'El escuadrón suicida' es una maravilla: un James Gunn desatado demuestra lo que pasa cuando talento y libertad creativa se dan la mano
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'El escuadrón suicida' es una maravilla: un James Gunn desatado demuestra lo que pasa cuando talento y libertad creativa se dan la mano

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Para un autor con una voz, unas filias y unas inquietudes únicas, no puede existir mejor aliado que un gran estudio sin miedo a desembolsar un par de cientos de millones de dólares y otorgarle plena libertad para dar rienda suelta a sus instintos... por muy bajos que estos sean. Y esto, en el caso de un cineasta como James Gunn, hijo irremediable de la escuela Troma y aprendiz del maestro Kaufman, más que una ventaja, es casi una bendición.

He de reconocer que siempre he profesado una gran admiración por la obra del de Missouri. No es para menos si tenemos en cuenta que hablamos de alguien que debutó firmando el guión de 'Tromeo y Julieta', que rubricó el libreto de la extraordinaria 'Amanecer de los muertos' de 2004, que dio el salto a la dirección con dos magníficas locuras como 'Slither' y 'Super', y que salió airoso de su escarceo con el mundo del videojuego en el tronchante 'Lollipop Chainsaw' de Goichi Suda.

Teniendo en cuenta estos precedentes, la transición del panorama independiente a la "primera división" hollywoodiense con los dos volúmenes de 'Guardianes de la Galaxia' dio lugar a una experiencia dominada por los contrastes. Ambos títulos continúan siendo sobradamente satisfactorios, divertidísimos, y poseedores de una identidad propia dentro del MCU; pero en ellos puede percibirse a un Gunn ligeramente encorsetado por las exigencias de la compañía y las limitaciones de una calificación por edades antagónica a sus impulsos.

Es muy complicado condensar en un único párrafo todas las sensaciones, los destellos de brillantez y la genialidad que atesora el milagroso desembarco de James Gunn en la "Distinguida Competencia" con 'El escuadrón suicida'; pero, en pocas palabras, esto es lo que ocurre cuando fichas a un creador privilegiado, le cedes una licencia jugosa, le liberas de cualquier tipo de atadura y le facilitas las cosas con un presupuesto generoso. Una suma de factores traducida en una salvaje maravilla destinada a marcar un antes y un después en el cine de superhéroes de las grandes ligas.

Gunn desencadenado

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La primera escena de 'El escuadrón suicida', en la que el Savant de Michael Rooker no titubea a la hora de reventar a un adorable pajarillo con una pelota de goma, se eleva como una contundente declaración de intenciones; un puñetazo sobre la mesa que deja claro que en el extraordinario par de horas que la suceden no hay cabida para la mojigatería, la pulcritud y la contención de sus homólogas recientes. Olvidaos de todo lo que habéis visto hasta ahora en el subgénero, porque esto, además de punk de estudio, es lo más parecido a una producción marca de la casa Troma financiada con 200 millones que ha pasado —y, probablemente, pasará— por nuestras retinas.

Huelga decir que un largometraje tan libre, sucio y deliciosamente desquiciado como el que nos ocupa sólo puede materializarse proyectado bajo el prisma de un autor desatado y sin una pizca de complejos. Un James Gunn que, en esta ocasión, deslumbra en todas y cada una de sus facetas; comenzando por una vis de creativo absoluto que ha volcado en la cinta todas sus obsesiones y señas de identidad para dar forma a un cóctel imposible de géneros e ideas descabelladas en el que hay cabida para el cine bélico, el kaijū eiga e, incluso, el terror.

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Esta delicatessen conceptual se ve enriquecida por un tono asombroso que esgrime con orgullo su merecida calificación por edades para adultos. Su sentido del humor cafre y pasado de rosca, con unos diálogos que convierten lo soez en arte y una violencia de carácter tan lúdico como explícito, son sólo una pequeña parte de la aportación de un Gunn guionista —he aquí la segunda faceta— que ha alcanzado el cenit de su carrera con un texto sencillamente espléndido.

Dentro de la aparente simplicidad que puede transmitir un blockbuster estival como este, 'El escuadrón suicida' encierra entre sus páginas y fotogramas una estructura dramática impecable; con un tratamiento de la causalidad y un uso del Plant and Payoff para enmarcar. Tras un primer acto alucinante, que funciona más como maniobra de fascinación y sorpresa real —algo muy atípico en tiempos en los que prima no salirse de lo establecido—, el filme combina su rol de entretenimiento gamberro definitivo con un inesperado componente emocional que pone a prueba hasta a los corazones más pétreos.

Ven por los chistes de pollas, quédate por los personajes

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Y es que a 'El escuadrón suicida' llegas atraído por ver unas cuantas cabezas reventando de los modos más imaginativos posibles y por escuchar a John Cena hablar sobre "limpiar playas llenas de pollas", pero, en última instancia, te quedas pegado a la pantalla por sus encantadores protagonistas, y por unas dinámicas que superan —por los pelos— a las de los igualmente entrañables Guardianes de la Galaxia. El mimo puesto en el desarrollo, en sus arcos y en sus relaciones, deriva en una férrea conexión espectador-personaje que hace posible que termines soltando alguna que otra lágrima en una película con comadrejas mutantes y tiburones parlanchines.

Por supuesto, al mismo nivel se encuentra un James Gunn realizador —tercera faceta— que se saca de la manga unas setpieces realmente espectaculares apoyado por su director de segunda unidad Guy Morris —responsable de 'Mad Max: Furia en la carretera'—, y articulando un trabajo de cámara, planificación y montaje con un ritmo calculado al milímetro; constantes que se aplican tanto en las brutales secuencias de acción como en unos momentos más calmados en los que las líneas de diálogo se disparan como ráfagas de ametralladora y en las que el reparto coral está en su salsa y brilla con luz propia —mención especial para una Daniela Melchior maravillosa en su papel como Ratcatcher 2—.

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'El escuadrón suicida' es todo lo que debería haber sido la primera aventura del grupo de antihéroes, pero es mucho más que esto. Es una muestra de lo que el riesgo y la libertad creativa pueden aportar a una industria saturada y cortada, salvo excepciones, por el mismo patrón. Es un auténtico sueño para todos los que creemos en que otras adaptaciones de cómics pijameros son posibles. Es la demostración de que blockbuster y cine de calidad pueden ser sinónimos. Aunque, por encima de todo esto, este pequeño milagro extraído del enrevesado cerebro de James Gunn es una virguería que, con suerte, está destinada a cambiar el plomizo horizonte que se vislumbra en el cine de superhéroes contemporáneo.

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