Sitges 2022: toda la magia del Festival ha regresado en una edición cargada de gran cine, sorpresas y sabor a antigua normalidad
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Sitges 2022: toda la magia del Festival ha regresado en una edición cargada de gran cine, sorpresas y sabor a antigua normalidad

Como suele ocurrir siempre un lunes por estas fechas del año, una vez más me veo obligado a mirar con nostalgia lo que ha ocurrido a lo largo de, tan sólo, los últimos diez días, y a teclear un texto que condense lo que ha supuesto una nueva edición de mi adorado Festival de Sitges que acaba de terminar y que, en esta ocasión, he vivido de un modo más particular.

Este 2022, tras tres lustros asistiendo de forma ininterrumpida, he podido disfrutar del certamen desde la perspectiva única que da formar parte del Jurado de la Crítica, lo cual tiene infinidad de pros y una pequeña contra, como os explicaré un poco más adelante. Pero, independientemente de esto, no cabe duda de que esta 55 edición ha sido el gran retorno que muchos estábamos esperando.

Por supuesto, este regreso por la puerta grande ha estado marcado, principalmente, por un nutrido surtido de largometrajes —y alguna que otra serie— que han vuelto a llenar hasta los topes los patios de butacas de Auditori, Retiro, Prado y Tramuntana. Una selección gigantesca —y, en algunos casos, incomprensible— que nos ha dejado un Sitges 2022 para el recuerdo.

La antigua normalidad

Llegar a Sitges, entrar al hall del Meliá y echar un vistazo al ambiente que reinaba en el pueblo durante las primeras horas de Festival fue una experiencia casi catártica. Las colas interminables, las conversaciones espontáneas entre desconocidos, las cafeterías repletas de grupos debatiendo sobre la última proyección hasta el momento...

El cúmulo de sensaciones invitaba a pensar que los dos últimos años no habían existido; que la pandemia fue solo un espejismo y que las dos ediciones pasadas marcadas por los aforos limitados, el gel hidroalcohólico, las mascarillas y las distancias de seguridad sólo fueron un mal sueño. Parecía que acabábamos de salir de 2019 y que el certamen nunca dejó de ser el de siempre.

Esto no sólo se ha visto reflejado en el ambiente que ha reinado en la costa sitgetana entre el 6 y el 16 de octubre, sino que ha quedado patente en unos datos de récord que convierten a esta 55ª edición en la más concurrida de la historia, con un 10,3% de asistentes y un 6,3% de recaudación más que en la última cita prepandémica, y recibiendo a la friolera de 610 invitados. Así se vuelve a la antigua normalidad.

Vuelta al ruedo

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Pero si Paco Umbral fue a 'Queremos saber' a hablar de su libro, nosotros estamos aquí para hablar de cine, y Sitges 2022 ha estado más que servido de ello. De hecho, este año, además de la reincorporación de la sección Órbita con su dosis indispensable de thrillers coreanos —que, según tengo entendido, han sido impecables todos y cada uno de ellos—, hemos vuelto a disfrutar —y, a veces, a sufrir— una Sección Oficial a Competición gigantesca y con algunos títulos un tanto extraños.

Entre estas piezas, a priori, desubicadas, han estado el sorprendentemente solvente y agradable biopic victoriano 'Emily', centrado en la autora de 'Cumbres borrascosas' y carente de cualquier conexión con el fantástico; videoensayos soporíferos como 'Everything Will Be Ok', que sirvió a Rithy Panh para hacerse con el Oso de Plata en el Festival de Berlín; o propuestas más experimentales como la 'Enys Men' de Mark Jenkin, que tal vez hubiese encajado mejor en alguna sección paralela y que dejó un tanto descolocado al respetable ante su repetitivo coqueteo con el videoarte.

Además de para el desconcierto, como no podría ser menos, también ha habido espacio para un sopor y una decepción que han encontrado sus máximos exponentes en 'Flux Gourmet', que bien parece un chiste de 111 minutos que sólo hace gracia a su director Peter Strickland, y en una 'No estarás sola' que ha terminado rascando el Premio del Jurado Joven gracias a su interminable y arrítmico drama decimonónico y malickiano con la brujería y la maternidad como telón de fondo.

Eso sí, las decepciones han terminado siendo una pequeña, casi ínfima, parte de las 32 cintas a competición que he tenido el privilegio de deglutir a lo largo del certamen. En la otra cara de la moneda se han encontrado esas películas que, casi a ciencia cierta, sólo pueden traducirse en éxitos, y que están encabezadas por la descomunal 'Irati' de Paul Urkijo; un auténtico milagro de espada, brujería, monstruos y amor al fantástico rodado en euskera que destila pasión en cada uno de sus fotogramas, que ilusiona al demostrar que hay espacio para este tipo de cine dentro de nuestras fronteras, y que acabó alzándose con un merecidísimo Premio del Público.

En esta misma liga ha jugado el ya parroquiano de Sitges Quentin Dupieux, que este 2022 ha llegado por partida doble con las hilarantes 'Fumar provoca tos' e 'Increíble pero cierto' —ambas galardonadas con el premio al Mejor guión—; dos obras diferenciadas en su narrativa, siendo la segunda mucho más convencional que la primera, pero repletas de ese genio y esa inventiva surrealista que sólo el inclasificable cineasta galo logra plasmar en la pantalla con éxito.

