años luz de alcanzar el innegable carisma de su homólogo animado de 1992.

Por suerte, la química entre el reparto del filme, en el que Will Smith se erige como una suerte de bote salvavidas azulado con su particular versión del Genio, logra mantener a flote el nuevo éxito comercial de una Disney que cada vez se asemeja más a una fábrica heredera del modelo Fordista, creadora en masa de largos clónicos y carentes de alma, dejando atrás a aquella factoría de sueños y magia que fue hace ya una larga temporada.

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