Junto a Dupieux, Ti West regresó seis años después de su paso por las pantallas sitgetanas con 'El valle de la venganza' para encandilar al público con 'Pearl'; una brillante precuela de su porno-slasher 'X' que pone su ajustado metraje al servicio de una Mia Goth descomunal, y cuyo retorcido estudio de personaje y tratamiento formal al más puro estilo melodrama del Hollywood de los 50 se llevó el gato al agua en las categorías de mejor dirección y mejor actriz.

Y, como no podría ser de otro modo, esta selección de triunfos sobradamente esperados la clausura un dúo muy querido en el Festival. Este no es otro que el compuesto por Justin Benson y Aaron Moorhead, que tras deleitarnos con 'Spring', 'El infinito' y 'Synchronic', regresan a su faceta más indie con 'Something in the Dirt'; una historia cósmica cargada de sus filias habituales que no deja de ser una celebración del séptimo arte y de, como ellos mismos apuntan en la dedicatoria final, rodar películas entre amigos. Más que suficiente para haberse llevado nuestro Premio de la Crítica a la Mejor Película.

Sorpresas te da la vida

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No obstante, y por norma general, el verdadero jugo del Festival de Sitges radica en las sorpresas. En esas sesiones a las que entras a ciegas únicamente para descubrir filmes que te hacen aplaudir hasta que te pican las palmas de las manos, que te inspiran y que te hacen tener fe en que el cine aún puede sobrevivir alejado de los engranajes de los grandes estudios y las fórmulas precocinadas.

Puede que el gran descubrimiento del año haya sido 'Huesera', el debut en el largometraje de la mexicana Michelle Garza, a quien otorgamos el Premio Citizen Kane a la mejor dirección revelación; un sobrecogedor relato que saca a relucir los terrores de la maternidad —tanto terrenales como sobrenaturales— con una puesta en escena más que notable, con un reparto realmente inspirado y con una gestión de la atmósfera tan tensa como efectiva.

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Por otro lado, la controversia de Sitges 2022 llegó de la mano del escalofriante filme danés 'Speak No Evil', con el que Christian Tafdrup hace gala de un tremendo dominio del lenguaje cinematográfico para revolver el estómago hasta al espectador más aguerrido. Un tour de force asfixiante dirigido a las mil maravillas que juega a la contención y al crescendo de tensión constante hasta desembocar en el tercer acto más salvaje, cruel y desolador que hemos visto en mucho, mucho tiempo; lo cual ha derivado en alabanzas y palos —a mi juicio, inmerecidos— a partes iguales.

En el polo opuesto estuvieron dos sesiones que convirtieron la sala en una auténtica fiesta de esas que sólo tienen lugar en esta santa casa. La primera de ellas fue la de 'Project Wolf Hunting', el único título surcoreano que se coló en la Sección Oficial a Competición, con el que Kim Hong-sun bañó la pantalla del Auditori de sangre con su brutal thriller de acción cargado de monstruos, criminales, desmembramientos y mutilaciones varias. Un jolgorio definido por el exceso que hizo pasar a mejor vida uno de los altavoces centrales del cine —y con razón—.

La segunda fue 'Sisu', la gran triunfadora en el palmarés de esta 55ª edición y que no vio prácticamente nadie debido a las extrañas horas a las que estuvo programada, pero que revolucionó la Tramuntana en su primera proyección. En ella, Jalmari Helander, que ya coronó Sitges 2011 con 'Rare Exports', firma una hazaña bélica pasada de vueltas, ultraviolenta y divertidísima en la que una suerte de Rambo finlandés se enfrenta a un escuadrón nazi, todo ello aderezado con un gran sentido del humor, autoconsciencia, y una narrativa y gestión del conflicto dignos de ser estudiados en escuelas de cine.

Pura magia

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Como podéis intuir, Sitges ha vuelto para quedarse. Esta 55ª edición ha supuesto una experiencia tan agotadora como gratificante en la que la sobredosis de largometrajes que juzgar —que me ha impedido ver la 'Christmas Bloody Christmas' de Joe Begos— y el dolor de lumbares por las horas sentado han estado sobradamente compensadas por esa magia que sólo rezuma este Festival.

Esa magia que se esconde en pequeñas cosas como bajar a desayunar y tomar un café al lado de Edgar Wright después de saludarle como si fuese tu vecino, de poder mantener charlas inspiradoras y tremendamente motivadoras con algunos de tus cineastas favoritos, de conocer a gente que, con suerte, aparecerá de nuevo en algún momento del futuro, de compartir mesa con personas inesperadas y de desgañitarse en el karaoke del Nirvana.

Pero, por encima de todo esto, si esta magia se esconde en un lugar, es en la sensación de comunidad y familia que se respira en cada esquina, en esos momentos de encuentros con amistades que han nacido en el marco del Festival, y en esa celebración colectiva del cine fantástico y el terror que, sin duda, volveremos a repetir el año que viene con aún mayor intensidad.

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